De la euforia a la desesperación en una ciudad ucraniana liberada

Residentes ayudan a la policía y a los investigadores de delitos de guerra a exhumar el cuerpo de una niña de 15 años, quien, según los residentes, fue ejecutada por soldados rusos junto con varios hombres cuyos cuerpos fueron exhumados un día antes, en el poblado recién liberado de Pravdyne, Ucrania, el 29 de noviembre de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
Residentes ayudan a la policía y a los investigadores de delitos de guerra a exhumar el cuerpo de una niña de 15 años, quien, según los residentes, fue ejecutada por soldados rusos junto con varios hombres cuyos cuerpos fueron exhumados un día antes, en el poblado recién liberado de Pravdyne, Ucrania, el 29 de noviembre de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)

En una ciudad donde reinan el miedo y la miseria, hay una parte del pueblo a la que todos temen en especial: el río.

Todos los días, proyectiles rusos surcan las aguas lodosas de color grisáceo y estallan en alguna parte del laberinto de condominios y pequeñas casas del otro lado. El río Dniéper, que fluye sin prisas bordeando la ciudad ucraniana de Jersón, se ha convertido en la línea del frente de batalla. La gente se agazapa detrás de los árboles y observa con atención los edificios, entrecerrando los ojos para mirar más allá del agua. Aquí uno se encuentra ante territorio ocupado por Rusia, donde acechan sus francotiradores.

“Cuidado”, advirtió una mujer junto al río el lunes por la tarde. “Los rusos no están lejos”.

El domingo por la tarde, una anciana murió al intentar escapar del territorio ocupado por los rusos. Según las autoridades ucranianas, estaba cruzando el río en una pequeña embarcación con su marido cuando las tropas rusas le dispararon con una ametralladora. Más noticias sombrías en una ciudad que en las últimas tres semanas ha cambiado por completo, para peor.

Este es el mismo lugar que rebosaba de júbilo a mediados de noviembre después de que las fuerzas ucranianas lo liberaran, al expulsar a las tropas rusas y ocasionar una de las derrotas más vergonzosas que ha tenido el presidente Putin.

Ahora Jersón está desierta. Hace frío. La gente dice que se siente sola. Y las calles están cubiertas de hielo.

La plaza principal, en la que hubo tantos festejos tras la liberación (la gente se abrazaba, se besaba, se tomaba selfis llorando con soldados y ondeaba con alegría banderas ucranianas azules y amarillas), está vacía, salvo por unos cuantos perros negros que la recorren aprisa. Las calles que llevan a la plaza también están vacías. Unas cuantas personas envueltas en chaquetas oscuras caminan con dificultad, figuras solitarias bajo un cielo gris como una lápida.

Residentes ayudan a la policía y a los investigadores de delitos de guerra a exhumar el cuerpo de una niña de 15 años, quien, según los residentes, fue ejecutada por soldados rusos junto con varios hombres cuyos cuerpos fueron exhumados un día antes, en el poblado recién liberado de Pravdyne, Ucrania, el 29 de noviembre de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
Residentes ayudan a la policía y a los investigadores de delitos de guerra a exhumar el cuerpo de una niña de 15 años, quien, según los residentes, fue ejecutada por soldados rusos junto con varios hombres cuyos cuerpos fueron exhumados un día antes, en el poblado recién liberado de Pravdyne, Ucrania, el 29 de noviembre de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)

Las luces de la calle principal están apagadas. El olor a humo de las chimeneas de leña flota en el aire invernal. La red eléctrica de Jersón, como la de tantas otras ciudades ucranianas, ha sido bombardeada sin cesar por los misiles rusos, en un intento por doblegar a este país, y la gente quema troncos para calentar sus hogares.

Casi todos los comercios están cerrados. Uno de los pocos que seguía abierto el lunes vendía todo con un descuento del 50 por ciento. En su interior, Natasha Sekeresh, la tendera, se apoyaba con desánimo sobre el mostrador.

