‘Espacios, reflejos y transparencias’, colección de textos inclasificables y geniales

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Hay libros que no pueden ser clasificados bajo ningún género. No son novelas ni memorias; tampoco cuentos ni artículos. Algunos parecen ser, por su contenido, un volumen de reflexiones culturales y filosóficas. Pero no lo son. En realidad, son híbridos genéricos. Es decir, inclasificables.

Quizás por eso cuando me hallo ante ellos no los encasillo, sino que los veo como un proyecto literario abierto a infinitas posibilidades, como es el caso de Espacios, reflejos y transparencias (Editorial Arcos), el más reciente libro del escritor cubano, Luis Ignacio Larcada, en el que es posible encontrar de todo: poemas, reseñas literarias, pequeños ensayos, críticas de arte y narraciones cuyas tramas se desarrollan tanto en escenarios medievales como mitológicos y contemporáneos.

Estructurado sin seguir un orden aparente que los guíe -un poema antes de un relato; unos cuadros famosos antes de una nota sobre arte- este singular libro comienza con un excelente cuento titulado, El monje celta, que a pesar de su apertura convencional (“Erase una villa celta, que había sufrido la ocupación normanda, donde arribaron unos clérigos para fundar una abadía. Eligieron un lugar cerca de las casas, junto a un riachuelo; detrás, había un bosque, donde crecían campanillas y lavanda en un mar de madreselva”), termina de una inesperada manera cuando el protagonista se ve de pronto en el Paraíso bíblico: “El sonido se unió paulatinamente a la risa de unos jóvenes: detrás de un árbol surgió, risueña, desnuda, Eva; tras ella, la perseguía Adán, con retozo”.

Y cierra con otro, Breve historia de un semidios, escrito en un estilo elegante y preciso, pero no exento de imaginación al añadirle a la mitología romana (“Mercurio no nació con alitas en los tobillos, sino que le crecieron en la infancia”) un toque de la absurda realidad cubana durante un viaje del dios del comercio a la isla: “Mercurio había perdido todo su poder bélico porque en vez de lanza, llevaba una caña de azúcar; y en vez de escudo, un casquito de guayaba”.

Entre uno y otro se extiende un abanico de brillantes textos que, aunque sin una aparente conexión, adquieren coherencia cuando uno descubre, ocultas entre el arte y la historia, sus verdaderas intenciones estéticas, como en el titulado, Adán y Eva en 1507, por Alberto Durero, en el que Larcada, a partir de una visita al Museo del Prado, se adentra en el estudio de dicha obra a través de curiosas observaciones, primero, sobre la composición anatómica de la pareja, la coloración de su piel y su posible etnicidad, y por último, a través de una imaginaria conversación con los mismísimos Adán y Eva, en la que le cuentan todo lo que vieron mientras estuvieron colgados en el Castillo de Praga, durante el reinado del Emperador Rodolfo II; en el Palacio de la Reina Cristina, en Estocolmo y en el Alcázar Real de Madrid.

O como en La reinserción de Juan Gil-Albert, un texto a caballo entre la biografía y la memoria repleta de datos históricos y anécdotas personales que retratan de cuerpo entero al poeta y ensayista valenciano, de quien Larcada fue un gran amigo.

Juan Gil-Albert nació en 1906 en Alcoy, un pequeño pueblo cerca de Alicante y murió en Valencia, en 1994. Combatió en la Guerra Civil Española a favor de la República y salió exiliado hacia México, donde trabajó junto a Octavio Paz en la revista Taller.

En realidad, La reinserción de Juan Gil-Albert no es solo un estupendo texto que bordea el ensayo, sino también un sentido homenaje de Larcada a su amigo: “Este fue el escritor que conocí, admiré, estimé y del que tanto aprendí”.

Espacios, reflejos y transparencias es una colección de textos que por su variedad temática pudiera parecer un cajón de sastre revuelto, pero no lo es. Su contenido -poesía incluida- es coherente y profundo y refleja la visión del mundo de su autor. Y, sí, es inclasificable. Pero también es, por su lucidez y sensibilidad, simplemente genial.

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