Exhaustos y lejos de casa: así luchan médicos contra la COVID en Navidad

Manu Ureste (@ManuVPC)
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El gremio del sector salud ha sido uno de los más afectados por la pandemia en todo el mundo. Y en México tampoco ha sido la excepción. De acuerdo con datos oficiales de la Secretaría de Salud federal, al corte del 30 de noviembre suman más de 158 mil contagios y 2 mil 109 defunciones confirmadas, entre doctores, personal de enfermería, especialistas, y otros trabajadores del sector salud, como limpieza y ropería.

Como coloquialmente se les ha nombrado en términos bélicos, ellos son la primera línea de batalla frente a una pandemia que lleva acumuladas más de 120 mil muertes oficiales y que continúa avanzando.

En esta entrega, diferentes voces narran en primera persona lo extenuante que está siendo esa batalla contra el virus, que no da tregua ni un minuto. Ni siquiera en Navidad, cuando la mayoría del personal médico cambiará la cena familiar en casa por mantenerse en sus puestos atendiendo la nueva oleada de contagios y extrañando a los miles de compañeros que dejaron la vida intentando salvar la de muchos otros.

“Como la gran mayoría de médicos, pasaré solo esta Navidad”

Yo soy el doctor García y trabajo en un hospital COVID de la Ciudad de México. Y bueno, ya te imaginarás cómo es ahí la carga de trabajo. Llevo aislado prácticamente desde febrero y sin poder ver a mis padres. A lo mucho, los he llegado a ver así de lejitos. En un estacionamiento. Yo desde el carro, con cubrebocas, careta, y con el cristal arriba. Y ellos afuera, a un carro de distancia y sin poder acercarse.

Con esto que te digo creo que ya te puedes imaginar cómo va a ser esta Navidad para mí y para miles y miles de personas que trabajan en el sector Salud. La gran mayoría, como yo, las vamos a pasar solos. Porque no podemos ver a nadie para no arriesgarnos a un contagio, y también para no arriesgar a nadie de nuestros seres queridos. Así que, al menos en mi caso, será una videollamada y poco más. Mis padres cenarán en su casa y yo estaré de guardia en el hospital con mis pacientes.

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En este fin de año llevamos algo más de un mes totalmente saturados. Así de… se desocupa una cama y de inmediato llega otro paciente a ocuparla. De entrada por salida, vaya.

Las salas de urgencias están totalmente llenas. Aunque ahora hay algo más de planeación que al inicio de la pandemia. Porque no sé si lo recuerdes, pero hubo un tiempo, allá por abril y mayo, en el que todo esto era un verdadero desmadre. Veías a los pacientes tumbados en sillas de plástico, o tirados en colchonetas en el suelo. Algo totalmente indigno. Ahora, al menos, los enfermos están en camas.

Pero, como te digo, desde inicios de noviembre estamos a rebosar. Todas las fiestas del Día de Muertos, las compras navideñas, las posadas, las fiestas, etcétera, están pasando factura ahora mismo. Y mucho me temo que dentro de otros quince o veinte días vamos a ver todavía más casos. Porque toda la gente que ahora llena las calles, va a ser la gente que estará enferma dentro de unas semanas. Y algunos, por desgracia, lo harán de manera muy grave.

Claro, ahora todos andamos muy confiados porque ya llegó la vacuna y creemos que va a ser la gran salvación. Y sí, ojalá lo sea. Pero la verdad es que no sabemos todavía cuál va a ser su efectividad real. Y para terminar de regarla, ahora tenemos que tomar muy en cuenta esa nueva cepa del virus que se ha desarrollado en varias partes del mundo, como Gran Bretaña y Sudáfrica.

¿Sabes qué? Como que ahí el virus nos dejó un regalo muy feo de Navidad. Esa nueva cepa nos ha caído como un balde de agua fría. Y aunque no hay que especular sobre su gravedad hasta que tengamos más información, me temo que el próximo año también va a ser muy complicado. Con todo y vacuna.

