Elecciones en EE.UU.: las cinco claves del triunfo de Joe Biden

Rafael Mathus Ruiz
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WASHINGTON.- Finalmente, el escrutinio arrojó un resultado. Luego de cuatro días agobiantes para Estados Unidos y el mundo, Joe Biden y los demócratas lograron recuperar la Casa Blanca en unas históricas elecciones presidenciales en Estados Unidos en las que votaron 160 millones de personas, la participación más alta en más de un siglo.

La elección mostró a un país fracturado que salió a votar en defensa de sus ideas y las propuestas de sus candidatos, pero, sobre todo, por temor al "otro lado". El lentísimo escrutinio dejó al descubierto un sistema electoral desbordado y medieval que ofreció resultados a cuentagotas. Tras un año y medio de campaña presidencial, contando las primarias, el país se prepara ahora para una transición compleja en un ambiente tenso y hostil. Estas son las claves que dejó la elección.

1. Biden cumplió, pero no hubo "ola azul".

Antes de la elección, los demócratas anhelaban una paliza electoral que ofreciera un claro repudio al gobierno del presidente Donald Trump y su marca política, el trumpismo. Aspiraban a quedarse con todo: la Casa Blanca y el Congreso. Muchos imaginaban un escenario similar o incluso mejor al de 2008 o 2018, cuando el Partido Demócrata logró recuperar la Cámara de Representantes gracias a un fuerte apoyo de las mujeres y los suburbios del país. Esa paliza nunca llegó. Joe Biden cumplió con su misión, logró reconstruir el "muro azul" que Trump derribo hace cuatro años en Pensilvania, Wisconsin y Michigan y recuperó la presidencia.

Pero a los demócratas se les escapaba el Senado -una misión difícil porque muchas bancas se disputaban en estados republicanos, como Montana, Kentucky o Carolina del Sur-, y su mayoría en la Cámara de Representantes se achicó. Biden tuvo más votos que Hillary Clinton, pero menos apoyo entre latinos y afroamericanos, dos pilares de la coalición demócrata. La elección dejó a muchos con un sabor agridulce, sobre todo si se tiene en cuenta que competían contra un presidente tapado de escándalos, aborrecido por medio país, jaqueado por la pandemia del coronavirus, una de las peores crisis económicas de la historia, en un ambiente muy sensibilizado por la ola de protestas sociales contra el racismo. Biden dijo que la democracia y el "alma de la nación" estaban en juego. Si había una elección para arrasar, era ésta. No lo consiguieron, aunque lograron sacar a Trump del poder.

2. Trump perdió; el trumpismo, no.

Donald Trump se convirtió en lo que más detesta: un perdedor. Una vez más, hizo historia: será el 9º presidente que pierde una elección en el cargo. Los últimos fueron Gerald Ford, Jimmy Carter y George H W Bush. Pero, a pesar de esa caída, su respaldo en el país creció. Trump consiguió casi 69 millones de votos, seis millones más que en 2016, y mejoró entre afroamericanos y, sobre todo, entre latinos. La derrota de Trump se debió sobre todo a que más demócratas salieron a votar en su contra, que a la pérdida de respaldo entre los republicanos y quienes lo votaron hace cuatro años. Medio país avaló su presidencia.

En Estados Unidos conviven dos visiones sobre el trumpismo. La primera dice que el intempestivo ascenso de Trump a la Casa Blanca y su dominio absoluto del Partido Republicano es un fenómeno temporal, pasajero, una suerte de virus que contaminó la política nacional y que ahora, con Trump derrotado, desaparecerá. El Partido Repubicano volverá a ser el de antes. La segunda visión, más cercana a la realidad, es que Trump tocó una fibra, aceleró un realinamiento político y provocó un cambio estructural al transformar al Partido Republicano en el partido de los trabajadores, los "hombres y mujeres olvidados" del país. Sus actos multitudinarios, su nombre en banderas, barcos, galpones, los montajes que lo muestran como Rambo o Rocky son pruebas del idilio a prueba de todo que forjó con su base. Sus más fervientes seguidores repiten sus frases, creen lo que dice, y algunos lo ven como un mesías. Para los republicanos, Trump era el garante de su estilo de vida, la última defensa contra el "socialismo". Incluso quienes criticaban sus tuits, defendían sus políticas. "No me gusta lo que dice, pero sí lo que hace", es el argumento. Trump dejará ahora el poder, pero nadie espera que deje de tuitear. Y el trumpismo seguirá vivo.

