Eterno verano en los Hamptons: los neoyorquinos ricos ya no vuelven a sus casas

Juana Libedinsky
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NUEVA YORK.- Después del Labor Day, el feriado de septiembre que marca el fin de la temporada estival, hay ciertas reglas que el quien-es-quien de la Costa Este americana siempre cumplió a rajatabla. Por un lado, no se usa más la ropa blanca. Por el otro, se cierra la casa de los Hamptons -que posiblemente ni siquiera tenga calefacción- hasta la primavera.

Ya no más. Tímidamente, en la era Covid, los jeans blancos, mezclados con neutros otoñales primero, y con fuertes estampados escoceses invernales y hasta ugly sweaters navideños y pieles ("ecológicas" o "heredadas", como siempre se aclara), estiraron su vida útil anual sin escandalizar a nadie. Después de todo, la ropa para el frío posiblemente haya quedado en el departamento de Manhattan al que no se volvió desde el despertar de la pandemia en marzo.

Y, muy vinculado con esto, las grandes propiedades no se cerraron. Por el contrario mucha de la gente más pudiente de la Gran Manzana eligió quedarse a pasar el invierno aquí a tiempo completo, a tal punto que se desenfrenó el negocio inmobiliario. "Los neoyorquinos ricos se escapan a los Hamptons, desatando un boom de real estate de mil millones de dólares" tituló el tabloide The New York Post. "¡Ninguno se vuelve a casa! En los Hamptons, el Coronavirus está creando un eterno verano", concordó Vanity Fair. La playa con médanos nevados es el nuevo lugar donde ver y ser visto --a distancia y con máscara, naturalmente. Y con las dificultades no sólo para salir del país, sino incluso del Estado de Nueva York por la segunda ola de pandemia, por primera vez en sus 300 años de historia, los Hamptons se volvieron el destino aspiracional para las vacaciones de invierno.

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Todo empezó en el otoño. Con las oficinas que abrieron con cuentagotas, más las noticias de Nueva York vandalizada tras las protestas sociales, los hoteles en barrios coquetos reconvertidos en alojamientos para los sin techo, sin Broadway ni la ópera ni el ballet, y con los los restaurantes que se fueron cerrando cada vez más, para muchos el atractivo de volver este año a la Gran Manzana se redujo enormemente ("Una ciudad fantasma", la categorizó Trump). Encima las grandes galas de beneficencia, el epicentro de la vida social para el sector más poderoso, quedaron canceladas. Y los colegios privados más tradicionales adoptaron, en su mayoría, un modelo híbrido que permite pasar largo tiempo, si no todo, siguiendo las clases de manera remota a quienes así lo deseen.

Una parte considerable de veraneantes pudientes decidió, entonces, simplemente quedarse aquí. De hecho, según datos de correo, más de 300 mil familias de la Gran Manzana se mudaron, y el principal destino de los cambios de domicilio fue hacia East Hampton, el balneario con mayor infraestructura de los Hamptons.

A tal punto llegó el éxodo en el otoño que el propio gobernador Cuomo declaró a The Wall Street Journal que él personalmente les estaba "rogando a los multimillonarios que se han refugiado en sus casas de verano que vuelvan a la ciudad".

"Saldremos a cenar. Les compraré un trago. Les cocinaré", confesó Cuomo que les estuvo insistiendo de manera muy personal. "Pero no están volviendo por el momento, y encima saben que si se quedan aquí no pagarán el city tax", aclaró, respecto al oneroso impuesto extra exclusivo para quienes viven en la Ciudad de Nueva York.

Gracias esta emigración VIP, toda una sección de la vida en Nueva York se mudó de forma más permanente al balneario: boutiques y restaurantes, pero también los servicios profesionales de elite, desde hedge funds a decoradores y, por supuesto, dermatólogos, cirujanos plásticos y abogados de divorcio.

También varias de las denominadas galerías "blue-chip", es decir las firmas más sólidas y establecidas decidieron instalarse en los Hamptons siguiendo a su clientela. De hecho, se convirtió en "el nuevo centro del mundo del arte" según Artnet. Sotheby's y Philips, Pace, Houser & Wirth, Van de Weghe Fine Art, Skarstedt Gallery, Michael Werne y Lisson Galleries son sólo algunos de los célebres nombres llegados en 2020 al balneario, con pop ups o en forma permanente.

También llegaron las cosas más "quirky", o pintorescas que dan sabor a la Gran Manzana pero que hasta ahora tenían poco que ver con un balneario tan conservador. Por ejemplo, los leggings para perros, a tono con los de la dueña para yoga, que los mantienen abrigados, fashion, y en pleno Coronavirus ayudan a mantener los gérmenes y bacterias afuera de la casa.

