Se enamoraron perdidamente en Bucha, pero una bala rusa acabó con todo

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Iryna Abramova de pie en el lugar donde le dispararon a su marido, Oleh, marcado por un cuadrado de tela bordada, en Bucha, Ucrania, el 22 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times).
Iryna Abramova de pie en el lugar donde le dispararon a su marido, Oleh, marcado por un cuadrado de tela bordada, en Bucha, Ucrania, el 22 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times).

BUCHA, Ucrania — Ella lo llamaba Rayo de Sol. Él la llamaba Gatita.

Se conocieron hace casi veinte años, cuando ella trabajaba en un hospital y él entró por la puerta, joven, musculoso y guapo, para arreglar el tejado.

Iryna Abramova dijo que ella dio el primer paso y lo siguió hasta donde él fumaba cigarrillos detrás de una pared. Empezaron a hablar y se enamoraron, relató, “palabra por palabra”.

Pero hace unas semanas, la conexión especial que tenía con Oleh, el amor de su vida, y todo lo que construyeron juntos, terminó con un único y cruel disparo. Lo que sigue es difícil de describir para Iryna, aseguró, porque le resulta muy crudo y real pero, al mismo tiempo, es casi imposible de creer.

La mañana del 5 de marzo, relató Iryna, los militares rusos atacaron su casa. Lanzaron una granada por la ventana, lo que provocó un enorme incendio, y la sacaron a ella y a Oleh a punta de pistola.

Luego, sacaron a Oleh a la calle.

Le ordenaron que se quitara la camisa.

Iryna Abramova llora ante la tumba de su marido Oleh, que fue ejecutado por las fuerzas rusas afuera de su casa, en Bucha, Ucrania, el 26 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times).
Iryna Abramova llora ante la tumba de su marido Oleh, que fue ejecutado por las fuerzas rusas afuera de su casa, en Bucha, Ucrania, el 26 de abril de 2022. (Daniel Berehulak/The New York Times).

Lo hicieron arrodillarse.

Lo siguiente que recuerda Iryna es que corrió al lado de Oleh, se tiró al suelo, le agarró las manos, vio que le salía sangre de las orejas y sintió que le estallaba una rabia salvaje.

“¡Dispárenme!”, gritó a los militares rusos que se encontraban fríamente de pie viéndola desde arriba. Llevaba puesta una bata y pantuflas, mientras su casa ardía en llamas y ella se aferraba a uno de sus gatos. “¡Dispárenme! Vamos, vamos. ¡Dispárenme a mí y al gato!”.

Un comandante ruso le apuntó al pecho no una ni dos, sino tres veces. Hasta hoy lamenta que no haya apretado el gatillo.

“Tal vez mi destino sea morir mañana”, comentó Iryna, admitiendo que había pensado en el suicidio.

Pero añadió: “Es algo grave quitarse la vida y, entonces, no podré encontrarme con mi marido en el cielo”.

La historia de Iryna Abramova es la historia de Bucha. Trata sobre el desamor, el derramamiento de sangre y, sobre todo, la pérdida.

Este pueblo ucraniano, no muy lejos de la capital, Kiev, es el lugar donde se han descubierto las peores atrocidades de la guerra y, a medida que pasan los días, el alcance total del terror y la masacre solo aumenta. Los rusos masacraron aquí al menos a 400 civiles en marzo, según las autoridades. Semanas después, se siguen encontrando cuerpos mutilados.

Grupos de derechos humanos e investigadores ucranianos, junto con una serie de expertos internacionales en crímenes de guerra, intentan documentar cada matanza y, la semana pasada, el gobierno ucraniano publicó los nombres y las fotografías de diez militares rusos que, según señaló, habían cometido crímenes de guerra en Bucha.

Los rusos se retiraron hace unas semanas y dejaron gran parte de Bucha en ruinas. Los equipos de trabajo han estado tratando de reparar los postes de electricidad que fueron derribados por vehículos blindados de transporte de personal ruso y los transformadores que los rusos volaron en pedazos. Mientras tanto, muchos residentes de Bucha han retrocedido al siglo XIX, sacan agua de los pozos, encienden velas por la noche y cocinan al aire libre en fogatas, mientras miran las llamas con detenimiento.

“Hay una neblina negra sobre esta ciudad”, afirmó Iryna Hres, una joven que vive al otro lado de la calle de Iryna Abramova. “Algo siniestro permanecerá porque muchas personas fueron asesinadas aquí, sin ningún reparo, sin sentido, sin razón”.

Iryna Abramova describió el asesinato de su esposo a The New York Times en varias entrevistas el mes pasado. Su relato fue corroborado por los vecinos y su padre, quien finalmente la arrastró hacia la casa mientras ella les gritaba a los militares rusos. El Times vio el informe de la autopsia y habló con el fiscal que investiga la muerte, quien respaldó su versión y dijo que en ese momento solo había militares rusos, no ucranianos, en Bucha.

‘Hola, mi Rayo de Sol’

La vida de Iryna se ha convertido en una tarea solitaria. Dice que es difícil pasar el día, y especialmente la noche, sin que la consuman sentimientos de venganza o suicidio o lo que ella llama “pensamientos sangrientos”.

Lo ha perdido casi todo: su marido, su casa, tres de sus cuatro mascotas; los ahorros de toda su vida, en efectivo, convertidos en cenizas. No tiene ni un solo papel que demuestre su identidad; por lo que mencionó: “Sigo pidiendo algo que diga que yo soy yo, pero la gente del ayuntamiento me dice: ‘¿Cómo sabemos que eres tú?’”.

Ha pasado toda su vida en Bucha, que solía ser conocida como una de las pequeñas ciudades más deseables de Ucrania: boscosa, con un ambiente rústico y a solo 45 minutos de Kiev. Ahora es una ciudad de fantasmas.

