EU: resurrección del movimiento antirracista

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Víctor Sancho, corresponsal

WASHINGTON, EU., diciembre 26 (EL UNIVERSAL).- Ocho minutos y 46 segundos fueron suficientes para despertar a Estados Unidos. Una rodilla de un policía blanco sobre el cuello de un hombre negro, la indiferencia por una súplica que se ahogaba y unos últimos suspiros de vida gritando por la protección maternal.

Los últimos ocho minutos y 46 segundos de vida de George Floyd circularon por todo el mundo, grabados en video y directamente incrustados en la retina de todos los estadounidenses se convirtieron en la resurrección de un movimiento por la igualdad racial, todavía inexistente en Estados Unidos.

Con el país deprimido económicamente, víctima de la primera oleada de la pandemia, a finales de mayo se prendió la llama de un incendio que estaba por venir. La muerte de Floyd, tras ser arrestado en Minneapolis por intentar pagar con un billete falso, desembocó en la mayor oleada de protestas por la igualdad racial desde 1968, las cuales surgieron como respuesta al asesinato de Martin Luther King.

La asfixia de Floyd en el asfalto bajo el yugo del policía Derek Chauvin era una imagen demasiado metafórica de la realidad racista del país. Las calles se llenaron de gente, en una catarsis colectiva inigualable, mucho mayor que la de hace un lustro con el nacimiento de Black Lives Matter. Resucitaron las demandas de justicia racial, de fin de la violencia policial sobre todo contra las minorías.

La violencia de las demandas se enfurecía a medida que aparecían más y más casos de abuso. Breonna Taylor era tiroteada en su casa después de que unos policías asaltaran su casa por error. Ahmaud Arbery era baleado por unos hombres blancos que sospecharon del joven que sólo hacía deporte en la calle, confundiéndolo con un criminal.

Meses después, Jacob Blake quedaba paralizado por los tiros de un policía mientras intentaba irse en su coche y haciendo caso omiso de un agente que le tiraba de la camiseta. La necesidad de repetir los nombres de las víctimas se hacía más que necesaria... Un renacer del movimiento por la justicia racial que en parte aguantó el tirón y ganó tracción al convertirse casi en un momento de revelación para muchos blancos...

O, quizá, fue el momento de la verdad en un país polarizado, en un contexto donde el presidente obligó a las fuerzas de seguridad a cargar contra los manifestantes para hacerse una fotografía ante un iglesia cerca de la Casa Blanca; un presidente que nunca mostró simpatía por las víctimas ni urgió a cambios sistémicos, negando que en EU haya racismo...

EU entró en una etapa de revisionismo y memoria. Cayeron estatuas dedicadas a líderes de la Confederación y Mississippi cambió su bandera que tenía símbolos confederados... La plazuela delante de la Casa Blanca pasó a llamarse Black Lives Matter Plaza... Joe Biden, entonces candidato a la presidencia, elegía a Kamala Harris como acompañante de fórmula, la primera afroamericana en aspirar a un cargo que ejercerá a partir del 20 de enero.

Las manifestaciones más masivas en medio siglo exigían reconocer los nombres de todos los muertos por el racismo sistémico ("¡Say their names!", gritaban)... Los choques violentos y disturbios se multiplicaron, y renacían cada vez que no había castigo penal suficiente para los agresores.

El fenómeno mediático del Black Lives Matter ha terminado desvaneciéndose. La presencia de grupos neofascistas y supremacistas blancos en Washington para "defender" a Trump ante el "robo" electoral terminó con enfrentamientos con activistas y el ataque a iglesias afroamericanas... Mientras, el racismo sistémico sigue...

"No podemos aumentar la equidad racial sin erradicar la supremacía blanca; no podemos arreglar el racismo antinegro y antimarrón que sustenta las políticas y decisiones que impulsan la contratación, las hipotecas, las redes de transporte, el acceso a WiFi, la educación y la acumulación de riqueza", escribía la columnista Michele Norris, en el Washington Post... "[Se] requiere un reinicio completo y el compromiso de dejar ir las cosas a las que la gente se aferra, consciente o inconscientemente, porque vivir la vida con ventajas tiene sus ventajas".

El ánimo de que algo pueda pasar en la raíz es ínfimo... Una encuesta de Pew Research de octubre señalaba que 48% creía que habría grandes cambios en el país, pero más de la mitad (51%) creía que no. El 46% apuntaba que la vida de los afroamericanos no va a mejorar tras las protestas. Todo, a pesar de que la mitad de la población confiesa que el país no ha hecho lo suficiente como para garantizar que los negros tengan los mismos derechos que los blancos. El aumento en esa creencia es de cuatro puntos en comparación a hace un año (de 45% a 49%).

La exestrella de baloncesto reconvertido en activista Kareem Abdul Jabbar escribía que "el racismo en Estados Unidos es como el polvo en el aire: parece invisible, aunque te atragantes con él, hasta que dejas que el sol entre. Entonces lo ves por todos lados". Los casos de Floyd, Taylor, Arbery, Blake y tantos otros permitieron demostrar por enésima vez que el racismo sigue claramente en la sociedad. Otra cosa muy diferente es que el país vaya a hacer algo para sacar ese polvo y dejar el país limpio de racismo.