Encruzados regresan a las calles de Taxco

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TAXCO, Gro., abril 16 (EL UNIVERSAL).— Juan, un joven de 21 años, dice que está tranquilo, pero sus manos no dejan de temblar. Su voz es suave, lenta; contrasta con el ritmo que han tomado sus manos. Está listo para salir y recorrer las calles de Taxco por primera vez como encruzado. "Lo hago por fe, por agradecimiento, me siento tranquilo", asegura el joven.

Eran las seis de la tarde cuando llegó a Casa Borda para prepararse con sus demás compañeros de la hermandad Siervo de Dios, una de las cinco reconocidas por la Diócesis de Chilpancingo-Chilapa. Se colocó la falda negra, la capucha y sus compañeros le enrollaron en la cintura el cabresto, una cuerda hecha con la crin de la cola de caballo, que mide 12 metros de largo y hace la función de raja.

Juan se preparó un año para ser un encruzado. Dejó de beber, de fumar, asistió a retiros espirituales y físicamente, dice, no fue necesario, porque participar en esta tradición es más un acto de fe. De hecho, asegura, estaba listo desde hace dos años, pero la pandemia por Covid-19 se interpuso en sus planes.

Juan tiene razón. Esta tradición la viven con intenso fervor, hombres y mujeres que llevan al límite sus capacidades físicas. Los encruzados recorren hasta tres kilómetros cargando sobre los hombros un rollo formado por unas 144 varas de zarzamora macho llenas de espinas. Cada rollo puede pesar hasta 50 kilogramos. Caminan descalzos y con el rostro cubierto. Esos tres kilómetros pueden durar un periodo de hasta seis horas.

Otros penitentes recorren Taxco cargando una cruz de madera y en distintos puntos se detienen, se hincan y se flagelan con una especie de látigo lleno de puntas metálicas. En una parada se pueden golpear la espalda hasta 63 veces.

La procesión la terminan con marcas que se vuelven imborrables; círculos donde la marca queda expuesta.

También están las encorvadas, mujeres vestidas con túnicas negras y encapuchadas que van en procesión inclinadas cargando una cruz. El dolor, en esta ocasión, no importa; lo que importa es el sacrificio, la ofrenda.

Juan recorrió casi un kilómetro cargando el rollo de varas de zarzamora. Sus pasos fueron lentos. Caminó casi dos horas. Por momentos su cuerpo se encorvó, pero tomó fuerza. Terminó su trayecto; cumplió con la penitencia que se impuso. El próximo año, asegura, lo hará de nuevo.

En recuperación

Este año fue especial para Taxco, volvió la tradición, volvió el turismo. En la ciudad hay una gran expectativa entre los artesanos, los hoteleros, los restaurantes y los comerciantes de que esta sea una buena temporada.

"Fueron dos años en que la pasamos difícil, muchos pedimos préstamos que seguimos pagando. Estamos tratando de recuperarnos", cuenta una vendedora de joyería.

La ocupación hotelera para este viernes alcanzó 90%, casi al tope y eso se puede apreciar en las calles. Durante las procesiones, las calles están inundadas de pobladores y turistas. El zócalo todo es un bullicio que no deja escuchar nada.

Taxco, el único Pueblo Mágico de Guerrero, vive de muy pocas cosas: la platería y el turismo. Con la pandemia se declaró el confinamiento y, como en todo el mundo, los turistas desaparecieron. Los plateros dejaron de vender sus piezas, los hoteles permanecieron casi vacíos, al igual que los restaurantes.

La pandemia por Covid-19 fue un golpe duro para la economía de Taxco, el cual casi todos han enfrentado como han podido, sin ayuda oficial.

"Yo calculo que un 50% de los plateros no volvieron a abrir tras la pandemia", comenta un artesano de la plata.

Y eso puede ser cierto. Varios locales que antes vendían piezas de plata, hoy ofrecen comida y cervezas para los turistas.

Esta temporada, explica, servirá apenas para recuperar algo de lo perdido.

"Yo pienso que no vamos a tener ganancias, tenemos muchas deudas. Muchos estamos recuperando el ritmo de trabajo, reiniciando", afirma.

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