"Extraña los abrazos", la angustia de los que tienen familiares en geriátricos y no pueden visitarlos

Evangelina Himitian

No aguantó la soledad, el encierro, el aislamiento. Un hombre de 65 años ató dos sábanas a una baranda del geriátrico en el que vive en Bahía Blanca, se descolgó desde la terraza y se fugó en pantuflas, en medio del aislamiento social obligatorio y preventivo por el avance del nuevo coronavirus. como en las películas. Un vecino vio la escena y llamó a la policía. Lo encontraron a 20 cuadras del lugar, según informó la policía.

Quizás sea esta sea la cuarentena más difícil. La de los adultos mayores que viven en residencias permanentes o en geriátricos. Porque para ellos, el aislamiento se convierte en un confinamiento social. Y en aquellos que sufren demencias no entender qué está ocurriendo puede llevarlos a sentirse solos o abandonados.

"Todas las visitas están canceladas. No entra ni sale nadie", dice una mujer cuando atiende el teléfono del geriátrico Arco Iris, en San Fernando, uno de los más exclusivos centros residenciales para adultos mayores, que se promociona por estar abierto a visitas las 24 horas. "Ni kinesiólogos, ni familiares, nadie. Dejan pañales y medicamentos por ventanilla. Estamos en cuarentena. ¿Se entiende?", dice la mujer.

Espera

Del otro lado de la la línea se siente la angustia, explica Florencia Puente, que tiene a su madre internada en un geriátrico en Flores. La misma respuesta le dieron a ella anteayer cuando llamó para preguntar cómo eran las visitas. "No le pudimos explicar nada. Ella nos espera todas las semanas. La semana pasada, pude verla un rato, pero no le dije nada para no asustarla. Ella tiene demencia senil, y ya no mira televisión. Pero se da cuenta si no vamos a verla. Y el temor es que piense que uno la abandonó, o que nos pasó algo", dice Puente, con ahogo en la voz.

Se calcula que en el país hay unos 180.000 mayores de 65 años que viven en geriátricos y residencias. Al principio de la pandemia, el gobierno de la Ciudad permitió las visitas sólo a familiares y les pidió que acreditaran, mediante una declaración jurada, que no habían viajado ni tenían síntomas. Pero desde el fin de semana, las medidas se extremaron. En los centros que dependen del gobierno porteño, no entra ni sale nadie. Aunque en las instituciones privadas la recomendación fue la misma, son las autoridades de cada centro las que deben definir. Según pudo saber LA NACIÓN, en la mayoría de ellos se prohibió la entrada de visitas y hasta de personal auxiliar de salud.

La abuela de Bruno Nesci, de 42 años, está en un geriátrico de la Capital. Ángela tiene 97 años y un grado avanzado del Alzheimer. Ayer por la mañana, mientras él tramitaba ante el gobierno porteño su permiso de circulación para ir a verla, se le ocurrió llamar al geriátrico y le informaron que las visitas estaban suspendidas. Todas. Por el coronavirus, le dijeron.

"Ella está desconectada de la realidad. Pero sigue comiendo por sus medios. A la única que reconoce es a mi mamá. No entiende lo que pasa, pero extraña los abrazos. Ese es el lenguaje que entiende. La manera de saber que somos su familia y que estamos con ella. Cuando no vamos, lo que más extraña es el cariño físico, porque, más allá de estar súper bien cuidada, el afecto y los abrazos son los que la sacaron adelante de neumonías y de una rotura de cadera hace un tiempo. Nos lo dijeron los médicos", cuenta Nesci.

En algunas otras oportunidades, cuando por razones de fuerza mayor no pudieron ir a verla y tuvieron que espaciar las visitas, Ángela se hizo escuchar. "No quería comer. Estaba triste. Debe extrañar, sobre todo, el contacto con mi mamá que es su nexo más cercano. Pero, además, mi mamá también es grande y es población de riesgo. Es todo muy complejo. Pero nos da miedo que se sienta abandonada por nosotros", dice, preocupado.

En el hogar Santa Lucía de Loyola, en Caracas al 1400, una mujer atiende el teléfono e informa que todas las visitas están suspendidas y que no hay excepciones. "Pueden llamar a sus abuelos, pero solo dentro del horario de visitas y los comunicamos", indica.

"Hablo con ella por WhatsApp. Más que nada, nos comunicamos escribiendo, porque como tuvo un ACV, le resulta más sencillo escribir que hablar. Además, llamo al hogar y me cuentan cómo está. Pero desde antes de que empezara la cuarentena ya nos habían restringido las visitas", cuenta Valeria Piccolo, abogada de 42 años.

Las residencias de larga estadía que dependen de PAMI atienden a unos 22.000 adultos mayores. La obra social de los jubilados cuenta con cinco residencias propias y tiene en convenio otras 561 instituciones. Desde el viernes en todas no se permiten visitas.

Mónica Roqué, secretaría de Derechos Humanos, Gerontología Comunitaria, Género y Políticas de Cuidado de PAMI envió una guía de buenas prácticas a las residencias de larga estadía para personas mayores con recomendaciones para que quienes cuidan de los residentes fomenten actividades que no afecten el clima general derivado del aislamiento obligatorio.

"El buen trato en las residencias es hoy más importante que nunca. Esta situación que estamos viviendo puede conducir a actitudes de ansiedad y miedo que pueden afectar el clima general, por eso le enviamos al personal de PAMI recomendaciones para que estén atentos a los cambios de conducta de las personas residentes y que promuevan actividades recreativas o de consolidación grupal", dice Roqué, .

La médica gerontóloga explicó: "las personas mayores son las más vulnerables a enfermarse y contagiarse del coronavirus, pero no por esa razón debemos alejarlos de la vida familiar; lo que tenemos que hacer es cuidarlos".

En este sentido, explicó que, quienes visitan frecuentemente a las personas residentes y que desde el viernes pasado se ven imposibilitados de hacerlo, deben seguir en contacto a través de vías alternativas como las videollamadas o el Whatsapp y, que en los casos en que eso no sea posible, "siempre hay una cuidadora o cuidador que puede ayudarlos. Lo importante es que no se interrumpa la comunicación", apunta Roqué.

Guillermina Alebuena es directora del Hogar Municipal de Ancianos Domingo Goñi, en Coronel Suárez. "Tenemos cien residentes. Están totalmente prohibidas las visitas . Las asistentes se encargan de realizar videollamadas con un grupo de abuelos y sus familias. Los familiares acercan los caramelitos, galletitas o elementos de higiene básica en una bolsa con rótulo: nombre apellido y una vez higienizado, se entrega al residente. En el sector de enfermería, los pacientes "dependientes" que antes eran asistidos por sus familiares en la alimentación (almuerzo y cena) en principio lo hacían bajo declaración jurada y con toma de temperatura haya ayer. A partir de hoy, nos organizamos con un grupo de profesionales y estamos nosotras haciendo esa tarea para prohibir totalmente el ingreso de las visitas. Son tiempos difíciles para ellos. Pero es nuestra obligación es cubrirlos, cuidarlos y velar por su salud", explica.