Pero ella no puede irse.

“Oleh sigue aquí”, aseguró.

Uno de los rituales de Iryna es caminar hasta el cementerio, pasando entre abedules pelados, aturdida. Lleva las golosinas favoritas de Oleh: pastillas Halls para la tos sabor cereza, galletas María, caramelo y chocolate. Enciende un cigarrillo y lo pone junto a la cabecera de la tumba. La ceniza se alarga a la luz de la tarde.

“Hola, mi Rayo de Sol”, dijo el otro día, acariciando la foto de su rostro que puso sobre su tumba.

A los 40 años, era ocho años menor que Iryna y ella se permite una leve sonrisa al respecto.

“Yo me lo robé”, dijo ella. Unos meses después de conocerse, él se mudó para vivir con ella. Se casaron y, de manera inusual, él tomó el apellido de ella y se convirtió en Oleh Oleksandrovych Abramov. Él la animó a dejar su trabajo como empleada del hospital y le afirmó que él se encargaría de la manutención de ambos.

Nunca tuvieron hijos, pero Iryna dijo que tenían la familia perfecta: ellos dos.

‘Oleh no vendrá’

Los militares rusos llegaron a Bucha poco después de que comenzara la guerra. Pero se estancaron por la feroz resistencia ucraniana.

El 27 de febrero, las fuerzas ucranianas tendieron una emboscada a una larga columna de vehículos blindados rusos estacionados a lo largo de la calle de Iryna, dejando al menos veinte vehículos destruidos y un número desconocido de militares rusos muertos.

Oleh se puso especialmente nervioso después de eso, relató Iryna. Podía sentir que los rusos buscarían venganza. Insistió en que él e Iryna se quedaran adentro y pasaron muchas horas en la cocina, en el piso. Mientras yacían uno al lado del otro, tocándose los dedos, ella podía sentirlo temblar. “Le pregunté: ‘¿Tienes miedo a la muerte?’. Me respondió: ‘No, tengo miedo por ti’”.

La noche del 4 de marzo, oyeron el paso de enormes camiones por la carretera. A la mañana siguiente, su casa fue sacudida por una granada, que provocó un incendio.

Sonaron disparos. La puerta de su casa se abrió de golpe. Cuatro paracaidistas rusos irrumpieron en la casa, relató. Tres eran jóvenes, de unos 20 años, y el comandante tenía unos 30 años.

Iryna narró que el comandante les ordenó salir. Contó lo que sucedió a continuación con una voz plana y distante.

“¿Dónde están los nazis?”, preguntó el comandante.

“Aquí no hay nazis”, respondió Iryna.

“¿Dónde están?”.

“Aquí nunca hubo nazis”.

“Dame la dirección exacta”.

“Somos gente sencilla”.

El comandante se enfadó más, dijo.

“Hemos venido aquí a morir, nuestras esposas nos están esperando y ustedes comenzaron esta guerra. Ustedes eligieron este gobierno nazi”. (“Les encanta la palabra nazi, por alguna razón”, añadió).

“¿Su esposo alguna vez tuvo un arma en sus brazos?”.

“No”.

“¿Cuál es su profesión?”.

“Soldador”.

El comandante se marchó.

El padre de Iryna, Volodymyr Abramov, que vivía en una casa contigua, dijo que él y Oleh fueron retenidos en el patio a punta de pistola. Los jóvenes militares le ordenaron a Oleh que se quitara la camisa, el suéter y la chaqueta, para mostrar cualquier tatuaje militar. No tenía ninguno. Nunca había servido en el ejército.

Hicieron salir a Oleh de la puerta.

Sus últimas palabras fueron: “Chicos, ¿qué están haciendo?”.

Pasó un minuto. El fuego crecía. Humo negro salía de la casa, haciendo imposible ver nada. El comandante reapareció.

“¿Dónde está Oleh?”, preguntó asustado el padre de Iryna.

El comandante miró por la puerta y respondió: “Oleh no vendrá”.

Iryna salió corriendo.

“Miré a la izquierda. Nada. Miré a la derecha. Veo a mi marido en el suelo”, recordó. “Veo mucha sangre. Veo que parte de su cabeza desapareció. Después veo a otros muertos, en diferentes poses”.

Le tomó las manos, llorando: “Oleh, Oleh”.

“Los rusos estaban sentados en la acera, bebiendo agua de botellas de plástico, y simplemente me miraban”, narró. “No decían nada, no mostraban ninguna emoción. Eran como el público del teatro”.

Fue entonces cuando ella soltó un “grito salvaje, algo que nunca había oído”, describió su padre.

“¡Dispárenme!”, gritó. “¡Dispárenme a mí y al gato!”.

Ella miraba a los militares, fijándose en sus botas, pero el comandante acabó bajando el arma y dijo: “Yo no mato mujeres”.

De pie en su patio, rodeada de vigas quemadas, ollas quemadas, toda su vida básicamente quemada —los cuerpos de su perro y dos gatos ocultos en algún lugar de esa misma ceniza— Iryna dijo: “Es como si mirara esto, pero siguiera viendo mi antigua casa”.

Añadió: “Es como si me hubiera equivocado de realidad y hubiera otra en la que mi casa y mi marido siguen existiendo. Y aquí, en esta realidad, estoy sola”.

Iryna se permite soñar. Hay una escena que no puede quitarse de la cabeza, una buena escena que no deja de repetirse. Quiere mantenerla ahí para siempre.

“Estoy en la cama viendo el televisor y él entra por la puerta, quitándose la gorra”, describió. “Y entonces lo escucho: ‘Gatita, estoy en casa. ¿Dónde estás, Gatita?’”.

© 2022 The New York Times Company

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