El escepticismo sobre las vacunas fue considerado un problema de falta de conocimiento; en realidad, es más un asunto de instinto

Sabrina Tavernise
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Elizabeth Hernandez, trabajadora de atención médica, prepara vacunas contra el COVID-19 en el megacentro de vacunación contra el COVID-19 del condado de Los Ángeles, en The Forum, Los Ángeles, el 17 de marzo de 2021. (Allison Zaucha/The New York Times)
Elizabeth Hernandez, trabajadora de atención médica, prepara vacunas contra el COVID-19 en el megacentro de vacunación contra el COVID-19 del condado de Los Ángeles, en The Forum, Los Ángeles, el 17 de marzo de 2021. (Allison Zaucha/The New York Times)

Durante años, los científicos y los médicos han tratado el escepticismo hacia las vacunas como un problema de conocimiento. El razonamiento era que si los pacientes dudaban en vacunarse era porque simplemente necesitaban más información.

Pero ahora que los funcionarios de salud pública están teniendo problemas para convencer a los estadounidenses de que se vacunen contra el COVID-19 lo más pronto posible, una nueva investigación en ciencias sociales sugiere que un conjunto de creencias profundamente arraigadas es la razón principal de la resistencia de muchas personas, lo que complica los esfuerzos para poner fin a la pandemia de coronavirus.

“El instinto de la comunidad médica fue pensar algo como ‘Si tan solo pudiéramos educarlos’”, dijo Saad Omer, director del Instituto para la Salud Global de Yale, quien estudia el escepticismo hacia las vacunas. “Fue una actitud condescendiente y, según parece, errada”.

Cerca de un tercio de los adultos estadounidenses todavía se resisten a las vacunas. Las encuestas muestran que los republicanos constituyen una parte considerable de ese grupo. Dada la profundidad de la división política del país, quizás no sea una sorpresa que se hayan atrincherado, en particular con un demócrata en la Casa Blanca. Sin embargo, la polarización política es solo una parte de la historia.

En los últimos años, los investigadores de la salud pública se han asociado con psicólogos sociales para analizar más a fondo el “porqué” de la reticencia a la vacunación. Querían saber si había algo que los escépticos de las vacunas tuvieran en común, para comprender mejor cómo persuadirlos.

Tomaron prestado un concepto de la psicología social —la idea de que un pequeño conjunto de intuiciones morales conforma los cimientos sobre los que se construyen las cosmovisiones morales complejas— y lo aplicaron a su estudio del escepticismo a las vacunas.

Lo que descubrieron fue un conjunto claro de rasgos psicológicos que ofrecen una nueva perspectiva para entender el escepticismo y potencialmente herramientas nuevas para los funcionarios de salud pública que luchan por intentar persuadir a las personas para que se vacunen.

Fila de espera en el megacentro de vacunación contra el COVID-19 del condado de Los Ángeles, en The Forum, Los Ángeles, el 17 de marzo de 2021. (Allison Zaucha/The New York Times)
Fila de espera en el megacentro de vacunación contra el COVID-19 del condado de Los Ángeles, en The Forum, Los Ángeles, el 17 de marzo de 2021. (Allison Zaucha/The New York Times)

Omer y un equipo de científicos descubrieron que los escépticos eran mucho más propensos que los no escépticos a tener una sensibilidad altamente desarrollada por la libertad —los derechos de los individuos— y a tener menos deferencia hacia aquellos que están en el poder.

Los escépticos también tenían el doble de probabilidades de preocuparse mucho por la “pureza” de sus cuerpos y mentes. Desaprueban las cosas que consideran repugnantes y la mentalidad desafía la categorización ordenada: puede ser religiosa —halal o kosher— o completamente secular, como las personas que se preocupan de manera profunda por la presencia de toxinas en los alimentos o en el medioambiente.

Los científicos encontraron patrones similares entre escépticos en Australia e Israel y en una amplia muestra de 2018 de personas reticentes a las vacunas en 24 países.

“Lo que hay en la raíz son intuiciones morales —sentimientos viscerales— y son muy fuertes”, dijo Jeff Huntsinger, un psicólogo social en la Universidad Loyola Chicago que estudia las emociones y la toma de decisiones y colaboró con el equipo de Omer. “Es muy difícil anularlas con hechos e información. No se puede razonar con ellos de esa manera”.

Estas cualidades tienden a predominar en los conservadores, pero también están presentes en liberales. También las tienen personas sin ninguna inclinación política.

Kasheem Delesbore, un trabajador de almacén en el noreste de Pensilvania, no es conservador ni liberal. No se considera una persona política y nunca ha votado. Sin embargo, es escéptico con las vacunas, así como con muchas instituciones de poder estadounidenses.

Delesbore, de 26 años, ha visto información en línea que asegura que la vacuna podría dañar su cuerpo. No está seguro de si debería creer en eso. Sin embargo, su fe en Dios le da confianza: lo que suceda será la voluntad de Dios y es poco lo que él puede hacer para influir en ella. (Los fabricantes de las tres vacunas aprobadas para uso de emergencia por la Administración de Alimentos y Medicamentos afirman que son seguras).

Las vacunas también han planteado un debate fundamental sobre el poder. Hay muchas cosas en la vida de Delesbore que él no controla, como el horario del almacén donde trabaja o la forma en que los clientes lo tratan en su otro trabajo, un Burger King. Por eso cree que la decisión sobre la vacuna debería ser una de esas cosas que sí puede controlar.