3. Una gobernabilidad frágil

Joe Biden gobernará con un Congreso dividido
Fuente: Archivo

Joe Biden gobernará un país fracturado con un Congreso dividido, y con su legitimidad cuestionada por las sospechas de fraude que Trump se encargó de alimentar durante el escrutinio en su último intento por retener el poder. Es un escenario político explosivo poco menos que imposible. En Washington, la jura de Biden puede llegar a convertir la ciudad en una de guerra, tal como ocurrió con la Marcha de las Mujeres tras la inauguración de Trump.

Si con Trump fue el momento de los negocios, con Biden es el momento de la política. Forjado en el Senado y con casi medio siglo de carrera en sus hombros, Biden deberá cerrar las heridas en Washington. Para algunos, es la figura ideal para unir al país y construir gobernabilidad: es lo suficientemente progresista como para entenderse con los demócratas más radicales, y lo suficientemente conservador como para buscar a los republicanos. Un centrista auténtico. Pero Biden deberá navegar aguas turbulentas. Una fracción de su partido le pedirá que vaya a fondo con la lucha contra el cambio climático, la ampliación de la salud pública y de los derechos de los trabajadores, suba impuestos a los más ricos y encare una reforma de la Corte Suprema. Los republicanos ya pasaron el mensaje de que están dispuestos a trabajar con un gobierno de Biden, pero siempre y cuando se olvide de esa agenda. Biden dejará esas peleas para más adelante. Antes de todo, su primera misión será contener la pandemia del coronavirus, y terminar de reparar la economía con un nuevo plan de estímulo que saque al país de la crisis.

4. Un país fracturado

El futuro de Estados Unidos se decidió en una elección tóxica en la que chocaron dos países divididos por una grieta cada vez más profunda. No hubo medias tintas. El centro colapsó: unos y otros se acusaron de querer llevar al país al abismo. Lejos de reparar las heridas, la elección dejó al país más enfrentado que antes. Durante el escrutinio, esas diferencias quedaron a la vista en protestas con dos cantos. Los demócratas: "¡Cuenten los votos!". Los trumpistas: "¡Paren el conteo!". Varias ciudades del país atravesaron el lentísimo conteo de los votos con tiendas tapiadas por paneles de madera ante el temor a disturbios y violencia. La grieta se amplió en los últimos años al punto tal que un país desconoce al otro, y un país trata al otro como "el otro". Biden prometió tratar de unir a los estadounidenses. "No habrá estados azules o rojos cuando ganemos. Solo los Estados Unidos de América", dijo durante el escrutinio. Ese será uno de los mayores desafíos de su presidencia: intentar arraigar la idea entre los norteamericanos de que, pese a sus diferencias, todavía tienen valores comunes.

5. Ante una renovación generacional

Biden asumirá la presidencia con 78 años. Nunca nadie antes abrió un primer mandato presidencial a tan avanzada edad. Bernie Sanders, líder progresista del partido, tiene 78 años. Donald Trump dejará el poder con 74 años. Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, tiene 80 años. Luego de decidir entre dos hombres blancos en sus 70, Estados Unidos se encamina a vivir un recambio generacional político. Una nueva camada de líderes comenzará a reclamar un mayor protagonismo en ambos partidos. Nikki Haley, Marco Rubio o Ted Cruz -¿Donald Trump Junior?- intentarán posicionarse para la pelea de 2024. Entre los demócratas, las congresistas del "escuadrón", con Alexandria Ocasio-Cortez como figura, Gretchen Whitmer, la futura vicepresidenta, Kamala Harris, o Peter Buttigieg, ignoto hace un año y medio, también comenzarán a pedir pista. Biden ya dijo que quiere ser un "puente" entre ambas generaciones. Una duda acompañará su gobierno: ¿buscará reelección, o dará un paso al costado?