Veinte años después, Nueva York frena para recordar su trauma imborrable

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SPENCER PLATT

NUEVA YORK.- A Linda Terri todavía se le llenan los ojos de lágrimas cuando piensa en el 11 de septiembre de 2001. “Te muestra lo frágil que es la vida”, dice. Acaba de colocar una rosa amarilla en el memorial para Ruth Ellen Ketler, uno de los nombres tallados en bronce alrededor de una de las fuentes que ahora ocupan el lugar donde antes estaban las Torres Gemelas.

“Me llevó mucho tiempo despertarme por la mañana y volver a decir ‘es un día precioso’, porque eso fue lo primero que dije ese día apenas miré por mi ventana”, recuerda.

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Terri dice que salvó su vida esa mañana gracias a una casualidad: el tren que tomó para ir a trabjar a Manhattan llegó tarde, y por eso después recorrió el trayecto a la isla sin hacer paradas. Terri trabajaba en Goldman Sachs, y esa mañana estuvo en la Torre Norte viendo a un cliente y se fue 14 minutos antes de que se estrellara el vuelo 11 de American Airlines 11, a las 8.46 de la mañana.

Visitas al memorial del atentado del 11 de Septiembre, el 9 de septiembre de 2021 (AP /John Minchillo)
John Minchillo


Visitas al memorial del atentado del 11 de Septiembre, el 9 de septiembre de 2021 (AP /John Minchillo) (John Minchillo/)

Veinte años después, Terri vuelve al lugar de la tragedia, como muchos otros sobrevivientes, amigos y familiares de las víctimas, bomberos, paramédicos y policías, autoridades, políticos o personas comunes y corrientes que por un día detienen su vida, ponen las diferencias a un lado y se unen con un ánimo común: recordar.

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Estados Unidos es un país mucho más dividido que el de hace dos décadas. Pero mañana, al menos por un día, los norteamericanos harán una pausa en las batallas políticas que libran casi a diario para conmemorar un nuevo aniversario del peor atentado de la historia, y a las 2977 víctimas que murieron en esos ataques, el más mortífero que sufrió el país.

“Fue un día espantoso. Pero nos tenemos unos a otros”, resume Terri.

Bomberos de Florida sostienen la bandera de Estados Unidos durante una ceremonia en Western High School, para conmemorar el vigésimo aniversario del 11-S (Getty images / AFP)
JOE RAEDLE


Bomberos de Florida sostienen la bandera de Estados Unidos durante una ceremonia en Western High School, para conmemorar el vigésimo aniversario del 11-S (Getty images / AFP) (JOE RAEDLE/)

Los atentados terroristas del 11-S le infligieron una herida perdurable a la primera potencia global, y dejaron una marca imborrable en el sur de Manhattan, uno de los epicentros financieros del mundo, donde aún hoy continúan las obras para terminar de reconstruir el World Trade Center, devenido, después de los atentados, en la “Zona Cero”. El lugar desde el cual las Torres Gemelas gobernaban antaño el perfil de la ciudad ahora lo ocupan dos fuentes gigantescas sobre las huellas de las torres, rodeadas por los nombres de las víctimas grabadas en bronce, donde el agua nunca de circular.

“Es una forma de intentar capturar qué y quiénes desaparecieron”, dice a LA NACION Clifford Chanin, vicepresidente del Memorial & Museo Nacional del 11-S, quien resume el espíritu del monumento: “Es un recuerdo sin fin”.

El presidente Joe Biden visitará el Ground Zero mañana junto al exjefe de Estado Barack Obama (Angela Weiss / AFP)
ANGELA WEISS


El presidente Joe Biden visitará el Ground Zero mañana junto al exjefe de Estado Barack Obama (Angela Weiss / AFP) (ANGELA WEISS/)

El memorial será el lugar donde se reunirán muchos familiares de las víctimas, además del descampado en Shanksville, Pensilvania, y el Pentágono, en Washington, donde los terroristas estrellaron los otros aviones de pasajeros que secuestraron esa fatídica mañana.

El presidente norteamericano, Joe Biden, visitará los tres sitios en el mismo día, y en Nueva York estará acompañado por Barack Obama, a quien sirvió durante dos mandatos como vicepresidente. George W. Bush, el mandatario durante los atentados y el padre de la “guerra contra el terrorismo” posterior, tiene previsto brindar un mensaje en Shanksville. Jimmy Carter, el más viejo de los presidentes vivos, no tiene ningún evento público.

Fiel a su estilo, Donald Trump romperá el protocolo: comentará para la televisión una pelea de boxeo entre el excampeón de peso pesado Evander Holyfield y el excampeón de peso semipesado de UFC Vitor Belfort.

La “Zona Cero” parecía vivir hoy un día más bajo un radiante sol de verano que no llegaba a convertir a la ciudad en el hervidero que suele ser en julio o agosto. Pero la presencia de más periodistas y policías, una banda de gaitas de un departamento de policía que recorría la plaza alrededor del monumento a los caídos, y la abundancia las banderas y las rosas rojas o amarillas clavadas en los nombres tallados en bronce eran indicios de la cercanía de un día que, para la mayoría de los norteamericanos, quedó tallado en su memoria.

El paso del tiempo también impone una distancia ineludible: para millones de jóvenes y niños, el 11-S es otro evento histórico, un día ajeno a su memoria.

Para Tom Canavan, ese día dejó una marca tan profunda que se tatuó las Torres Gemela en un brazo bajo una palabra en letras mayúsculas: “SOBREVIVIENTE”. Canavan, de 62 años, estaba en el piso 47 de la Torre Norte cuando el primer avión, el vuelo 11 de American Airlines, piloteado por uno de los secuestradores suicidas de Al-Qaeda, Mohammed Atta, el “comandante táctico” de los ataques, se estrelló contra el edificio. Canavan bajó por la escalera, y justo cuando estaba por salir a la calle colapsó la Torre Sur.

“Soy uno de los 19 tipos que quedó enterrado, y salió”, recuerda Canavan a LA NACION, parado al lado del Survivor Tree, el peral que sobrevivió al colapso de las torres, del cual, cada año, se sacan plántulas para regalar a comunidades que han sufrido tragedias. Sus descendientes crecen en Boston, Newton, Londres o Cristchurch. Canavan viste una musculosa que deja a la vista su tatuaje, que se hizo hace cuatro años.

Un guardia de seguridad que quedó enterrado cerca suyo le dijo que esperaran, que alguien los iba a encontrar, pero Canavan le dijo que no, que si se quedaban iban a morir sofocados, y él sólo pensaba en salir. “Le dije: ‘Me voy’. Mi hijo cumple tres años la semana que viene y mi mujer está embarazada de mi hija. Le dije, ‘me voy’”, rememora. Canavan dice que empezó a moverse “como una serpiente” hasta que logró salir.

“Mi trabajo acá es mantener viva su memoria, todos los nombres en las fuentes”, afirma.

Durante los últimos 20 años, cada vez que conoció a un amigo, conocido o familiar de una víctima, Canavan les preguntaba por ellos, trataba de conocerlos, recolectar sus historias. “Mucha gente viene, pasa, y no entiende. Si lo hago personal, se acuerdan”, explica. Después habla de su tatuaje. “Quiero que la gente vea mi brazo durante el resto de mi vida y piense en el 11-S sin que yo tenga que decirle nada. Nunca olvidar. Ese es mi trabajo. Mi trabajo por el legado de esta gente acá”.

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