“En otras partes del mundo, la gente está comenzando a celebrar las fiestas navideñas”, dijo. “Aquí, no hay nada de qué alegrarse”, agregó.

Enumeró los males: no hay electricidad. No hay agua corriente. No hay calefacción. Tampoco tiene clientes. Pronto, dice, se quedará sin trabajo.

Su jefe, el dueño de la tienda, planea cerrar en cuanto se vendan los artículos que quedan: un puñado de encendedores de plástico, una caja medio llena de dulces Picnic, una pequeña pirámide de latas de leche evaporada y algunas cosas más.

“Y luego, ¿qué voy a hacer?”, pregunta.

Mientras hablaba, apareció un hombre envuelto en una enorme parka.

“¿Necesitas pan?”, preguntó. Trabajaba en una tienda al otro lado de la calle.

“No”, respondió ella. “No tengo a quién vendérselo”.

“Yo tampoco”, dijo él. “Esta ciudad está vacía”.

Mucha gente se marchó justo después de la liberación. Desde entonces, se han ido más personas. Los bombardeos rusos se han intensificado, con 170 ataques en las últimas dos semanas. Los rusos disparan morteros, cohetes, artillería e incluso tanques contra la población civil.

“Este es nuestro gran dolor”, dijo Yaroslav Yanushevych, jefe de la administración militar de Jersón. Los rusos se fueron, pero “siguen cobrando vidas”, aseveró.

Casi todos los días desde la liberación muere alguien más. Los soldados rusos suelen tirotear la ciudad por la noche, cuando la gente duerme. Los residentes se sienten en especial vulnerables porque no hay muchos refugios antiaéreos ni sótanos como en la mayoría de las ciudades ucranianas, reliquias de la Guerra Fría. El manto freático es demasiado alto para excavarlos.

“No tenemos dónde escondernos”, dice Olena Yermolenko, quien vive junto al río.

La tarde del domingo, en la calle Seniavyna, un proyectil alcanzó un edificio de apartamentos de 10 pisos. Tetiana Roshchyna estaba en su cocina preparando sopa de albóndigas. La explosión sacudió toda la manzana. Las ventanas estallaron y los fragmentos de cristal salieron despedidos por los aires.

“Hay que entender que esto es una zona residencial”, dijo. “No hay militares. No hay fábricas. Solo apartamentos”.

Jersón solía ser un importante centro industrial, sede de uno de los mayores puertos de Ucrania, que enviaba acero y cereales al mundo. Ahora, el edificio principal del puerto está cubierto de pintas. Sus ventanas están destrozadas. La nieve se cuela al interior.

“Ni siquiera puedo describir lo que es vivir esto. Es como un mal sueño”, aseveró.

Anatoliy Makarenko, un vecino, dijo que cuando vio los edificios dañados, quiso “coger un arma automática” y luchar él mismo contra los rusos.

Tiene 75 años.

El lunes, un equipo de tres mujeres que trabajaban para el gobierno local esperó para ayudar a las personas que intentaban cruzar el río y regresar a Jersón. Los altos mandos militares anunciaron durante el fin de semana que permitirían a la gente utilizar el río para escapar; habían cerrado el acceso tras la liberación para asegurarse de que los rusos no intentaran regresar.

Según las autoridades, en las islas pantanosas frente a Jersón viven unos cientos de personas, en su mayoría jubilados, en pequeñas casas de verano. Los ucranianos la llaman “zona gris”, un espacio entre los ejércitos en guerra.

Pero, según las autoridades, el lunes por la tarde ninguno de los habitantes de esta zona gris se había aventurado a cruzar el río. Nadie había intentado el cruce, salvo una pareja que vivía más lejos, en una ciudad aún en poder de los rusos, cuyo barco fue tiroteado.

“Nadie viene”, comentó una de las mujeres que esperan la llegada de civiles. “Tienen demasiado miedo”.

© 2022 The New York Times Company