Esther Duflo: “Muchas tensiones sociales se hicieron más visibles”

Hugo Alconada Mon
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La economista francesa Esther Duflo durante una disertación académica
La economista francesa Esther Duflo durante una disertación académica

“Hay tantas cosas que no sabemos”, dice Esther Duflo, y su frase apabulla. Apabulla porque Duflo, con 48 años, ya ganó todos los premios que deben ganarse en el campo de la economía dedicándose a eso: a desentrañar lo que no sabemos y a replantearnos aquello que creíamos que sí sabíamos. Eso explica el título del libro que publicó en 2011 junto a su esposo, Abhijit Banerjee, que revolucionó las políticas públicas para el desarrollo y los llevó a recibir el Nobel, junto a Michael Kremer, ocho años después. ¿El título de ese libro? Repensar la pobreza: un giro radical en la lucha contra la desigualdad global.

Ahora, con otro libro bajo el brazo –Buena economía para tiempos difíciles–, la economista francesa, que trabaja en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) desde 1999, considera que la pandemia de Covid-19 obligó a muchos a ver aquellos problemas sociales que no podían –o no deseaban– ver. La pregunta, dice, es si ahora actuaremos para remediarlos.

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Para eso, nos invita otra vez a replantearnos lo que creemos saber. ¿Un ejemplo? “Existe una idea errónea generalizada de que los pobres son pobres por algo que hicieron y que no debemos ser demasiado generosos con ellos porque los volvería perezosos”, dice a LA NACION desde Boston, donde vive junto a Abhijit y a sus dos hijos pequeños, y desde donde dirige el Jameel Poverty Action Lab. Porque ese es otro de sus rasgos distintivos: pies en la tierra, brazos arremangados e ideas aplicadas, lejos de la torre de marfil.

Duflo cree que la pandemia puede resultarnos una oportunidad. No es un cliché. Para los políticos, se explica, para al fin decirles con franqueza a sus representados qué ocurre, qué saben y qué no. Y desde una perspectiva más amplia, para mirarnos al espejo: “Ojalá esta crisis global provocada por el Covid-19 nos obligue a preguntarnos qué nos importa y a pensar qué implica esto para las políticas que debemos adoptar”.

–¿Esta pandemia ha cambiado o reforzado de alguna manera sus puntos de vista sobre la inmigración, la desigualdad, la globalización, la disrupción tecnológica, el crecimiento o el cambio climático?

–La pandemia actuó un poco como un revelador: muchas de las tensiones que ya estaban presentes en nuestra sociedad se hicieron más visibles, muchos de los problemas se agrandaron, como si se hubieran puesto bajo un microscopio. Por lo tanto, la mayoría de las veces, lamentablemente, nuestras opiniones no han cambiado. En cambio, los problemas que habíamos identificado se volvieron aún más urgentes. Lo que sí esperamos es que el hecho de que estos problemas que así fueron revelados por la pandemia también se tornen más apremiantes para todos. Lo más importante es que tenemos ahora frente a nosotros un claro ejemplo de que cuando los científicos o Bill Gates nos advierten que un desastre está a la vuelta de la esquina, algunas veces simplemente sucede... Nuestra esperanza, ya que tendemos a ver el vaso medio lleno, es que recordaremos esta lección y comenzaremos a luchar seriamente contra el cambio climático.

–Sus comentarios sobre la expansión del comercio global resuenan muchísimo al ver lo que está sucediendo ahora debido al Covid-19. Le cito textualmente: “Aquellos que tuvieron la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto, con las habilidades adecuadas o las ideas correctas, se hicieron ricos, a veces fabulosamente”. Por el contrario, vuelvo a citarle, “para el resto, los puestos de trabajo se perdieron y no se reemplazaron con otros”. ¿Cómo puede la sociedad ayudar a todas esas personas que los mercados –y, ahora, esta pandemia– han dejado atrás?

–Tienes toda la razón. La pandemia ha exacerbado las desigualdades, al menos dentro de los países, porque las personas con trabajos que pueden desarrollar con una computadora se recuperaron muy rápido, mientras que aquellos que dependían de interacciones directas, como por ejemplo los trabajadores de restaurantes, los comerciantes o quienes trabajaban en fábricas, perdieron tanto sus vidas como sus medios de subsistencia, en un número mucho mayor, y todo ese sector no se recuperó tan rápido. El único aspecto positivo, si cabe, es que el impacto inicial de la pandemia resultó tan generalizado que muchas personas que probablemente nunca pensaron que alguna vez necesitarían ayuda se encontraron realmente necesitando ayuda y, al menos en los países ricos, obteniéndola. En general, existe una idea errónea generalizada de que los pobres son pobres por algo que hicieron, y también de que no debemos ser demasiado generosos con ellos porque eso los volvería perezosos. Incluso durante la pandemia, el paquete de ayuda fue criticado por arriesgarse a desanimar a la gente de volver al trabajo, aunque muchos estudios demostraron lo contrario. Pero, en general, creo que muchas personas habrían aprendido de esta experiencia que el seguro social no es solo caridad hacia personas que lo merecen menos que ellas: es esencial para hacer frente a los riesgos que todos asumimos. Esto puede hacer que las personas estén más dispuestas a darse cuenta de que cuando las personas pierden sus trabajos debido al comercio o la automatización, no son más responsables de lo que ellas mismas lo fueron al perder su empleo debido al Covid-19. Y se merecen ese seguro social en un plano de igualdad.

