La enfermedad bonaerense

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En San Isidro, el efecto inverso: la villa La Cava, cercada por muros, está rodeada de un barrio residencial
En San Isidro, de un lado del muro, la villa La Cava; del otro, un barrio residencial

China es el país más grande del mundo: uno de cada cinco seres humanos es chino. Buenos Aires es la provincia más grande del país: dos de cada cinco argentinos son bonaerenses. Buenos Aires es para Argentina como dos Chinas para el mundo. Si China crece, el mundo enriquece; si China estornuda, el mundo se contagia. Si Buenos Aires creciera… pero Buenos Aires está enferma: empobrece a los bonaerenses y desestabiliza a los argentinos. La enfermedad bonaerense tiene al país en terapia intensiva.

La enfermedad bonaerense tiene dos dimensiones. Una es interna: con una veintena de áreas administrativas superpuestas, zurcidas como un Arlequín, la Provincia está diseñada para no funcionar. La otra dimensión es externa: encajada en la federación como una pieza cuadrada en un agujero redondo, la Provincia aporta el 37% de la coparticipación de impuestos y recibe el 21%. Ambas dimensiones concurren para tornarla doblemente tóxica: para sus habitantes, por diseño, y para los demás argentinos, por revancha.

A sus habitantes Buenos Aires los hace pobres. En la provincia con más campo, más industria, más puertos y más universidades de todo el país se registra también la mayor cantidad de indigentes. Y no solo en términos absolutos: en proporción a la población, la Provincia tiene tantos pobres como las regiones menos desarrolladas. Y la culpa comienza en casa.

Uno de los pasillos del barrio Puerta 8, en Tres de Febrero, que se hizo famoso por la venta de cocaína adulterada
Uno de los pasillos del barrio Puerta 8, en Tres de Febrero, que se hizo famoso por la venta de cocaína adulterada - Créditos: @silvana colombo

La superposición inconexa de regiones administrativas colocó a la democracia bonaerense en el cadalso de su burocracia. La Provincia está desorganizada de este modo: 7 regiones agrarias, 8 secciones electorales, 9 delegaciones de previsión social, 10 complejos penitenciarios regionales, 12 regiones culturales, 12 regiones (diferentes de las anteriores) sanitarias, 12 zonas de vialidad, 13 subgerencias de recaudación, 14 regiones de IOMA, 25 regiones educativas, 32 jefaturas departamentales de seguridad, 46 delegaciones del Ministerio de Trabajo y, claro, 135 municipios. Ningún área administrativa coincide con otra. Este mapa no es mero producto de la inercia sino del corporativismo: cada grupo de interés, sean jueces, comisarios, médicos o legisladores, se socializó en este sistema, ascendió en él y aspira a mantenerlo. El fracaso colectivo se alimenta del lucro sectorial, o mejor dicho, viceversa.

Pero hay culpas que no son adjudicables a los bonaerenses. El federalismo fiscal argentino es un festival de la infamia: existen provincias privilegiadas y provincias saqueadas. Entre las privilegiadas sobresalen Formosa, Catamarca, La Rioja y Santa Cruz; entre las saqueadas encabeza Buenos Aires. El mecanismo de saqueo se llama Ley de Coparticipación Federal.

La coparticipación es un mecanismo que distribuye un porcentaje de la recaudación del gobierno nacional entre éste y las provincias. La redistribución de provincias ricas a pobres es justa: sin solidaridad no hay nación. Pero detrás de esta obviedad se esconden dos engaños. Primero, hay provincias beneficiadas que no son pobres: Santa Cruz tiene el mayor ingreso per cápita del país después de CABA. Segundo, la provincia de Buenos Aires es la que más aporta per cápita, pero no es la más rica: está décima en ranking de ingresos. Resultado: la Provincia, que por una ley de la dictadura está subrepresentada en el Congreso, está sobrerrepresentada en pobreza.

A la subrepresentación parlamentaria se agrega la acefalía: desde que le cortaron la cabeza en 1880, con la federalización de su ciudad capital, la Provincia nunca volvió a tener un lugar desde el cual pensarse. Los bonaerenses se informan a través de medios nacionales o municipales porque carecen de un sistema de medios, de una esfera pública compartida y de una clase dirigente autónoma. La Provincia son solo malas noticias: ingresos brutos, el Banco Provincia, IOMA, la policía bonaerense… Buenos Aires no se vive, se padece.

Descabezada y sin identidad, la provincia saqueada se defiende como puede: condicionando al gobierno nacional mediante la ocupación del espacio público y la amenaza permanente de estallido. En esta tarea no se diferencian las organizaciones sociales de los actores institucionales: la policía bonaerense, mal equipada, maltratada y entregada al salario complementario que ofrece el narcotráfico, puede ser tan desestabilizadora como los piquetes.