“Tengo el control sobre la decisión de poner o no algo en mi propio cuerpo”, dijo Delesbore. “Todos deberían tenerlo”.

Delesbore ha tenido muchos trabajos, la mayoría de ellos a través de agencias de empleos temporales: en un quiosco de un parque, un almacén de repuestos de automóviles, un galpón de FedEx y en un almacén de alimentos congelados. A veces tiene la sensación abrumadora de que nunca podrá superar el estrés de vivir de quincena en quincena. Recuerda cómo una vez se desmoronó frente a sus padres.

“Les dije: ‘¿Qué se supone que debo hacer? ¿Cómo se supone que debemos ganarnos la vida, comprar una casa y formar una familia? ¿Cómo?’”, relató Delesbore.

Al igual que muchas otras personas entrevistadas para este artículo, Delesbore pasa mucho tiempo en línea. Tiene unas ganas enormes de entender el mundo, pero a menudo le parece manipulado y le es difícil confiar en las cosas. En particular, le parece sospechosa la rapidez con la que se desarrollaron las vacunas. Solía trabajar en una fábrica de la farmacéutica Sanofi, por lo que sabe un poco sobre el proceso. Delesbore cree que hay muchas cosas que no se les dice a los estadounidenses. Las vacunas son solo una pequeña parte del panorama.

El pensamiento conspirativo es otro predictor de la reticencia a la vacuna, según el estudio de 2018. Las teorías de la conspiración pueden llegar a ser reconfortantes. Son una manera de orientarse durante un cambio drástico en la cultura o la economía, ya que proporcionan narrativas que traen orden. Están proliferando cada vez más debido a una disminución de la confianza en el gobierno que lleva décadas, así como en un fuerte incremento de la desigualdad que ha conducido a la sensación entre muchos estadounidenses de que el gobierno ya no trabaja para ellos.

“Hay todo un mundo lleno de secretos y cosas que no vemos en nuestra vida cotidiana”, afirmó Delesbore. “Política, entretenimiento, historia. Todo es una fachada”.

La preferencia moral por la libertad y los derechos individuales que los psicólogos sociales descubrieron como un rasgo común entre los escépticos ha sido reforzada por la polarización política cada vez más profunda del país. Branden Mirro, un republicano en Nazareth, Pensilvania, se ha mostrado escéptico con casi todo lo relacionado con la pandemia. Cree que la exigencia del uso de cubrebocas vulnera sus derechos y no tiene previsto vacunarse. De hecho, considera sospechoso el momento en el que apareció el virus.

“Todo esto fue una farsa. Lo planearon para causar una histeria colectiva y sacar a Trump de la presidencia”, dijo.

Mirro, de 30 años, creció en una enorme familia italoestadounidense en el noreste de Pensilvania. Su padre era dueño de una empresa de jardinería y luego invirtió en bienes raíces. Su madre luchó por años contra una adicción a la metanfetamina. Mirro dijo que su madre había muerto este año con fentanilo en su torrente sanguíneo.

Desde temprana edad, la política fue para él una válvula de escape que aportó significado e importancia. Ha sido voluntario en campañas presidenciales, ha presenciado tomas de posesión y ha ido a mítines de Donald Trump. Incluso fue a Washington el 6 de enero, el día de los disturbios en el Capitolio de Estados Unidos.

Dijo que había ido porque quería defender sus libertades y que no entró al Capitolio ni apoyó la violencia de ese día. También dijo que creía que los demócratas habían sido hipócritas con la forma en la que respondieron al evento, en comparación con los disturbios en las ciudades el verano pasado tras el asesinato de George Floyd.

Los escépticos de las vacunas a veces son tan cautelosos con la comunidad médica como lo son con el gobierno.

Brittany Richey, una tutora de Las Vegas, no quiere recibir una de las vacunas porque no confía en las compañías farmacéuticas que la produjeron. Argumenta la existencia de estudios que, según ella, describen cómo las compañías farmacéuticas les pagaron a médicos para que ignoraran resultados desfavorables de los ensayos clínicos. Los tiene guardados en una carpeta en su computadora.

Richey dijo que cuando tenía 19 años la pusieron en una fila de espera junto a otras chicas para recibir la vacuna contra el VPH —que protege contra el cáncer de cuello uterino y otros cánceres— tras una cita médica de rutina. Richey dijo que no entendía del todo qué era la inyección y por qué le estaban pidiendo que la recibiera.

“Eso no es consentimiento informado, es coerción”, dijo Richey, que en la actualidad tiene 33 años.

A Richey también le preocupa los ingredientes de las vacunas. Está tratando de quedar embarazada y sabe que las mujeres embarazadas fueron excluidas de los ensayos clínicos de las vacunas. No quiere arriesgarse.

Una parte de los que tienen dudas terminarán vacunándose. Según Drew Linzer, director de la encuestadora Civiqs, en la actualidad hay menos personas inseguras sobre las vacunas que en el otoño, pero el porcentaje de los noes rotundos se ha mantenido bastante constante. Hasta la semana pasada, alrededor del 7 por ciento afirmó no estar seguro y cerca del 24 por ciento aseguró que jamás se vacunaría.

This article originally appeared in The New York Times.

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