Pero no todo es una burbuja feliz. En los primeros meses de la post temporada hubo "protestas anti-multimillonarios" en los Hamptons. Según Business Insider, más de 300 personas con bieldos de plástico y pancartas se congregaron afuera de lo del exalcalde Mike Bloomberg. Luego siguieron a lo del pope inmobiliario Stephen Ross y a lo de Steven Schwarzman, CEO del private equity firm Blackstone. Algunos residentes contrataron guardias de seguridad armados (otros sabían ellos mismos disparar). En una de las protestas, Alicé Nascimiento uno de los activistas de la ciudad de Nueva York que las había organizado, declaró a los medios que los manifestantes tuvieron problemas para encontrar lo de Daniel Loeb (fundador del hedge fund Third Point) porque las mansiones en los Hamptons están tan poco a la vista.

De hecho, parte de la herencia de discreción puritana del lugar se muestra en que una frase típica aquí es que todo ocurre "behind the hedges", es decir detrás de los gruesos arbustos que rodean cada casa. "Los multimillonarios son expertos en distanciamiento social. Hay una razón por la que eligen vivir aquí. Son difíciles de encontrar y eso es intencional. No es un accidente" dijo Nascimento a The New York Post.

Los nuevos habitantes de los Hamptons, si bien trajeron consigo empleo aún fuera de temporada, también reconfirmaron, en algunos casos, los peores estereotipos.

"En marzo, cuando todos huyeron de Nueva York por la pandemia, la imagen era de los recién llegados arrasando con todo en los supermercados, apilando salmón y champagne en el baúl de sus 4x4 esperando afuera en fila, pero también el papel higiénico, el alcohol en gel y productos de primera necesidad que se pedía no acaparar -recuerda la vendedora de una de las tiendas de la calle principal de Southampton-. Aunque ahora esté todo más tranquilo, esa imagen es difícil de borrar cuando no sabemos qué va a traer a la vuelta de la esquina el nuevo brote de pandemia". Otro punto de tensión es que los neoyorquinos son los grandes contribuyentes al hospital de Southampton, pero con ellos todo el año aquí, se teme que desborden su capacidad.

Encima, quienes quedaron en los Hamptons, no son, necesariamente, tampoco populares entre quienes permanecieron en la ciudad.

Aunque pocos lo verbalicen exactamente así, la sensación es que quienes se fueron son casi unos traidores que dejaron a la Gran Manzana no solo sin su considerable contribución impositiva, sino sin su consumo, donaciones, empuje y glamour que le daba su perfil único.

Por otra parte, muchos de estos popes de las finanzas que se quedaron a vivir en los Hamptons están en los patronatos de las grandes escuelas sin fines de lucro de la ciudad. Para los padres que son meros profesionales -ni que hablar para los que tienen escasos recursos y con los chicos becados en dichas emblemáticas instituciones- la vuelta a clase presencial era fundamental para poder trabajar. Más allá de las válidas preocupaciones por la pandemia "muchos sienten que ellos están demasiado contentos con sus hijos haciendo la clase online y luego jugando al golf cerca del mar como para presionar a las escuelas de la ciudad para que reabran a tiempo completo para todos", como resumió una amiga de esta redactora de Bridgehampton.

En casos que hicieron las delicias de los tabloides, hubo incluso padres que pagaron la altísima cuota anual para reservar la plaza de sus hijos en la escuela de renombre a la que asistían y luego no los mandaron ni siquiera online, sino que les pusieron tutores particulares. Otros los mandaron a las escuelas públicas locales, que de pronto se encontraron con una cantidad sin precedente de alumnos, lo cual trajo también quejas. Una escuela privada de la ciudad, que al no ser sin fines de lucro tiene más flexibilidad de acción, incluso abrió con bombos y platillos una sucursal en los Hamptons para los alumnos que sabían que se iban a quedar.

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Todo, claro, parece estar cambiando o al menos adaptándose, para bien o mal, a las nuevas situaciones. Por lo pronto, indudablemente sí se siente una inyección de vida y energía impresionante caminando por las calles, y ni que hablar por playas, otrora vacías. Eso sí: en pleno invierno, por más que uno camine y camine por los pueblitos del balneario decorados para las fiestas e increíblemente llenos de gente con -horror- los jeans blancos asomándose por debajo de las camperas, el estampado "seersucker" (las rayas finas pastel sobre fondo blanco) que es rigor aquí de mayo a septiembre no se ve por ningún lado. Algunas tradiciones se ve que todavía vienen siendo, sorprendentemente, "covid-resistant".