Cuando no hay un siguiente escalafón en la carrera de director técnico

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Marcelo Gallardo tiene el tipo de trayectoria como director técnico que debería hacerlo irresistible para la mayoría, por no decir todos, de los clubes de élite de Europa. (Foto: Reuters)
Marcelo Gallardo tiene el tipo de trayectoria como director técnico que debería hacerlo irresistible para la mayoría, por no decir todos, de los clubes de élite de Europa. (Foto: Reuters)

Marcelo Gallardo tiene el tipo de trayectoria como director técnico que debería hacerlo irresistible para la mayoría, por no decir todos, de los clubes de élite de Europa.

Gallardo tiene siete años en su cargo actual, tiempo suficiente para demostrar que no es un mercenario, de esos que brillan fuerte y por poco tiempo antes de irse a otro sitio. Ha dejado claro que puede lidiar con la presión más profunda y las expectativas más altas. Ha demostrado que puede navegar las mareas políticas que se agitan alrededor de cualquier club importante. Ha aprendido a trabajar con (relativamente) poco presupuesto.

Pero, sobre todo, ha ganado. Una y otra vez. En River Plate, Gallardo ha acumulado una docena de trofeos importantes como técnico. Ha ganado dos campeonatos continentales y estuvo a dos minutos de un tercero. Uno de sus predecesores en el club de Buenos Aires, Ramon Díaz, lo ha calificado como el mejor técnico en la historia del equipo.

Es por eso que no es difícil entender por qué el nombre de Gallardo se vincula con frecuencia a las grandes casas de Europa, más recientemente con la vacante creada por la decisión del Barcelona de ponerle fin a la miserable era de 14 meses de Ronald Koeman. El hecho de que la especulación nunca parezca concretarse en algo, que siempre parezca haber un candidato predilecto que no es él, requiere una mayor explicación.

En los últimos años, varios de los equipos más ilustres de Europa han nombrado entrenadores que, según métricas tradicionales, tenían poco o ningún sentido. Algunos de ellos han tenido éxito: por ejemplo, Zinedine Zidane ganó tres títulos de la Liga de Campeones en tres años con el Real Madrid, a pesar de haber sido su primera experiencia como entrenador.

Otros, bueno, tuvieron resultados diferentes. Andrea Pirlo fue nombrado entrenador de la Juventus unas tres semanas después de haber obtenido su primer puesto de entrenador, con la selección sub-23 del club. Nunca se había hecho cargo de un juego oficial. Fue despedido tras una sola temporada. Frank Lampard duró un poco más en el Chelsea. Ole Gunnar Solskjaer todavía se aferra milagrosamente al Manchester United.

Varios factores han influido en esa tendencia. Uno de ellos, por supuesto, es el deseo —compartido por casi todos los equipos importantes— de encontrar y nutrir su propia versión de Pep Guardiola. Esas búsquedas tienen su origen en el delirio generalizado de que en todos los clubes existe algún genio revolucionario acechando en algún lugar desde las sombras, esperando la oportunidad de transformar el juego tal como lo conocemos.

También hay un cálculo cínico en juego. Los exjugadores icónicos siempre han sido acelerados en el proceso de convertirse en entrenadores, gracias en parte a la creencia, una que puede resistir una avalancha de pruebas, de que su talento puede transmitirse. También son instigados por un conocimiento entre los ejecutivos de que nombrar en el cargo a una leyenda del club genera buena voluntad instantánea y —más valioso aún— paciencia entre los aficionados.

Pero quizás el cambio más grande tenga que ver con lo que los superclubes consideran ahora una experiencia previa relevante. Un historial de éxito como entrenador ya no es, estrictamente hablando, necesario. O, dicho de otra forma, ya no se considera válida una manera particular de éxito, porque lo que constituye “tener éxito” es muy difícil de medir.

En cambio, es mucho más importante tener el conocimiento de cómo funcionan estos templos gigantes y en expansión de vanidad, la sensación de estar cómodo dentro de ellos, un sentido de pertenencia. Es ese cambio el que ha privado a Gallardo, y a muchos entrenadores como él, de una oportunidad. Y eso les ha ocasionado a los superclubes un relativo problema.

En algún momento del oscuro y distante pasado existió una clara trayectoria profesional para un técnico. Un entrenador solía comenzar en algún escalafón inferior —ya sea como asistente o técnico en un equipo más pequeño— y poco a poco iba demostrando su valía. Podría ganar el ascenso a la primera división, llevar a un equipo más pequeño a tener una temporada europea exitosa, convertir a un contendiente en campeón.

Solo en ese entonces es que los superclubes daban el zarpazo. Esa fue la estrategia que llevó a Jürgen Klopp del Maguncia 05 al Borussia Dortmund y luego al Liverpool. Así fue como Carlo Ancelotti pasó del Reggiana al Parma y a la Juventus y a casi todos los demás equipos importantes de Europa. Así logró Mauricio Pochettino pasar del Espanyol al Southampton y al Tottenham y luego, tras un breve descanso, al Paris Saint-Germain. Todos ellos llevaron a un club al siguiente nivel y fueron recompensados con el siguiente escalafón superior.

