Un entrenador de fútbol del tiroteo en El Paso fallece nueve meses después

Manny Fernandez y Sarah Mervosh
Un doliente llora el 27 de agosto de 2019 en un monumento conmemorativo improvisado a las víctimas de la masacre de El Paso, Texas. (Tamir Kalifa/The New York Times)

HOUSTON — Un entrenador de fútbol que estuvo entre los heridos del tiroteo ocurrido el año pasado en un Walmart de El Paso, Texas —el ataque más letal contra la población latina en la historia moderna estadounidense— ha fallecido casi nueve meses después, lo que eleva la cifra de muertos del tiroteo a veintitrés.

El entrenador, Guillermo García, de 36 años, estaba afuera de la tienda Walmart recaudando dinero para el equipo de fútbol de su hija el 3 de agosto, cuando un hombre armado se acercó y empezó a disparar. En una masacre que dejó alrededor de dos decenas de heridos, además de veintidós muertos, las heridas de García fueron de las más profundas. Permaneció en terapia intensiva durante semanas y fue sometido a más de cincuenta operaciones. Había estado hospitalizado desde el ataque y nunca dejó la unidad de terapia intensiva.

García, un hombre fornido conocido por sus amigos y familiares como Tank (“tanque” en inglés) y también por el hipocorístico Memo, falleció la noche del 25 de abril en el Centro Médico Del Sol, el hospital donde estaba siendo atendido.

“Tras casi nueve meses de batalla, nos parte el corazón tener que informar que Guillermo ‘Memo’ García, nuestro último paciente atendido del tiroteo de El Paso, ha fallecido”, dijo David Shimp, director ejecutivo del hospital, a través de un comunicado. “Su coraje, fuerza e historia han tocado muchas vidas, incluidas las de nuestro personal, quienes batallaron sin descanso junto a él y por él en todo momento”.

Con García gravemente herido en el hospital, su familia había vivido día con día, momento a momento. Muchos de esos días, su esposa, Jessica, dejaba a los niños en el colegio en la mañana y manejaba al hospital, ansiosa por ver cómo iba la recuperación de su esposo. García y su esposa tuvieron dos hijos, Karina, de 11 años, y Memo Júnior, de 7.

Algunos días eran esperanzadores, como aquel de finales de agosto, cuando Guillermo García respiró por sí solo y susurrando pidió un poco de agua, ver a sus hijos y estar en la comodidad de su hogar. Otros días estuvieron llenos de dolor e incertidumbre, y Jessica García se quedaba hasta tarde en el hospital y se escabullía a acostarse en su cama justo antes de que sus hijos se despertaran para ir al colegio, para que no supieran que algo andaba mal.

De esta manera, la agonía de un tiroteo que duró pocos minutos se prolongó durante meses.

“Estos últimos ocho meses y medio fueron difíciles por decir lo menos y aun así él nos bendijo con chistes, sonrisas, canciones y risas”, dijo Jessica García en un comunicado. “Aguantó lo más que pudo para bendecirnos un poquito más de tiempo, y lo hizo por puro amor. Cuando pensaba en un guerrero solía imaginar a un hombre montado en un caballo con una espada en la mano, pero mi guerrero fue un gigante amable de 1,9 metros con un corazón de oro, cuyos abrazos eran reconfortantes para todos”.

Los García, quienes se hicieron novios en el bachillerato, fueron al Walmart la mañana del tiroteo para recaudar dinero para el equipo de fútbol de su hija, El Paso Fusion. Guillermo García ayudaba a entrenar al equipo, de niñas cuyas edades oscilan entre los 9 y los 12 años, junto a su viejo amigo Luis Calvillo, un veterano del Ejército y también padre de familia involucrado en el equipo de fútbol. Las niñas del Fusion y sus colaboradores se distribuyeron en las dos entradas de la tienda Walmart para vender limonada y aguas frescas con el objetivo de recaudar fondos para un torneo en Arizona.

Calvillo, de 34 años, gerente de operaciones de una empresa de camiones, conversaba con Guillermo García cerca de la carpa que el equipo había instalado afuera. Estaban de pie, separados por unos pocos metros, cuando el atacante empezó a disparar un fusil estilo AK-47.

Por todas partes, amigos y familiares colapsaban. Jessica García recibió disparos en ambas piernas. Otra mujer, madre de una de las jugadoras, fue herida en el pie. Calvillo recibió cinco disparos en la pierna y en la espalda.

“Acababa de terminar de hablar con él”, dijo Calvillo sobre García. “Cuando estuve en el hospital, repetía la escena en mi mente todo el tiempo”.

García usó su tamaño y sus instintos para proteger a su esposa e hijo, de acuerdo con un relato publicado en Houston Chronicle. Con la espalda hacia el atacante, absorbió muchas de las balas. El asesino, un hombre blanco, luego confesó y le dijo a la policía que su objetivo habían sido los mexicanos, según las autoridades. Un manifiesto de cuatro páginas atribuido al perpetrador afirmó que el ataque había sido realizado “en respuesta a la invasión hispana de Texas”. El asesino enfrenta actualmente cargos federales por crímenes de odio.

Al final, siete de las personas que recibieron disparos ese día estaban vinculadas con el Fusion. Además de los dos entrenadores, cuatro padres fueron heridos y el padre de Calvillo, Jorge Calvillo García, fue asesinado. Diez niñas del equipo que estuvieron allí ese día salieron ilesas.

Calvillo pasó casi dos meses en dos hospitales y se sometió a cinco operaciones antes de poder regresar a casa y retomar sus funciones como entrenador principal del Fusion.

Para él y la mayoría de las jugadoras y los padres del Fusion, el fútbol se convirtió en algo más que un deporte tras el ataque. La hija de Guillermo García, Karina, continuó jugando mientras su padre estaba en el hospital, y Jessica García fue una presencia constante en el público.

“Estos últimos meses, lo hicimos juntos: yo insistía y él luchaba”, escribió Jessica García en su comunicado. “Con la ayuda de sus tropas, ganó muchas batallas, pero al final perdimos la guerra. Le dije a mis hijos que no lo perdimos: hemos ganado un ángel, y ahora tenemos que hacer que se sienta orgulloso de nosotros, así como él siempre nos hizo sentir orgullosos de él. Somos fuertes como el Tanque”.

En un debate presidencial demócrata en Houston, seis semanas después del tiroteo, Beto O’Rourke, excongresista de El Paso, citó a Guillermo García y su familia como un ejemplo de determinación e inspiración.

“Todo lo que he aprendido sobre fortaleza, lo aprendí de mi ciudad natal El Paso”, dijo O’Rourke. Calvillo buscaba la manera de entrenar al equipo desde el hospital, afirmó, mientras que García “luchaba por su vida” y sus esposas iban diariamente al hospital para atenderlos.

“Para mí, ellos ejemplifican la resiliencia”, dijo O’Rourke.

This article originally appeared in The New York Times.

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