–Vuelvo a citarle: “Los ricos pueden eventualmente ver que les conviene defender un cambio radical hacia la distribución real de la prosperidad”. ¿Puede explayarse? ¿Qué propone?

–Todo lo que ocurrió en Estados Unidos, después de las elecciones presidenciales de noviembre y hasta el asalto al Capitolio, el 6 de enero, debió causarles un gran susto a muchas personas adineradas. Y en ese sentido vale la pena remarcar que los alborotadores que participaron en ese asalto sentían que defendían principalmente a Donald Trump contra el establishment del Partido Republicano tradicional, no tanto contra los demócratas. La sensación de una traición es más profunda que la creencia errónea de que les “robaron” la elección. Unos días antes, cuando el líder del Senado, el republicano Mitch McConnell, se había negado a votar a favor de un pago único mayor a la gente, algunas personas escribieron en su puerta “McConnell mata a los pobres”. La crisis actual del Partido Republicano no se debe solo a la personalidad de Trump, también es porque hay una ruptura entre una base partidaria que exige que cumplan con las promesas populistas que les anunciaron y una élite que no está dispuesta a dárselas. Durante un tiempo, esa élite ha lidiado con esa tensión ofreciendo otras cosas que la base también quería, con una retórica nacionalista y antiinmigrante. Pero esto solo durará hasta cierto punto. Sin embargo, una tendencia alentadora en la política estadounidense es que existe un gran apoyo popular a las políticas económicas que resultan buenas para la gente. En Florida, por ejemplo, el 60% de los votantes votó por aumentar el salario mínimo a 15 dólares. Mientras tanto, las asociaciones empresariales y los líderes republicanos luchan contra ese aumento. Así que puede que esa iniciativa avance o no, pero al menos las líneas de batalla ahora se trazan en torno al interés económico real –como los trabajadores estando en contra de las empresas–, que es mucho más sensato que las líneas de batalla trazadas en torno a cuestiones de identidad. Y con tal nivel de apoyo para este tipo de políticas, al menos un segmento de los ricos entiende que deben apoyarlos para preservar la paz social y la capacidad de seguir haciendo negocios. Nunca será un consenso total, claro, pero se puede alcanzar lo suficiente para avanzar y restablecer cierta confianza en que el gobierno está ahí para ayudar a los pobres.

–Demos otro paso, si le parece: ¿cómo pueden las ideas expresadas en su libro más reciente ayudarnos a saltar el muro del desacuerdo y la desconfianza que nos divide, no solo en Estados Unidos, sino también en la Argentina y tantos otros países, hoy en día? ¿Puede darnos un ejemplo de ello?

–La idea clave del libro que puede ayudar en este sentido es la idea de que debemos resistirnos a reducir a las personas a la opinión que expresan en un momento dado, por violenta o desagradable que sea esa opinión o el tono en que la expresan. Los economistas han creído durante mucho tiempo que las preferencias no deben discutirse. Son lo que son y no podemos cambiarlas, solo tenemos que dar a las personas los incentivos adecuados para que se comporten de una determinada manera, dadas sus preferencias. Esto haría muy difícil convencer a la gente, digamos, de que todas las razas son iguales. Pero, de hecho, lo que la psicología y la sociología nos dicen es que las preferencias de las personas están lejos de estar grabadas en piedra y que dependen del contexto de una manera muy sutil. No deberíamos poner a la gente en la prisión de sus propias preferencias.

–Vayamos más allá, entonces, apoyados en las ideas fuerza de su libro. Si fueras asesor de un presidente, el o la que usted prefiera, ¿qué le aconsejaría que hiciera o dejara de hacer? Además de, como usted ya remarcó en otras entrevistas, ¡jamás seguir los consejos de los economistas!

–[Sonríe]. Probablemente le aconsejaría que habilitara el mayor espacio posible para experimentar con políticas públicas y dejar un lugar para “fallar rápido y seguir adelante”. Porque hay tantas cosas que no sabemos... Y, sin embargo, se supone que los políticos tienen la solución para todo, tienen que proyectar todo a la perfección y como si lo supieran todo, y si sus decisiones no salen según lo planeado, se les echa la culpa.

