Estudiante que extrañaba su casa viajó en bicicleta de Escocia a Grecia durante la pandemia

Iliana Magra
·5  min de lectura
Una foto sin fecha del estudiante griego de 20 años Kleon Papadimitriou, cortesía de Kleon Papadimitriou, cerca de Patras, en la región del Peloponeso en Grecia, cuando se acercaba al final de su odisea. (Kleon Papadimitriou vía The New York Times)
Una foto sin fecha del estudiante griego de 20 años Kleon Papadimitriou, cortesía de Kleon Papadimitriou, cerca de Patras, en la región del Peloponeso en Grecia, cuando se acercaba al final de su odisea. (Kleon Papadimitriou vía The New York Times)

LONDRES — Casi un mes después de que empezara el cierre de emergencia a causa del coronavirus, Kleon Papadimitriou, un estudiante griego radicado en Aberdeen, Escocia, extrañaba su hogar.

Papadimitriou se sentía inquieto y, con los vuelos cancelados a buena parte de Europa, buscó una manera de regresar a casa en Atenas. Su padre le dijo de broma que solo tenía que caminar, y se le prendió el foco. ¿Y si lo hacía en bicicleta?

“Quería algo grande, un proyecto para el año”, comentó el joven Papadimitriou en una conversación telefónica del martes.

LEE también | "Uno de los peores casos que había visto nunca": la intoxicación por silicona de Charlotte Flair al reventarle un implante

Lo que pasó después fue un viaje en bicicleta por Europa que abarcó cinco países, más de 3,200 kilómetros y 48 días, y concluyó por fin con la llegada de Papadimitriou a Atenas a finales del mes pasado.

Papadimitriou, de 20 años, estudia ingeniería eléctrica y electrónica en la Universidad de Aberdeen pero, cuando se suspendieron las clases, se encontró con un excedente repentino de tiempo y energía. Por lo tanto, convirtió las restricciones de la pandemia en una oportunidad y motivación, y comenzó a planear su viaje en bicicleta a través de una Europa azotada por el coronavirus.

Menos de un mes después, el 10 de mayo, tenía todo listo para salir de Aberdeen, una ciudad ubicada al noreste de Escocia, con un puñado de provisiones esenciales. Lo que se quedó en la lista: su teléfono, una batería recargable, algunas herramientas, dos cambios de ropa, un impermeable, un rompevientos, una tienda de campaña, una bolsa de dormir, comida para cuatro días y agua. Un libro que quería llevar ocupaba demasiado espacio, así que lo tuvo que dejar.

Al principio, todos los días se arrepentía de la odisea que se había autoinfligido, admitió. El primer día de viaje demostró ser complicado.

“Mis padres no sabían dónde estaba, empecé a llorar”, recordó. “No sabía dónde iba a pasar la noche”.

Le preguntó a un repartidor de pizzas, quien le dio instrucciones para llegar a un bosquecillo cercano, donde se reorganizó, comió un poco y llamó a sus padres.

“Aprendí mucho sobre mí mismo, sobre cómo manejar situaciones difíciles, cuando tengo la moral baja, y cuán importantes son ciertas relaciones”, mencionó.

Además de perderse, los primeros días de su viaje estuvieron llenos de dificultades como neumáticos pinchados, mal clima y ascensos empinados. Cuando se dispuso a partir, planeaba abarcar unos 200 kilómetros al día. Sin embargo, pronto se percató de que ese objetivo era poco factible. Más bien recorrió máximo unos 120 kilómetros al día.

Después de pasar una semana de viaje, llegó a la casa de un amigo en Leeds, una ciudad al norte de Inglaterra, donde se quedó dos días. También tomó su primera ducha desde que había dejado Escocia. Fue todo un reto irse de nuevo.

“Pensé: ‘Dios mío, qué estoy haciendo de mi vida’”, se cuestionó.

No obstante, llegar a su primer objetivo le levantó el ánimo: abordar un transbordador del Reino Unido a los Países Bajos, y cruzar su primera frontera nacional. “Fue el punto en el que ya no había vuelta atrás”, sentenció.

Cuatro días más tarde, y después de quedarse en campamentos, llegó a Alemania. Los amigos de unos amigos le dieron alojamiento, aunque la mayoría no lo quería dentro de sus casas a causa del coronavirus, así que instaló su tienda en sus jardines. También tuvo cuidado cuando estuvo cerca de gente, tomando precauciones para no enfermarse mientras estuviera de viaje.

Una foto sin fecha del estudiante griego de 20 años Kleon Papadimitriou, cortesía de Kleon Papadimitriou. (Kleon Papadimitriou vía The New York Times)
Una foto sin fecha del estudiante griego de 20 años Kleon Papadimitriou, cortesía de Kleon Papadimitriou. (Kleon Papadimitriou vía The New York Times)

Llegó a otro objetivo importante: Stuttgart, donde vive su abuela.

“Era muy importante para mí, era como una especie de control fronterizo”, comentó. “No había visto a mi abuela en muchos años y lo único que me importaba era que, si algo me pasaba, no quería que ocurriera antes de llegar a Stuttgart”.

Se quedó con ella una semana para descansar y recargar energía; fue la primera vez que comió comida casera después de una dieta frugal.

Después de Alemania llegó Italia, donde los negocios estaban abriendo de manera paulatina tras la primera ola de la pandemia. Se comió una pizza de pepperoni con una cerveza en los Alpes italianos antes de dirigirse a Venecia, donde se quedó un día. Luego, fue hacia Ancona, una ciudad ubicada a orillas del mar Adriático, donde abordó un transbordador a Patras, en la región del Peloponeso en Grecia.

“El momento en el que creí que lo podría lograr fue cuando abordé el transbordador en Ancona”, comentó Papadimitriou, quien añadió que, antes de comenzar su viaje, había calculado que le tomaría máximo 30 días.

LEE también | La mejor jugadora de la WNBA: toma 64 pastillas al día y le quieren a obligar a jugar en medio de la pandemia

Esa cifra resultó ser optimista. El 25 de junio, Papadimitriou por fin llegó a Grecia, 46 días después de partir de Aberdeen. Sus padres se reunieron con él en Patras, donde se hizo la prueba del coronavirus —el resultado fue negativo— y los tres recorrieron juntos el último tramo en bicicleta.

El 27 de junio, llegaron a casa en Atenas.

“Si no lo hubiera hecho y alguien me hubiera dicho que podía lograrlo, no le habría creído”, admitió. “No tenía ni idea del nivel de mi paciencia y fuerza de voluntad”.

En el futuro, Papadimitriou espera realizar otro viaje similar —o más largo—, comentó. Por ahora, está descansando en casa y disfrutando de una dieta más variada que la comida que lo alimentó durante buena parte de su viaje de 48 días.

“Quiero descansar un tiempo de las sardinas”, confesó. “Creo que me gustaron porque tenía mucha hambre, pero ahora ni siquiera quiero verlas”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company