Mientras tanto, lo cierto es que para mí esta Navidad va a ser muy distinta. Y no solo porque no voy a estar con mi familia, ni con mi pareja, que ella también es doctora en un hospital COVID. También será diferente por todos los compañeros médicos que he perdido este año por culpa del virus.

Por ejemplo, en abril perdí a mi mejor amigo, el doctor Pepe Porras. Un tipazo y un gran médico, del que ustedes, por cierto, publicaron un perfil.

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A Pepe le gustaba trabajar siempre en la guardia del 24 de diciembre y del año nuevo. Y a mí también. Por eso siempre trabajábamos juntos en las guardias de Navidad.

Pero este año, por desgracia, ya no podré hacer mi guardia con él. Aunque de alguna forma siento que Pepe está ahí conmigo, ¿sabes? No sé. Tal vez sea mi imaginación. Pero siento que sigue con nosotros en el hospital, al igual que muchos otros compañeros. Muchos médicos, médicas, enfermeros, enfermeras, personal de limpieza… Muchas personas que esta Navidad no podrán celebrar en sus casas con sus familias, y muchas familias rotas por el dolor, y familias que en estos momentos están en vilo por todos esos compañeros que están intubados luchando por sus vidas.

Así que sí. Vivir esta Navidad es un regalo muy especial.

Porque, aunque suene muy duro decirlo, no sabemos para cuántos será la última de sus vidas por ese maldito virus.

“La esperanza ya viene en camino”

Mi nombre es Marte Hernández y trabajo como doctor en una clínica en el estado de Jalisco. Yo tuve suerte y esta Nochebuena no hice guardia y trabajé solo durante el día. Aunque, bueno, decir suerte es quizá decir demasiado.

En la unidad donde estoy ahorita solamente estamos dos médicos: uno en el turno matutino y otro en el vespertino. Así que nos toca ver cualquier cantidad de pacientes de todo tipo. Por nuestro consultorio pasa el paciente diabético, el hipertenso, y el paciente con sospecha de COVID-19. Todo ahí, en el mismo consultorio. Algo que, además de peligroso, se me hace injusto para los pacientes y también para nosotros, los doctores, porque no tenemos lo necesario ni para nuestra propia protección.

Te pongo un ejemplo. Hace poco me llegó un paciente en estado grave, con todo el cuadro COVID. De inmediato lo canalizamos a otro hospital, pero nosotros, en nuestra clínica, ni siquiera tenemos personal de limpieza. Así que soy yo el que se tiene que dar a la tarea de medio limpiar como puedo para que el siguiente paciente no se exponga.

Con todo y todo, yo no me he contagiado en esta pandemia. Desde un inicio me di a la tarea de investigar cuáles son los mejores cubrebocas, los que más protegen, y he tenido todos los cuidados habidos y por haber. Por ejemplo, hay documentales en los que se menciona que no es tan importante llegar de la calle y bañarte de volada. Pero en mi casa yo lo sigo haciendo y me ha funcionado muy bien. Llevo así casi un año y no me he infectado.

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En mi casa, como vivo con mi familia, también separé los baños. Entonces, lo que hago es que en cuanto llego de la clínica me meto directo al baño para quitarme la ropa. A ese baño ya le decimos el ‘baño respiratorio’, porque es para mí nada más. Nadie entra ahí, nadie lo toca.

Mi papá, en cambio, sí se contagió entre julio y agosto pasado. Él es médico, como yo. Y en una consulta con un paciente grave se enfermó porque tampoco tenía la protección adecuada. Mi hermana, que también es médico, tuvo que pedir permiso para estar con él. Yo me quedaba los fines de semana, y mi mamá, que es enfermera, también lo cuidó mucho.