–La pandemia mostró esta falencia de manera brutal en muchos países…

–Esto quedó claro con el Covid-19, sí. El virus sigue evolucionando y nos presenta nuevos desafíos. Los epidemiólogos hacen predicciones que resultan no ser correctas. Sin embargo, los líderes tienen que tomar decisiones todo el tiempo. Pero en lugar de abrazar la incertidumbre y decir: “Miren, estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo, pero es posible que tengamos que cambiar de rumbo”, están tratando de proyectar una confianza que no pueden tener. Ahora se nos dice, por ejemplo, que el presidente francés [Emmanuel Macron] lee artículos científicos él mismo y que ya no necesita apoyarse en su propio consejo científico. El resultado es que el público francés ahora no confía ni en el presidente ni en el consejo científico... Por supuesto, esto es un poco más extremo ahora, debido a la pandemia, pero en tiempos normales, debería ocurrir lo mismo: los políticos deberían ser más transparentes sobre lo que saben, lo que no saben, lo que están probando y lo que puede fallar o tener éxito.

–Le planteo el mismo interrogante que a tantos otros entrevistados: ¿cuáles son las preguntas que deberíamos habernos hecho hace mucho tiempo y no nos hicimos? ¿Cuáles son las preguntas que deberíamos plantearnos ahora?

–Creo que la pregunta clave que debemos hacernos ahora es qué vamos a hacer para proteger nuestro clima y nuestro planeta antes de que sea demasiado tarde. Tenemos que cambiar nuestra forma de consumir y de comportarnos. Y esta primera pregunta luego lleva a otras: ¿qué nos importa? ¿Realmente nos importa tanto consumir más y más cosas? ¿Nos interesa tener autos cada vez más y más grandes? ¿Generar tanta calefacción y aire acondicionado que tengamos frío en verano y calor en invierno? Los gobiernos han pasado demasiado tiempo asumiendo que el crecimiento económico es lo único que debería preocuparles. Esto ha llevado a decisiones políticas desastrosas con la esperanza de que regresemos a la senda del crecimiento. Pero lo que realmente queremos es felicidad. ¡Y el crecimiento, o incluso la riqueza del país, medida por su producto bruto interno [PBI], es solo una dimensión! Como seres humanos, nos preocupan muchas otras cosas, como la salud, las relaciones sociales que tenemos con otras personas, un sentido de propósito... Ojalá esta crisis global provocada por el Covid-19 nos obligue a preguntarnos qué nos importa y a pensar qué implica esto para las políticas que debemos adoptar.

–¿Hay alguna pregunta que no le hice y que quiera abordar?

–No.

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Biografía

  • Nacida en París, en 1972, se licenció en Historia y Economía en la Escuela Normal Superior de la capital francesa, para luego completar su maestría en la Escuela de Economía, también en París, y su doctorado en Economía en el MIT, en 1999

  • Abocada a la docencia y la investigación, estudia cómo funciona la economía en los sectores más desfavorecidos, para desarrollar mejores políticas sociales en las áreas de la salud, educación, inclusión financiera, medio ambiente y gobernanza

  • En 2010 recibió la Medalla John Bates Clark, destinada a los economistas menores de 40 años que han aportado una contribución muy significativa al pensamiento y conocimiento científico. En 2011 publicó junto a su esposo, Abhijit Banerjee, el libro Repensar la pobreza: un giro radical en la lucha contra la desigualdad global, que se tradujo a más de 17 idiomas y cosechó múltiples reconocimientos

  • Ocho años después se convirtió en la segunda mujer -y la más joven- en obtener el Nobel de Economía, junto a su esposo y a Michael Kremer. Ahora publica Buena economía para tiempos difíciles

Recomendación para aprovechar el tiempo

–En estos tiempos de pandemia, ¿qué libros o películas o música o cualquier otra actividad sugiere para distraerse o, acaso, aprovechar el tiempo?

–Tenemos dos niños pequeños, de 9 y 7 años, por lo que hemos tendido a ver películas que todos podemos disfrutar. Por tanto, recomendaría mucho la británica La oveja Shaun, así como todo el trabajo de Michel Ocelot (Kirikou y la Bruja, en particular). Si tienes niños aún más pequeños, prueba Krtek, una serie de dibujos animados checos sobre un topo encantador que está disponible en YouTube. También acabamos de ver Mi bella dama y es una película fantástica. Incluso la citamos en nuestro libro Buena economía para tiempos difíciles. En cuanto a libros, el día que comenzó la cuarentena empecé el último volumen de la trilogía de Hilary Mantel sobre Thomas Cromwell. Los tres libros son En la corte del lobo, Una reina en el estrado y El trueno en el reino. Los recomiendo encarecidamente. ¡Deberían mantener a cualquiera entretenido por un tiempo! De todos modos, debo admitir que he pasado demasiado de mi tiempo libre navegando en internet y tratando de entender qué está sucediendo con el Covid-19 alrededor del mundo. Eso deja poco tiempo para otras cosas. Pero disfruto correr y escuchar los maravillosos conciertos de música clásica que se transmiten online. También encontramos tiempo para ver Small Axe, la serie de Steve McQueen sobre la vida de los jamaiquinos en Inglaterra.