Estados Unidos tiene que decir adiós a las armas | Opinión

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Menos de 15 días después de la espantosa masacre en la ciudad de Buffalo, otra matanza volvió a estremecer a Estados Unidos, un país que se debate bajo la insensata violencia con armas de fuego.

El martes 24 de mayo, en una escuela primaria de la localidad tejana de Uvalde, un joven desequilibrado de 18 años irrumpió en el plantel con un fusil de guerra AR-15 y un chaleco blindado y abrió fuego contra los niños. Diecinueve pequeños y dos maestras, que heroicamente trataron de proteger con sus cuerpos a sus alumnos, murieron bajo los disparos del agresor enloquecido hasta que una agente de la policía lo abatió.

Salvador Ramos, el atacante, había comprado dos fusiles semiautomáticos el día en que cumplió 18 años, en una tienda de armas, sin el menor problema. Como es habitual entre estos asesinos, mostró en los medios sociales su artillería. Luego indicó su intención de sembrar la muerte en una escuela, cerca de su casa. Las autoridades no descubrieron sus mensajes amenazantes.

Su abuela intentó detenerlo cuando el joven salía a cometer su salvaje agresión y Salvador le disparó en la cara.

Después de la matanza, el gobernador de Texas, el republicano Greg Abbott, expresó sus condolencias en una rueda de prensa y dijo que en la comunidad había un problema de salud mental que se debía tratar. No dijo una palabra sobre lo que muchos tenían en mente: el fácil acceso a las armas. Pero Beto O’Rourke, el candidato demócrata a gobernador del estado en las elecciones de noviembre, confrontó a Abbott, reclamándole su falta de acción ante la violencia con armas de fuego. “Esta es tu culpa”, le dijo O’Rourke. “Y no estás haciendo nada al respecto”.

El personal de seguridad sacó de la sala al demócrata, quien en el exterior del edificio siguió criticando al gobernador.

En Texas, se puede adquirir un arma de fuego sin permiso y llevarla abiertamente en público. Es lo mismo que ha prometido lograr el gobernador de Florida, el también republicano Ron DeSantis, antes de que termine su mandato.

El presidente Joe Biden, que acababa de regresar de un viaje a Asia, pronunció una enérgica declaración: “Como nación tenemos que preguntarnos cuándo en el nombre de Dios vamos a enfrentarnos a los grupos de presión a favor de las armas; cuándo en el nombre de Dios vamos a hacer lo que en el fondo sabemos que hay que hacer”.

Lo que sabemos que hay que hacer, sencillamente, es derogar la obsoleta Segunda Enmienda, una medida de fines del siglo XVIII que permitía a los milicianos que se enfrentaron a la metrópoli británica tener y portar sus mosquetes y pistolas de un solo tiro, no los fusiles automáticos de hoy. Y controlar estrictamente la venta y posesión de armas.

Estados Unidos es el único país desarrollado donde los tiroteos masivos son habituales. De hecho, hay en promedio uno al día. Eso no quiere decir que en Estados Unidos haya más gente violenta o desequilibrada que en otras naciones; lo que sucede es que en ningún otro país industrializado es tan fácil obtener armas de fuego.

Tras la matanza, los políticos en Texas y en todo el país hicieron sus comentarios de siempre de cara al público, lamentando la desgracia, reiterando que crímenes así no deben volver a ocurrir, y asegurando que en sus plegarias están las víctimas y sus familiares. Esas palabras son huecas si no se toman medidas radicales. Como propuso Biden, hay que desafiar el poder de la industria de las armas; comprar una pistola o un fusil de guerra en Estados Unidos tiene que dejar de ser tan fácil como comprarse una camisa.

Como en el título de la famosa novela de Ernest Hemingway, los norteamericanos deben decir adiós a las armas.

Andrés Hernández Alende es un escritor, periodista cubanoamericano y exeditor de la sección de “Opinión de el Nuevo Herald. Pueden leer su novela La espada macedonia” y su ensayo Biden y el legado de Trump”, publicados por Mundiediciones.

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