OPINION | Señor presidente, junte sus cosas y váyase

Roger Cohen
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NUEVA YORK.- El gobernante mastica bronca en soledad, consumido por la furia y la vergüenza del rechazo, con la mente "llena de escorpiones", como Macbeth, lucubrando formas de torcer los hechos y destruir la democracia norteamericana. Solo quedan los lacayos, intentando divertir a ese amo perdido en su laberinto.

Donald Trump, el mandatario saliente, perdió unas elecciones que el Departamento de Seguridad Interior calificó como "las más seguras de la historia de Estados Unidos, sin evidencia alguna de irregularidades ni de que el sistema de votación haya borrado, perdido o modificado algún sufragio".

Señor presidente: junte algunas cajas, busque cinta de embalar, pida un flete y váyase. No lo va a hacer. No puede. No está en él. La verdad es intolerable. ¡Fraude! ¡Tongo! Trump es tan incapaz de aceptar la derrota como de recordar que juró "preservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos".

Su único compromiso es preservarse, protegerse y defenderse a sí mismo. Siempre fue incapaz de ver más allá de esa facha anaranjada que le devuelve el espejo. El hombre no encuentra consuelo. No hay Biblia, ni credo, ni verdad, ni sentido de la decencia en este mundo. Ya ni Fox News le palmea el hombro. No le queda nada.

Confirmada su victoria en Georgia y Arizona,el presidente electo Joe Biden cuenta con 306 electores, 36 más que los necesarios para ocupar la Casa Blanca. Terminará con unos 80 millones de votos, más que cualquier otro presidente norteamericano, y más de cinco millones de votos por encima de Trump.

No hay recuento que pueda dar vuelta esos números. No hay evidencia que apoye los reclamos judiciales de Trump. Biden no le birló la elección: ganó claramente, y punto.

Hasta el exfiscal general Ted Olson -que en el 2000 defendió exitosamente ante la Suprema Corte el planteo del entonces candidato George W. Bush en el caso conocido como Bush vs. Gore-, dice que el asunto está terminado y que Biden es el presidente electo. "La elección está terminada y tenemos nuevo presidente,", declaró Olson al The National Law Journal. "Y es así porque un gran número de personas expresaron su desaprobación, estemos de acuerdo o no, con las formas, el estilo y los manejos de este presidente en particular".

Pero no está terminado. Arrastrado por la desesperación, Trump sigue pergeñando la forma de asegurarse lo que el secretario de Estado, Mike Pompeo, definió como "una transición tranquila hacia un segundo gobierno de Trump". Y el líder de la mayoría en el Senado, el republicano Mitch McConnell, también dice que la cosa no terminó. Ambos son cómplices de una toma del poder.

A esto hemos llegado en Estados Unidos de América. Trump siempre fue un peligro para las instituciones democráticas y la legalidad. De hecho, se ocupó de empoderar a dictadores en todas partes del mundo. Me ha tocado ser testigo del robo de elecciones en países como Irán; nunca imaginé tener que presenciar un intento de desconocer la voluntad del pueblo norteamericano.

Presiones

Mi colega Maggie Haberman relata una reciente reunión en la Casa Blanca en la que Trump presionó "para tantear si las legislaturas controladas por los republicanos en un puñado de estados claves pueden elegir electores pro-Trump, y así darle los votos electorales necesarios para revertir los números y entregarle un segundo mandato".

Es el plan llamado "Ave María", aunque en lenguaje llano no es otra cosa que un golpe de Estado político. Biden derrotó a Trump por 148.000 votos en Michigan, 58.000 votos en Pensilvania, 36.000 votos en Nevada, 20.000 votos en Wisconsin, 14.000 votos en Georgia, y 11.000 votos en Arizona. Como escribió Andrew Prokop en Vox, para ganar, "Trump tendría que modificar el resultado en al menos tres de esos estados, una hazaña casi imposible".

El Artículo 2 de la Constitución norteamericana dice que cada estado nombrará sus electores para el Colegio Electoral "del modo que su legislatura lo disponga". Las legislaturas de Wisconsin, Michigan, Georgia, Arizona y Pensilvania son controladas por los republicanos. Para un hombre como Trump, que en palabras de Greg Schewd "elije infaliblemente el camino que mejor preserve su vanidad y su poder, sin importar la ley o la tradición que haya que violar", esa ecuación es casi una vía de salvación.

Tal vez haya legisladores republicanos que se sientan en deuda con Trump. Algunos de ellos podrían llegar a la conclusión de que si no acatan el pedido, están finiquitados. Esos legisladores podrían decidir ignorar el voto de la gente, declarando inválidos, por ejemplo, los votos por correo, por más que no haya el menor indicio de fraude, y así instalar una lista de electores trumpistas, para luego asegurar que en votos "legales" Trump es el ganador. El Colegio Electoral votará el 14 de diciembre para elegir oficialmente al próximo presidente.

Esa maniobra en potencia es una ruindad y un dislate. Wisconsin, Michigan y Pensilvania tienen gobernadores demócratas, que vetarían o bloquearían una jugada semejante. El fiscal general de Pensilvania, Josh Shapiro, ya declaró que la legislatura de su estado "no tiene mecanismo legal alguno que le permita nombrar electores por su cuenta".

En teoría, otra posibilidad es que las legislaturas intenten cambiar la ley entre gallos y medianoche, suponiendo que haya suficientes republicanos que le hayan dado vacaciones a su conciencia y lleguen a la conclusión de que la democracia norteamericana es prescindible. Mejor ni ponerse a describir el caos subsecuente que se produciría en el Congreso, baste con decir que el resultado sería turbio, y que en la Suprema Corte hay seis contra tres de mayoría conservadora.

Nunca pensé tener que escribir una columna como ésta. Pero mejor escribirla que quedar como un otario y que te agarren descuidado. El mundo necesita que Estados Unidos restaure su democracia, se deshaga de su siniestro gobernante y sea liderado por el hombre que ganó, Joe Biden. Fin de la historia.

The New York Times

(Traducción de Jaime Arrambide)