"Estoy segura de que fue Nuestra Señora Aparecida quien salvó a mi hijo"

Por Lucas Reginato, de la agencia PLANO

Comienza octubre y, como todos los años, peregrinos y peregrinas desafían los límites de su propio cuerpo en largas caminatas a orillas de la Via Dutra, por el Valle del Paraíba, hasta llegar al santuario nacional de Nuestra Señora Aparecida. El año pasado la cifra de peregrinos ascendió a 10.000, y este año, al cumplirse los 300 años de la aparición de la imagen, los que buscan agradecimiento y protección son aún más numerosos.

Desde que apareciera en la red de tres humildes pescadores en 1717, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida es la depositaria de la fe en un país enorme. Ya en el siglo XVIII los esclavos y colonos que pasaban por el histórico valle que hay entre Rio de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais pedían su bendición. Las muchas historias de gracias imposibles concedidas la han consagrado como patrona de Brasil.

Fue en el primer lugar de refugio de la imagen, una capilla pequeña y rústica construida en la orilla del río donde se produjo el “milagro de las velas”, considerado por sus fieles como el primero de la Santa. Los habitantes de la región estaban rezando frente al altar de madera cuando de forma inexplicable las dos velas que iluminaban la estatua se apagaron e, instantes después, se volvieron a encender, sin que nadie interviniera. Otro relato de esa época cuenta que un esclavo llamado Zacarías huyó de Paraná y fue capturado en el valle del Paraíba. Pasó encadenado por delante de la capilla, que ya tenía una gran reputación. Se arrodilló y rezó con tanta fuerza que las cadenas se soltaron. Su señor, boquiabierto, se vio obligado a liberarlo.

Con el paso del tiempo, las historias se multiplicaron y llegan de lugares cada vez más remotos. La profesora universitaria Delaine Bigaton rápidamente aprendió a exaltar a Nuestra Señora Aparecida. Hace ya varias generaciones que su familia, de Piracicaba, profesa su fe a la patrona, pero el respeto se convirtió en devoción cuando su intercesión salvó la vida de su propio hijo. Miguel nació en 2010, dos días antes del Día del Niño.

“Era mi segunda gestación, fue tranquila, el parto fue normal, pero al nacer tenía un problema respiratorio”, explica la madre. “Los médicos no lograban entender, tenía apnea transitoria y fue empeorando al pasar las horas. Cuando lo trajeron de la incubadora me di cuenta de que estaba rojito”.

Al día siguiente, le alertaron que su vida corría peligro y que tenía que ser trasladado urgentemente a una Unidad de Cuidados Intensivos. A pesar de estar internado y con una máscara de oxígeno, la situación se agravó en la mañana del día 12. “Al enterarme, esa misma mañana, mi cuñada de Campinas puso el nombre de Miguel en la consagración de Nuestra Señora Aparecida. Mejoró y tras unos días nos fuimos para casa”.

Pero Miguel siguió teniendo problemas para respirar. Tuvo que ser internado dos veces más y los médicos veían frustrados sus intentos de darle una explicación médica: un grave síndrome respiratorio, un problema neurológico, cardíaco, etc. En caso de sobrevivir, los riesgos de secuelas eran altos. “En esa época ya no podía ni rezar, estaba desorientada, y le pedí ayuda a Ana, que era del grupo de oración y una mujer muy devota a Nuestra Señora Aparecida”.

“Ella me decía: ‘Piensa en Jesús, piensa en Nuestra Señora cubriendo a Miguel con su manto protector’. Fue el momento más delicado, rezamos mucho y recibimos su gracia. Estoy segura de que ella salvó a mi hijo. Hoy tiene siete años, está sano y nadie sabe explicar qué es lo que pasó”.

Mientras rezaba, Ana tuvo una visión. Delaine y Miguel en el santuario de la Aparecida, agradeciendo la intercesión divina. “Eso fue lo que hicimos cuando cumplió un año. Fuimos y llevamos un pulmón y un corazón de cera a la Sala de los Milagros”. Por el vestíbulo, en el subsuelo de la Basílica, pasan diariamente muchas personas y alberga reliquias traídas por famosos y anónimos en señal de agradecimiento y protección.

Delaine no tiene dudas de que la devoción que heredó de su madre continuará en la familia. “Siempre le digo a mis hijos que se coloquen a Nuestra Señora delante cuando tengan un problema”. Eso hacen millones de brasileños acostumbrados a invocar a la Mãe Morena, tal y como se la conoce cariñosamente. Y ella sigue adelante, protegiendo a brasileños de todas las clases y de todas las edades. Más que garantizar el pan de cada día o reconfortar a quien sufre una enfermedad, ella representa una esperanza: con perseverancia se pueden superar todas las dificultades.