Cuando lo único que tienes es un partido de fútbol: Un equipo resiliente para una nación rota

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Miembros de la selección nacional masculina de fútbol de Afganistán celebran su victoria con marcador de 1 a 0 en el partido amistoso internacional con Indonesia en el Gloria Sports Arena de Antalya, Turquía, el 15 de noviembre de 2021. (Bradley Secker/The New York Times)
Miembros de la selección nacional masculina de fútbol de Afganistán celebran su victoria con marcador de 1 a 0 en el partido amistoso internacional con Indonesia en el Gloria Sports Arena de Antalya, Turquía, el 15 de noviembre de 2021. (Bradley Secker/The New York Times)

BELEK, Turquía— Es posible que Anoush Dastgir sea el hombre que trabaja más duro en el mundo del fútbol, pero para el sábado, ya el esfuerzo le había pasado la factura.

Dastgir, el entrenador de la selección masculina de Afganistán, estaba sentado en un restaurante vacío en el hotel donde él y su equipo se preparaban para un partido de exhibición contra Indonesia. Eran las 11 p. m. y Dastgir lidiaba con lo que sonaba como un fuerte resfriado. Lo cual no era una sorpresa, dado que ahora tenía una docena de trabajos por hacer.

Entrenar a una selección nacional de fútbol es una tarea difícil en cualquier lugar, pero entrenar a Afganistán es un desafío excepcional con retos particulares desde hace mucho tiempo.

Afganistán es uno de los países más pobres del mundo y un lugar donde en una oportunidad la guerra civil y el régimen talibán no le permitieron a la selección jugar ningún partido durante casi dos décadas. De hecho, el país se considera tan inseguro que la FIFA, el órgano rector del fútbol mundial, tiene años prohibiéndole a sus equipos jugar allí como local. La mayoría de las veces, eso importó muy poco: Afganistán ocupa el puesto 152 del mundo y nunca ha logrado clasificar para un torneo importante.

Aun así, las circunstancias se pusieron aún más difíciles durante el verano, cuando los talibanes regresaron a Kabul, el gobierno afgano colapsó y su presidente, Ashraf Ghani, —al igual que decenas de miles de sus compatriotas— huyó del país.

En el caos, Dastgir perdió acceso a parte de su equipo y a la mitad de su cuerpo técnico. Dos miembros de él se encuentran ahora en campamentos de refugiados en Catar. Otros dos están en Afganistán, ansiosos por salir del país. Su plantilla está llena casi en su totalidad por refugiados afganos, o hijos de refugiados, que han encontrado hogar en los Países Bajos, Alemania, Estados Unidos, Suecia y otros lugares a lo largo de los años, tras haber huido de los diversos conflictos que han azotado a Afganistán desde la década de 1980. Pero algunos todavía pasan tiempo en Afganistán y este año incluso hacer eso se convirtió en motivo de preocupación.

Uno de los jugadores más importantes de Dastgir, Noor Husin, quien huyó al Reino Unido cuando tenía 6 años, estaba en la ciudad norteña de Mazar-e Sarif en julio cuando los talibanes seguían su avance. “Siendo honesto, estaba aterrorizado”, dijo. “Porque todos los días se escuchaban las noticias: ‘Se están acercando’, ‘Están en las afueras de la ciudad’ y uno pensaba: ‘No puede ser cierto’. Simplemente no creías que podía suceder”.

Norlla Amiri, abajo en el centro, de la selección nacional masculina de fútbol de Afganistán, usa la asistencia de un compañero de equipo para alcanzar a su hijo bebé de las manos de los aficionados afganos, tras el partido amistoso con Indonesia en el Gloria Sports Arena en Antalya, Turquía, el 15 de noviembre de 2021. (Bradley Secker/The New York Times)
Norlla Amiri, abajo en el centro, de la selección nacional masculina de fútbol de Afganistán, usa la asistencia de un compañero de equipo para alcanzar a su hijo bebé de las manos de los aficionados afganos, tras el partido amistoso con Indonesia en el Gloria Sports Arena en Antalya, Turquía, el 15 de noviembre de 2021. (Bradley Secker/The New York Times)

Husin logró llegar a Kabul y salir del país, pero —como muchos de sus compañeros de equipo— pensó que la selección nacional se había terminado. “Todos pensamos: ‘Este es final, el final de todo’”, dijo.

Sin embargo, Dastgir estaba decidido a mantener la selección con vida, a que siguiera funcionando, según sus palabras, como un raro símbolo de unidad en un país con frecuencia dividido por líneas étnicas o lingüísticas. Así que hace unas semanas tomó el teléfono y organizó un partido amistoso —el primero desde que los talibanes asumieron el control del país— contra Indonesia. Esa fue la parte fácil. Luego tuvo que encontrar un lugar para el juego, organizar vuelos y visas para los jugadores y obtener pruebas de coronavirus para todos. Con la cuenta bancaria de la federación afgana de fútbol congelada, Dastgir logró que la FIFA lo ayudara a financiar el viaje.

Al no tener utilero, Dastgir también tuvo que transportar 204 kilogramos de equipo de entrenamiento él mismo y luego persuadir a su cuñado para que lo ayudara a lavarlo. Compró balones de fútbol, pautó árbitros y —sin un equipo de comunicaciones— promovió el juego en sus redes sociales personales. Incluso negoció un contrato de transmisión para garantizar que el mayor número de personas en Afganistán pudiera ver el partido. Y luego, después de haber hecho todo eso, todavía tuvo que encontrar el tiempo para entrenar al equipo.

