Elecciones en EE.UU.: la fiesta menos pensada que desató un político en la antípoda de "lo cool"

Matt Flegenheimer
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NUEVA YORK.- La gente nunca fue de salir espontáneamente a la calle a bailar por Joe Biden. Tampoco de armar caravanas de autos y tocar bocina en su apoyo, ni de brindar con extraños en su honor, entre cantitos y lágrimas.

"¡Biden!", gritaban ayer sus partidarios frente al Washington Square Park de Nueva York, un grito repetido desde las ventanas de los departamentos, las ventanillas de los taxis y las mesas en la vereda de los bares. "¡JOE BIDEN!"

Sí, Joe Biden. Aquel mismo Joe Biden: el institucionalista de setenta y pico de años, el tradicionalista incorregible, el incansable recitador de poesía irlandesa. Pero parece que derrotar al presidente Donald Trump puede producir un extraño cambio en la reputación de un hombre.

Satisfacción por lo bajo en el Vaticano y un guiño

El sábado, en esas primeras horas de Biden como presidente electo, muchos votantes que a lo largo de las décadas lo consideraban una especie de veterano de Washington -verboso, larguero, siempre planteando "cuestiones de privilegio", y haciendo digresiones sobre senadores muertos- de pronto parecían dispuestos a levantarlo en andas como a un héroe conquistador.

"La historia la escriben los que ganan", dice Amanda Litman, excolaboradora de campaña de Hillary Clinton en 2016 y CEO de Run for Something, una agrupación demócrata neoyorquina. "Definitivamente, pienso que Biden suma puntos extra por haber logrado lo que nadie creía posible, por más esperanzas que tuviéramos."

Litman dice que se pasó el día caminando Brooklyn de punta a punta, sollozando de alegría en las calles, topándose con fiestas improvisadas en las esquinas.

Hay que reconocer que Biden nunca fue precisamente sinónimo de "lo cool" en Washington. Y seguramente a la larga eso siga siendo así. Lo más probable es que este desborde de afecto demócrata hubiese llovido sobre cualquiera que lograse derrotar a Trump.

Y sin embargo, esta es la persona que lo logró.

Si los últimos dos "comandantes en jefe" fueron candidatos fenómeno que se convirtieron en presidentes fenómeno, Biden parecería venir a clausurar esa tendencia, muy cómodo con la identidad que lo ayudó a ser elegido: el hombre capaz de enfriar un poco los ánimos, de bajar el volumen antes de que los vecinos llamen a la policía.

Estamos hablando de alguien que no bebe, que no fuma, y que en su propia despedida de soltero reprendió a sus amigos por ponerse demasiado loquitos.

Durante la campaña, el equipo de Biden hizo lo imposible por generar a su alrededor una especie de mini-culto a la personalidad, promocionando su accesorio preferido (los anteojos de aviador), su gran vicio (el helado), y su interés por los autos deportivos.

"A la ruta con Biden", fue uno de los eslóganes que prendió un poco entre la gente.

Si bien la mayoría de las reuniones improvisadas de este fin de semana se llevaron a cabo en lugares no acostumbrados al festejo estilo Biden, -grandes festicholas desde Los Ángeles hasta Washington y casi todas las ciudades que hay en el medio-, hubo al menos un código postal donde el apoyo fue más una culminación que una novedad.

El sábado, cientos de autos se apiñaron en la playa de estacionamiento de un centro de convenciones en Wilmington, Delaware, cargados de amigos y seguidores de Biden del estado que él representó en el Senado durante 36 años. Se sentaron en los techos de sus vehículos, desplegaron banderas estadounidenses de gran tamaño, instalaron las reposeras y brindaron con champán tratando de respetar el distanciamiento social. Todos decían estar orgullosos del vecino más famoso de su estado.

En su discurso, Biden fue esencialmente él mismo. Después de entrar trotando al escenario con un coro de bocinazos de automóviles de fondo, arrancó con un guiño para la buena gente de Delaware ("¡La gente que me llevó al baile!") Y luego decidió nombrar a algunos de los presentes, saludando por su nombre a varios dirigentes locales.

También presenetó a algunos de sus familiares y les dio la bienvenida a Harris y su esposo a la familia Biden, "les guste o no".

Trató de empatizar con los votantes de Trump, señalando que él mismo había "perdido un par de veces" durante su carrera política. Reconoció la gravedad de la situación actual del país. Proyectaba humildad. Trató de sonreír.

La campaña había sido larga: en realidad, en su vida fueron tres campañas por la presidencia. Observó a los invitados que lo habían visto perder tantas veces como lo habían visto ganar.

Esta vez, el ambiente era puramente festivo, al punto que Maureen Whilby había decidido celebrar su 55 cumpleaños en el lugar, donde los fuegos artificiales y el papel picado también podrían haber sido para ella.

"¡Va a ser el mejor cumpleaños del mundo!" dijo Whilby, varias horas antes de que el cielo se iluminara con las palabras "Biden" y "presidente electo". "Nunca voy a olvidar este cumpleaños. Unidad. Queremos unidad. No más divisiones."

(Traducción de Jaime Arrambide)