España: preocupa el aumento de lesiones medulares por zambullirse en piletas y alertan que se dan más en hombres

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La edad promedio de los protagonistas de accidentes en piletas es de 28 años
La edad promedio de los protagonistas de accidentes en piletas es de 28 años

BARCELONA.- Miquel Sampol no podía salir del agua. “Hacía calor y salté a la piscina”, recuerda. Celebraba en un hotel de Port d’Alcúdia (Mallorca) la gran temporada del equipo de fútbol de infantiles que entrena en la isla. El ascenso de categoría merecía un almuerzo en familia junto a padres y jugadores. Fue el 24 de junio. Se levantó de su silla, se lanzó de cabeza al agua y su vida cambió. Chocó contra el fondo de la pileta y se rompió la vértebra C5. Sus piernas dejaron de responder y quedó boca abajo. Dos amigos lo rescataron y allí empezó una nueva vida en silla de ruedas. Ahora ha iniciado una primera fase de rehabilitación intensiva en el Institut Guttmann de Badalona, hospital especializado en las fases de recuperación de lesiones medulares.

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La historia de Sampol refleja la realidad trágica de los veranos. “Los accidentes que derivan en lesiones medulares cambian las líneas vitales de los pacientes y sus familias en un segundo”, resume Lluïsa Montesinos, especialista en lesiones complejas de la médula espinal del Vall d’Hebron. El centro barcelonés es el hospital de referencia de Cataluña en este tipo de lesiones, y Montesinos confirma que este 2022 ha sido “peor” que los años anteriores, aunque aún no cuenta con un registro definitivo. El año pasado operaron a 78 personas por lesiones medulares agudas. En el Institut Guttmann la sensación es la misma: “El fin de las restricciones y la proliferación de las actividades al aire libre son factores determinantes para el crecimiento de estas lesiones”, defiende Jesús Benito, médico rehabilitador de Sampol. Los jóvenes son uno de los colectivos más afectados: los lesionados por zambullirse en el agua tienen 28 años de media, según datos del Vall d’Hebron.

Existen diferentes grados de lesiones medulares. Desde sufrir ligeras secuelas de movilidad y hacer vida normal, hasta quedar tetrapléjico y necesitar ayuda para respirar. “La medula no solo transporta la información de la sensibilidad y el movimiento, sino también la del equilibrio, los esfínteres, los intestinos y la sexualidad”, aclara Montesinos. Siempre que se produce un daño medular, estas capacidades pueden verse afectadas.

Sampol no puede mover las piernas, pero ha ido ganando movilidad en los brazos y los dedos. La última semana ha mejorado mucho el movimiento de los dedos de la mano derecha. Los separa y los mueve arriba y abajo. Pero aún no puede tomar objetos. Su situación es un éxito si se compara con el primer diagnóstico que recibieron los padres. Les avisaron que su hijo había tenido un accidente y que “estaba consciente”. Pero al llegar al hospital, el médico les advirtió de la posibilidad de que quedara sin apenas movilidad de cuello a los pies. “No esperábamos aquello, la verdad, y se te cae el mundo encima”, admite su madre, Joana.

Los expertos recomendaron a la familia trasladar al joven al Institut Guttmann, donde llegó el 8 pasado. Sampol realiza sesiones de rehabilitación a diario en la llamada “ventana terapéutica”, el espacio de tiempo en el que la terapia física es más efectiva. “La rehabilitación tiene más efecto en los primeros seis meses y hay que empezarla lo antes posible”, concreta Benito. El trabajo pretende “recuperar” las funciones maltrechas y “aprender a sustituir” aquellas que ya son irrecuperables.

Sus padres han alquilado un piso en Badalona y han traído el auto de Mallorca para estar cerca de su hijo. El teletrabajo les da margen de maniobra, pero la conciliación no será fácil, especialmente por el tipo de empleo de Joana. “Cuando ocurre algo así, lo dejas todo atrás para centrarte en tu hijo”, resume la madre.

Tener cerca a la familia es imprescindible para el paciente, defienden los expertos. “Tienen que iniciar una fase de aceptación que no es sencilla y el entorno se convierte en una red de seguridad imprescindible”, explica Ariadna Vilà, miembro de la junta de gobierno del Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña y experta en perspectiva de género. Sin esa red, los pacientes pueden dejarse ir y entrar en un ciclo autodestructivo en pleno duelo. “El objetivo es dar un sentido de nuevo a la vida con nuestras pérdidas”, plantea la psicóloga.

Tras el accidente, Sampol pasó un mes sin querer ver a nadie. Sus amigos estuvieron en el hospital el día del accidente hasta las cuatro de la mañana, pero el joven necesitó digerir en soledad lo ocurrido. “Al principio no quieres ver a nadie. No tienes ánimo y estás muy triste”, admite. “Ahora estoy mejor, pero pasas por diferentes etapas y baches. Es un proceso muy difícil”.

El joven recuerda nítidamente el día del accidente. Sangró por la cabeza tras chocar contra el fondo y entiende que quizás la sangre en el agua alertó antes a sus amigos. Sabe, en todo caso, que quiere recuperar sus antiguas aficiones: “Me gustaría seguir entrenando al equipo de fútbol. He sido siempre una persona de hacer mucha actividad física”. Su padre lo anima: “Existen muchos deportes adaptados”, recuerda.

El peso social en los hombres

Las lesiones medulares son mucho más habituales en hombres que en mujeres. De las 28 personas atendidas en el hospital nacional de parapléjicos de Toledo por zambullidas en los últimos cinco años, 25 eran hombres. En el Vall d’Hebron, aproximadamente el 80% de las cirugías medulares se hacen a hombres, según Montesinos.

¿Cómo se explica esta diferencia de género? Para Vilà hay motivos sociales, culturales y educativos. “Hay una diferencia de educación en la etapa infantil en lo que es ser niña o niño”, considera la experta. “Las niñas están educadas en una idea de que sufrirán muchos más peligros y en que deben protegerse. Se les inculca un miedo; y en los niños, no”. Vilà defiende que existe una aceptación de que los chicos “jueguen, salten y se hagan daño”, mientras que a las chicas se les induce a “ser responsables y tener cuidado del resto”. Cuestionada sobre qué peso tiene la genética en la manera de actuar de los hombres, Vilà responde: “Diría que entre el 15% y el 20%. Claro que existen diferencias anatómicas: los hombres tienen más testosterona que las mujeres, pero no podemos caer en la idea de que las diferencias en la percepción del riesgo son por motivos genéticos”.

Montesinos introduce la presión de grupo. “Estas lesiones tienden a sufrirse en un contexto de actividades colectivas”, alerta. Y ante las miradas ajenas, algunos jóvenes pueden dejar de considerar los riesgos para responder a las expectativas del grupo. “El ser humano necesita sentirse parte de un grupo identitario”, complementa Vilà. La psicóloga vincula la actual concepción de la masculinidad a valores como “el esfuerzo, la valentía y la agresividad”, y entiende que algunos jóvenes pueden sentir la necesidad de “cumplir” con estos requisitos para “integrarse”. “En la adolescencia hay un contexto social que puede llevar al hombre a saltar para demostrar que es valiente”. ¿Y las mujeres? Montesinos es directa: “Seguramente por la diferencia de la concepción social entre hombres y mujeres, quizás ellas pueden exponerse al riesgo, pensar y parar antes de saltar”.

Por Bernat Coll

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