Energía limpia. Los cuellos de botella amenazan el negocio verde

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Mafias madereras recorren los bosques ecuatorianos en busca de madera balsa que se utiliza para las palas de las turbinas de viento
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Al volver a despertarse la economía mundial, escaseces y alzas de precio están afectando todo, desde la provisión de chips taiwaneses hasta el costo de un desayuno en Francia. Un tipo de cuello de botella merece especial atención: los problemas de oferta, como los de metales escasos y limitaciones de tierra, que amenazan con hacer más lento el boom de la energía verde. Lejos de ser transitorios estos cuellos de botella tienen el riesgo de convertirse en un factor recurrente en la economía mundial durante años porque el paso a un sistema de energía más limpio aún está en su infancia. Los gobiernos deben responder a estas señales del mercado, facilitando un inmenso boom de inversiones a lo largo de la próxima década que aumente la capacidad. Si no lo hacen tienen pocas probabilidades de cumplir con sus promesas de llegar a las “emisiones cero” netas.

Desde hace décadas científicos y activistas se preocupan por el cambio climático. Recientemente los políticos han dado señales de estar más comprometidos con el asunto: países que aportan más del 70% del PBI mundial y de los gases invernadero ahora tienen metas de emisiones cero, en la mayoría de los casos para 2050. Y ha habido un cambio dramático en la actitud de los empresarios. Los inversores están exigiendo de las firmas que cambien de orientación, impulsados por la nueva realidad de que las tecnologías limpias son más competitivas en términos de costos. Los gigantes de los combustibles fósiles, como Volkswagen y ExxonMobil, están teniendo que modificar sus planes de inversión, mientras que los pioneros de la energía limpia están aumentando aceleradamente el gasto de capital. Orsted, un gigante de la energía eólica, planea un aumento del 30% de su producción para este año, mientras que el fabricante de autos eléctricos Tesla se prepara a dar un salto del 62 por ciento.

Este cambio repentino del modo en que se distribuyen recursos está causando tensiones al aumentar la demanda de materias primas y disparando una corrida hacia los pocos proyectos que tienen aprobación regulatoria. El precio de una canasta de cinco minerales utilizados en autos eléctricos y redes eléctricas ha trepado un 139% en el último año. Mafias madereras recorren los bosques ecuatorianos en busca de madera balsa que se utiliza para las palas de las turbinas de viento. En febrero una subasta británica por derechos para instalaciones eólicas en el mar recaudó hasta US$12.000 millones porque las firmas de energía corrieron a obtener participación cualquiera fuese el costo. La escasez se extiende a las finanzas: un volumen gigante de dinero persigue a unas pocas firmas de energía renovable y las valuaciones han llegado a territorio de burbuja. Si bien el peso del sector de la energía renovable en los índices de precios al consumidor aún es pequeño, algunos financistas temen que la escasez de oferta a lo largo de los años podría eventualmente alimentar una inflación más elevada.

Lo que hace tan llamativos estos signos de tensión es que se materializan cuando la transición energética se ha completado en menos de un 10%, medido por el porcentaje de inversiones en energía acumulativas necesarias a fin de que se concreten las metas para 2050. Es cierto que algunas de las tecnologías que se requerirán apenas si existen y por tanto aún no están disponibles para la inversión. Es por eso que se necesita tanta investigación y desarrollo. Pero en otras áreas el trabajo mental está cumplido, por lo que la década de 2020 debe ser la del músculo, apuntalando tecnologías establecidas con gasto de capital masivo.

Metas ambiciosas

La cifra para la década por delante hace concentrar la mente. Para alcanzar las metas establecidas de cero emisiones netas, para 2030 la producción anual de vehículos eléctricos tiene que ser 10 veces más que el año pasado y la cantidad de estaciones de carga en los caminos 31 veces mayor. La base instalada de generación de energía renovable tiene que multiplicarse por tres. Las firmas mineras globales pueden tener que elevar la producción anual de minerales críticos un 500%. Quizás un 2% de las tierras de Estados Unidos tendrán que ser dedicadas a turbinas y paneles solares.

Todo esto requerirá vastas inversiones: unos US$35 billones a lo largo de la próxima década, equivalente a un tercio de los activos del sector global de administración de fondos hoy. El sistema mejor equipado para concretar esto es la red de cadenas de producción y mercados de capitales internacionales que ha revolucionado el mundo desde la década del 90. Pero incluso este sistema no alcanza a cumplir con la demanda, con la entrega de energía en alrededor de la mitad del nivel requerido y volcada a unos pocos países ricos y China. Pese al enorme alza del precio de los metales, por ejemplo, las mineras dudan de aumentar la oferta.

La principal razón de la escasez de inversión es que lleva demasiado tiempo lograr la aprobación de proyectos y los riesgos y ganancias previsibles siguen siendo demasiado opacos. Los gobiernos están empeorando las cosas usando la política del clima como vehículo para otros objetivos políticos. La Unión Europea aspira a la autonomía estratégica en baterías y su agenda verde orienta una parte de su presupuesto a áreas desfavorecidas. China está considerando imponer precios máximos internos sobre commodities en su siguiente plan quinquenal. De modo similar el naciente plan verde de Joe Biden prioriza los empleos con sindicalización y los fabricantes locales. Esta mezcla de metas borroneadas y proteccionismo blando traba la inversión necesaria.

Los gobiernos tienen que ser más firmes. Hay un rol crucial para un estado activista en el apoyo a la construcción de infraestructura clave, como las redes de transmisión y el desarrollo e investigación. Pero la prioridad máxima debe ser catalizar un mayor impulso de la inversión privada de dos maneras.

Energía eólica: un sector con margen para crecer pero con futuro incierto

Primero flexibilizando las reglas de planificación. El proyecto minero global promedio tarda 16 años en ser aprobado; el proyecto eólico típico en Estados Unidos tarda más de una década en obtener permisos de arrendamiento entre otros, que es uno de los motivos por el que su capacidad eólica con instalaciones en el mar es menos del 1% de la de Europa. La velocidad requiere toma de decisiones centralizadas y a menudo significará desilusionar a vecinos que se oponen a una instalación y conservacionistas.

Enemigo de lo bueno

En segundo lugar los gobiernos pueden ayudar a las compañías y los inversores a manejar los riesgos. Pueden aportar certeza en algunas áreas: por ejemplo, garantizando precios mínimos para la generación de energía. Los gobiernos occidentales también tienen el deber de ofrecer financiación barata para aumentar la inversión en países más pobres. Hoy solo 22% de las emisiones de gas de efecto invernadero del mundo están cubiertas por esquemas de precios y esos esquemas no están coordinados. Los cuellos de botella verdes son una señal de que la descarbonización por fin está pasando de ser una idea teórica a una realidad. Ahora se necesite un impulso poderoso para ayudar a que suceda la revolución.

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