Pero ese sábado, cerca de la medianoche, en el restaurante del hotel, todavía quedaba un tema importante por resolver: ¿qué bandera enarbolaría el equipo?

A medida que se acercaba el partido, las preguntas sobre la bandera y el himno seguían sin respuesta. Esta no era una decisión para tomar a la ligera. La bandera blanca de los talibanes, con la shadada —la declaración de fe musulmana— impresa en ella, ha remplazado el tricolor negro, rojo y verde sobre el palacio presidencial de Afganistán. Y debido a que los talibanes han instaurado una prohibición general de la música, el himno nacional ha sido, en efecto, prohibido.

Dastgir sabía que poner el himno y enarbolar la antigua bandera sería controversial; la selección masculina de críquet del país fue reprendida por un líder talibán tras hacer eso en la Copa Mundial Twenty20. Dastgir sabía que su decisión podría costarle el empleo o algo peor.

“No tengo miedo de que me despidan”, dijo Dastgir. “Soy el director técnico de la selección nacional de 37 millones de afganos. No soy el entrenador de la selección nacional del régimen talibán ni del régimen de Ghani. Nunca lo hicimos por el gobierno. Lo hicimos por la gente”.

Vítores lejos de casa

Nadie en la concentración de Afganistán estaba seguro de si algún aficionado iría a verlos jugar en Belek, una ciudad costera cerca de Antalya.

Los funcionarios del estadio que estaban preocupados por las restricciones del coronavirus se calmaron cuando Dastgir acordó pagar por la seguridad de su propio bolsillo. También estaba la duda de si la policía turca podría terminar siendo un elemento disuasorio. Al menos 300.000 refugiados y migrantes afganos han encontrado hogar en Turquía en los últimos años y muchos están en el país sin permiso legal. Pero mientras caía la noche y se acercaba el pitazo inicial, cientos de fanáticos hicieron fila en la puerta del estadio.

“Quiero mostrar que soy afgana”, dijo Mursal, una estudiante de 18 años envuelta en una enorme bandera afgana, pero lo suficientemente cautelosa como para negarse a dar su apellido. Había huido a Turquía hace cuatro años, luego de que su padre fuera asesinado en Afganistán, y había tenido pocas oportunidades de ondear la bandera afgana desde que llegó. “Es nuestra bandera. No tengo otra bandera. Solo esta y nadie puede cambiarla”.

Seiscientos aficionados —el límite acordado con los funcionarios del estadio— llenaron la única gran tribuna del recinto.

Minutos antes del pitazo inicial, los equipos se alinearon en el centro del campo. Frente a ellos, dos de los suplentes de Afganistán desplegaron una enorme bandera verde, roja y negra, la que Dastgir había llevado consigo hasta Belek. Sonó el himno nacional y ese momento fue transmitido a millones de afganos en casa. No había nadie que tomara la tradicional foto previa al partido: el fotógrafo oficial de la selección había huido a Portugal meses atrás.

El partido fue frenético y estuvo musicalizado por el ruido constante de los aficionados afganos. Dastgir, vestido todo de negro, dio instrucciones tácticas con calma. Al final de la segunda mitad metió a la cancha a Omid Popalzay, un centrocampista criado en los Países Bajos al que se le había visto jugar en la cuarta división de Polonia. En el minuto 85, pocos instantes después de haber entrado al partido como sustituto, Popalzay marcó un gol. Minutos después, sonó el silbatazo final. Afganistán había ganado y la afición estalló de alegría.

Tuit tomado de Twitter de la cuenta de James Montague @JamesPiotr

Un aficionado saltó casi 4 metros hacia abajo a la pista de atletismo que rodea el campo, con la esperanza de tomarse una “selfie”, pero fue interceptado por la policía, quienes lo tomaron de la nuca y lo sacaron de allí. Un jugador, Norlla Amiri, se subió a los hombros de un compañero de equipo para poder recibir a su hijo pequeño de las gradas.

Otros aficionados les lanzaron sus teléfonos a los jugadores y les pidieron “selfies”. Muchos querían fotos con Faysal Shayesteh, un centrocampista de 30 años que ha tenido una carrera profesional en todo el mundo desde que se mudó a los Países Bajos cuando era niño.

Casi todos los fanáticos afganos conocían a Shayesteh por sus tatuajes, entre ellos uno en el pecho que muestra a Kabul bajo un avión de combate y un helicóptero de ataque, cada uno bombardeando la ciudad con corazones rojos. Sobre su pecho izquierdo había dos coordenadas GPS: la primera es de Hengelo, la ciudad en el este de Holanda donde creció. La otra es de Kabul, donde nació.

“Si hablo de eso, me pongo a llorar”, dijo, conteniendo las lágrimas. “Porque sé por lo que está pasando la gente en Afganistán. Y sé que esto es lo único que les da felicidad, que la selección nacional gane un partido. Esto es lo único que tienen, así que estoy muy feliz”.

Dastgir vio toda la celebración desde el fondo, mientras grababa un poco en su teléfono para publicarlo luego en su cuenta de Instagram. Nadie había trabajado más que él para lograr este momento.

© 2021 The New York Times Company

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