La provincia de Buenos Aires tiene, en proporción a la población, tantos pobres como las regiones menos desarrolladas
La provincia de Buenos Aires tiene, en proporción a la población, tantos pobres como las regiones menos desarrolladas - Créditos: @Fabián Marelli

Existe la creencia de que la elección nacional se decide en Buenos Aires. Es un error: la única provincia que puso presidente en la historia argentina fue Córdoba: si en 2015 se hubieran excluido sus votos, Scioli habría ganado . En cambio, excluir los votos bonaerenses jamás hubiera alterado un resultado nacional. Pero así como no pone presidentes, Buenos Aires los saca. El presidente que no controla la gobernación se va antes. Así le pasó a Raúl Alfonsín, que después de la derrota de Juan Manuel Casella ante Antonio Cafiero debió renunciar anticipadamente. Así le pasó a Fernando De la Rúa, cuyo final precoz fue presagiado por la derrota de Graciela Fernández Meijide frente a Carlos Ruckauf. Así le pasó a Eduardo Duhalde, que cayó cuando su partido perdió el control, si no de La Plata, de la policía bonaerense. ¿Y alguien piensa que Mauricio Macri habría completado su mandato si Aníbal Fernández le ganaba a María Eugenia Vidal en 2015?

Todos los presidentes saben que su estabilidad depende de subyugar a la Provincia. Por eso, al gobernador lo ponen ellos. Carlos Menem envió a La Plata a sus dos vicepresidentes: primero Duhalde y después Ruckauf. Néstor Kirchner hizo lo propio con el suyo, Daniel Scioli. Macri también mandó a su vice, Vidal. Y Cristina Kirchner, preso su vice, puso a su ministro de economía. El lacayismo bonaerense no es casualidad sino condición de estabilidad del gobierno nacional.

Al ver su carrera truncada por la imposición presidencial del gobernador, los dirigentes políticos bonaerenses colonizan el gobierno nacional. El presidente los necesita porque su prioridad es, siempre, desactivar el polvorín bonaerense. Por eso el gabinete actual tiene tres veces más exintendentes bonaerenses (Katopodis, Zavaleta, Ferraresi, Domínguez, Fernández y Guerrera) que exgobernadores (solo dos, ¡uno de los cuales, bonaerense!) . Y por eso la actual ministra de Economía lo fue antes de la Provincia: la designaron para financiar a Kicillof y evitar el estallido, no para resolver los problemas estructurales de la nación.

¿Soluciones?

Son concebibles. Resolver el problema interno requiere tres operaciones: rediseñar el mapa administrativo para hacer coincidir las regiones, consagrar la autonomía municipal para aproximar la gestión a los usuarios y fortalecer un centro político que le permita a la Provincia gobernarse a sí misma. Resolver el problema externo exige modificar la ley de coparticipación, descentralizando la recaudación para alinearla con el gasto. De otro modo, los porteños que gobiernan la provincia de Buenos Aires seguirán fracasando mientras los gobernadores de Formosa, La Rioja y Santa Cruz seguirán reeligiendo.

Pero estas soluciones son imposibles. Para el problema interno, porque la estructura demográfica de la Provincia es disfuncional independientemente del diseño administrativo: el 70% de los bonaerenses vive en el 5% del territorio. El conurbano y el interior son dos mundos aparte: ni mejor ni peor, diferentes. Nunca compartirán un centro político, prioridades ni métodos de gobierno. Obligar al mismo procedimiento de contrataciones en Pehuajó que en Lomas de Zamora es ineficiente; darle la misma formación a un policía que puede terminar en Tapalqué o en La Matanza es, además de ineficiente, criminal.

El problema externo es igualmente insoluble, porque la ley exige la unanimidad de todas las provincias para ser reformada, y las privilegiadas no tienen razones para aceptar. Por eso, desde hace un cuarto de siglo violamos la Constitución que, en 1994, estableció que la ley debía ser actualizada antes de fines de 1996. Buenos Aires es un grandote abusado, y solo se defiende rompiendo todo. Quizás la solución sea romper a Buenos Aires, y que sus fragmentos sean provincias funcionales que puedan gobernarse en igualdad de condiciones con las demás.

Los productores proyectan la próxima siembra
El 70% de los bonaerenses vive en el 5% del territorio - Créditos: @Archivo

La división de la Provincia no es una bandera partidaria. La ha propuesto el radicalismo cuando presentó la fórmula Sanz-Llach, el Pro en la figura del exsenador nacional Esteban Bullrich y el peronismo a través del exsenador provincial José Ottavis. Dividir Buenos Aires no es una consigna gorila: su éxito significaría que los buenos intendentes peronistas tendrían chances de ser gobernadores en vez de soportar la importación sistemática de porteños. Como toda reforma estructural, la división bonaerense debe hacerse por acuerdo entre gobierno y oposición, nunca por imposición.

Sin cambios, el diagnóstico de la enfermedad bonaerense nos permite anticipar lo que hará el próximo gobernador: fracasar. Y, si es de un partido diferente al del presidente, cargárselo en el camino.

Buenos Aires es insustentable. Gobernarla no es difícil, es imposible: está diseñada para impedirlo.

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El autor es politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa.

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