Cuando la cosa se puso grave acudimos rápido al Centro Médico Nacional Siglo XXI, en Jalisco. Pero nos pasó lo mismo que a mucha otra gente: que no pudieron recibirlo. A pesar de que teníamos ahí amistades con otros médicos, no fue posible ingresarlo de lo lleno que estaba. Tampoco lo recibieron en otros hospitales de segundo nivel. Todos estaban saturados y sin camas.

Ante esta situación, decidimos jugárnosla con la poca o mucha experiencia que teníamos en ese momento. Llevamos a nuestro padre a casa y ahí lo atendimos entre todos. Por suerte, al menos teníamos lo indispensable, como el oxígeno y la mascarilla. Así que lo pusimos en una habitación totalmente aislada del resto de la casa, y ahí lo fuimos sacando adelante. Ahora ya está recuperado, aunque el virus sí le dejó algunas secuelas.

En definitiva, se puede decir que viví la pandemia por los dos lados: por el lado médico, de ver a diario a muchos pacientes sospechosos COVID. Y por el lado de tener a un familiar tan cercano como mi padre muy enfermo por el virus. Y pues cuando veo a amistades, que también son médicos, escribir en sus redes sociales que esta Navidad lo que más quisieran es estar con su padre… ahí sí digo… ay güey. Sí tengo que estar muy agradecido con que Dios le dio resistencia a mi padre. Porque, al final, ante la falta de un tratamiento específico, creo que la única clave es esa: la resistencia del organismo de cada persona. Está quien resiste, y quien, sencillamente, no aguanta.

Esta Navidad claro que va a ser muy distinta. Nosotros, como hermanos, estamos separados. Una de mis hermanas vive en la Ciudad de México. Otra está en Estados Unidos. Y yo acá, en Jalisco, donde también viven mis padres. Y siempre en estas fechas nos reunimos en familia para pasar estas vacaciones. Pero ahora eso es imposible. Por decisión nuestra dijimos que no, que este año no va a haber ningún tipo de reunión. Así que cada quien estará en su casa y cada quien hará lo más indispensable, un festejo muy sencillo, y ya.

Claro, no todo el mundo lo ve así, ni todo el mundo quiere quedarse en casa por la pandemia. De hecho, cualquiera que salga a la calle puede ver que todo está lleno. Y más ahora, en Navidad. El otro día, por ejemplo, iba manejando y pasé por uno de esos tianguis navideños y vi que estaba a reventar de gente. Y deja tú eso. Lo peor es que todos andaban sin cubrebocas, sin sana distancia, y valiéndole madres todo. Era como si la pandemia jamás hubiera existido, o como si ya se hubiera terminado. Y pues claro que te encabronas como médico. Porque mientras ellos están así, tú estás en tu consultorio jugándotela por atenderlos. Y encima no es nada raro que la gente se moleste cuando entran a la clínica y les pides de favor que se ponga el gel antibacterial, o que se coloquen correctamente el cubrebocas.

A eso súmale que, a casi un año de la pandemia y después de más de cien mil muertos y un millón de contagios, todavía hay mucha gente que no cree en el virus. ¿Y pues ahí qué haces? Ni cómo ayudarles, ¿no?. Aunque, por el contrario, también hay gente que sí tiene otra conciencia, y que incluso agradecen a los médicos que les salvaron la vida. A mi hermana, por ejemplo, el otro día le llegó una niña con unos chocolates porque ayudó mucho a su madre a salir adelante.

En definitiva, sí está siendo una Navidad muy atípica para todos. Para los médicos y para todos.

Pero yo siempre he sido más de ver el vaso medio lleno, ¿sabes? Me parece que con la vacuna ya hay una pequeña luz al final del túnel después de un año horrible. Y aunque ya se habla de una nueva cepa del virus en el Reino Unido, y aunque es cierto que no debemos bajar los brazos, ni pensar que ya se logró la solución definitiva, me parece que teniendo una vacuna como aliada la cosa va a ser distinta. Creo que, ahora sí, la esperanza ya viene en camino.

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