Este es el mecanismo que debería hacer ascender a Gallardo. Está listo para eso. Ha demostrado con creces su valía en el mismo escalafón. Pero existe una sensación imperiosa de que ya las cosas no funcionan del mismo modo, que las reglas del juego han cambiado y que, de repente, todo lo que ha hecho ya no cuenta. Y no cuenta por el lugar donde lo ha hecho.

Hasta ahora, todo el éxito de Gallardo ha sido en América del Sur. Ganó un campeonato de primera división con Nacional de Uruguay y fue recompensado con un puesto en River Plate, uno de los clubes más grandes del mundo según todos los estándares, un entorno tan impaciente, exigente y agotador como el de cualquier otro equipo grande. Allí, ha logrado ganar dos veces la Copa Libertadores.

Pero si bien los principales clubes de Europa no tienen problemas para nombrar a argentinos —varios de los compatriotas de Gallardo trabajan en puestos de alto perfil en el fútbol europeo, como Pochettino y Diego Simeone del Atlético de Madrid— sienten desde hace mucho tiempo que el éxito en sus regiones no se traduce fácilmente al Viejo Mundo.

En ocasiones, ese miedo ha tenido validez: Carlos Bianchi convirtió primero al Vélez Sarsfield y luego al Boca Juniors en algunos de los mejores equipos de América Latina, pero tuvo problemas para causar un impacto en la Roma y luego, una década después, en el Atlético. Otros, como Marcelo Bielsa, han dado el brinco con un poco más de facilidad.

Sin embargo, ese escepticismo ya no solo se aplica a los sudamericanos. Los superclubes de Europa cada vez más perciben un océano a su alrededor. Gallardo no es el único entrenador que a estas alturas podría haber recibido la llamada de uno de los gigantes del fútbol. No es el único que ha acumulado un currículo que debería convertirlo en un candidato atractivo.

También hay casos como el de Erik ten Hag, entrenador del Ajax, que ha convertido a su club en una potencia en los Países Bajos y está cerca de lograr su segunda buena actuación en la Liga de Campeones. O el de Rúben Amorim, quien es más joven por unos 10 años, y que ya le puso fin a la sequía de dos décadas del Sporting de Lisboa sin ganar el campeonato portugués. También está Marco Rose, que ha pasado del Red Bull Salzburg al Borussia Mönchengladbach y luego al Dortmund.

Estos son los técnicos que el Barcelona o el Manchester United deberían buscar contratar hoy. Son los técnicos que quizás fueron contactados por el Real Madrid o la Juventus durante el verano. Son, muy probablemente, los próximos grandes talentos.

Los equipos de élite se encuentran en una paradoja peculiar: quieren contratar técnicos con el tipo de experiencia adecuado, pero la única forma en que esos técnicos puedan obtener esa experiencia es siendo contratados. Aun así, es difícil sentir mucha lástima por los superclubes: después de todo, son ellos los principales responsables de distorsionar la realidad del fútbol a su favor.

Quienes más merecen la solidaridad son los entrenadores, como Gallardo, que se encuentran atrapados por un juego cuyas reglas fueron modificadas por sorpresa. Él, como los demás, ha hecho todo lo que ha podido. Ha conquistado dos veces un continente. Ha construido un currículo irresistible, solo para que ahora le digan que lo hizo todo en el lugar equivocado.

Idea correcta, equipos equivocados

En muchos sentidos, no podría haber existido un tributo más apropiado. Un año después de la muerte de Diego Maradona, dos de sus antiguos equipos han anunciado planes para enfrentarse por una copa en su honor. El juego, entre Boca Juniors y el Barcelona, se realizará en enero, en Riad.

Quizás pudiéramos no mencionar más el asunto, pero dejemos algo bien claro: Maradona estuvo dos temporadas en el Barcelona, una de ellas interrumpida por una lesión, y a menudo asoció muchos de los demonios que lo atormentaron a su tiempo allí. Puede que esté vinculado de forma indeleble a Boca y su amor por el club no se cuestiona —tras su retiro, mantuvo siempre un palco privado en la Bombonera— pero la verdad es que solo disfrutó una temporada allí en su mejor momento. Para el momento de su regreso en 1995, ya era una sombra de lo que había sido.

Es por eso que es una pena que ambos equipos estén tratando de apropiarse de su legado. Mucho más apropiado sería una eliminatoria a doble partido entre los equipos donde pasó la mayor parte de su carrera, disputada en los estadios que ahora llevan su nombre: la casa del Argentinos Juniors, donde comenzó su carrera, y la del Nápoles, donde se hizo leyenda.

Por supuesto, las marcas de Barcelona y Boca Juniors son mucho más potentes que la de esos clubes. Son objetivos mucho más glamurosos para el dinero saudí en los intentos de ese país de disfrazarse de potencia deportiva en lugar de, bueno, una autocracia represora. Pero no se les debería permitir retorcer la historia para que se adapte a sus propios objetivos ni balancear la historia de Maradona a su favor ni borrar del registro esos lugares en donde selló la mayor parte de su carrera.

© 2021 The New York Times Company

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