El veto migratorio de Trump aleja a los niños en estado terminal de sus familias

La autora, la segunda de derecha A izquierda, con una de las familias que se encuentran actualmente en el hospicio pediátrico. La familia es originaria de Siria y ha sido afectada por el veto migratorio del gobierno de Trump a varios países, en su mayoría musulmanes.

Desde su implementación en febrero de 2017, el veto inmigratorio del presidente Donald Trump ha provocado una serie de consecuencias negativas, desde las más obvias, la separación de las familias, hasta las menos evidentes, el daño al sistema médico estadounidense. El verano pasado la Corte Suprema confirmó el veto y dictaminó que la administración tiene poder absoluto, lo que incluye prohibirles la entrada a Estados Unidos a las personas procedentes en su mayoría de países musulmanes, para evitar las amenazas a la seguridad pública como puede ser el terrorismo.

Sin embargo, esas disposiciones perjudican a algunas de las personas más vulnerables de nuestro país: los pacientes de los hospicios pediátricos y sus familias.

Bajo la actual reafirmación del veto, se prohíben en gran medida los viajes procedentes de los siete países de la lista, que son en su mayoría musulmanes o considerados hostiles. Y aunque la prohibición supuestamente les permite a las personas vetadas solicitar una visa que se valora de forma individual, los expertos afirman que las disposiciones hacen casi imposible su aprobación, sobre todo para aquellos que no tienen acceso a un abogado de inmigración. Desde junio, los funcionarios consulares de Estados Unidos solo aprobaron al 2 % de los solicitantes de visado, lo cual tuvo graves consecuencias. Muchos refugiados permanecen atrapados en países violentos o deciden arriesgar sus vidas para escapar. Este verano en Luisiana, se suicidó un hombre yemení-estadounidense tras negarle los visados a su esposa y dos hijos.

Como enfermera pediátrica de cuidados paliativos, he sido testigo de cómo la separación familiar afecta tanto a quienes están muriendo como a sus familiares. En marzo, un niño de 11 años de la República Democrática del Congo murió bajo mi cuidado antes de que pudiera reunirse con su madre y cuatro hermanos, que permanecen en un campo de refugiados en Zimbabue. En mayo cuidé a un recién nacido que nunca llegó a conocer a sus abuelos de Venezuela, sumando más dolor a una realidad que ya es horrible de por sí. Mi equipo y yo estamos cuidando ahora a un adolescente de Siria, pero es probable que nunca vuelva a ver a sus hermanas mayores, a quienes no se les permite entrar al país debido al veto migratorio de Trump. Esta negativa a permitir que los miembros de la familia más cercana estén con los niños en estado terminal es una violación de sus derechos humanos.

Si el gobierno de Estados Unidos realmente quisiera crear políticas de inmigración y viajes que fortalezcan nuestro país, valoraría permitirles la entrada a las personas que vengan a brindar cuidados paliativos y atención en los hospicios. Básicamente, estos existen para brindar la mayor comodidad posible a las personas con enfermedades terminales, y en el caso particular de los hospicios pediátricos nuestro trabajo consiste en brindar apoyo físico y emocional para mejorar la calidad de vida de los niños y sus familias tras recibir un diagnóstico que pone una fecha límite a su vida. Este apoyo se extiende dos años después de la muerte de un niño.

Como enfermera pediátrica de cuidados paliativos, he sido testigo de cómo la separación familiar afecta tanto a quienes están muriendo como a los familiares.

Quienes trabajamos en un hospicio pediátrico brindamos apoyo a los padres, pero también confiamos en que éstos tomen decisiones importantes sobre el bienestar y el cuidado de sus hijos. Lo mismo se aplica a los hermanos. La participación de la familia está tan vinculada con el proceso de duelo que la ciencia ha comparado su efecto con el de las drogas. La presencia de los seres queridos reduce la ansiedad en los niños en estado terminal, su ausencia provoca el efecto contrario: una investigación exhaustiva demostró que la ausencia de los padres aumenta drásticamente la ansiedad, lo que puede intensificar el dolor físico de un niño.

“Si consideramos las acciones de bienestar, apoyo psicológico y comunicación como una parte importante de la terapia paliativa, sobre todo en las salas de cuidados paliativos, no se pueden separar los cuidados médicos de los que brindan los padres”, escribió el oncólogo pediátrico Carl Friedrich Classen en un artículo de 2012 publicado en la World Journal of Clinical Pediatrics. “Por lo general, los padres y profesionales son quienes se encargan del cuidado de un niño gravemente enfermo y tienen que trabajar juntos para brindar una mejor atención al niño enfermo”.

Es crucial que las familias se involucren en los cuidados que se brindan en los hospicios pediátricos, siempre que sea posible. Cuando las familias no se reúnen antes de la muerte de un niño, no solo afecta de forma negativa al niño sino que también provoca una gran angustia emocional y física en los familiares que sobreviven. Los cuidados que se brindan en estos hospicios pediátricos no solo están dirigidos al niño en estado terminal sino que forman un sistema de apoyo continuo y brindan servicios cruciales para toda la familia.

Sin el acceso a ese apoyo, las familias separadas corren un gran riesgo. Es importante tener en cuenta que para cualquier familia la pérdida de un hijo es un evento emocionalmente desgarrador que genera necesidades médicas, psicosociales y espirituales especiales. Sin embargo, estos efectos devastadores se multiplican por diez cuando las comunidades y los sistemas dan por descontado el duelo. He trabajado con familiares que sufrieron ataques cardíacos tras la pérdida de un hijo del que se separaron. Estudios realizados en la Universidad Estatal de Arizona demuestran que los problemas de salud mental y el abuso de sustancias prevalecen cuando los recursos comunitarios no reconocen ni apoyan las grandes pérdidas, lo que puede conducir a una mayor desestructuración de las familias y los matrimonios. Además, sin el apoyo adecuado de la comunidad, los hermanos de niños en estado terminal tienen un mayor riesgo de suicidarse.

Estos hallazgos, sumados a los costos emocionales del dolor, exigen que los funcionarios del gobierno adopten un nuevo enfoque para facilitar la inmigración y asignar visas temporales. El proceso actual de solicitud de exención es, en el mejor de los casos, ambiguo ya que no ofrece una guía clara sobre cómo las familias pueden solicitar o acelerar las exenciones si alguien cercano está en estado terminal. Además, la baja tasa de aceptación hace que las familias se sientan impotentes y tengan que ser rescatadas de su dolor. Para las familias que tienen niños en los hospicios pediátricos el tiempo es un recurso muy limitado y termina agotándose rápidamente cuando se encuentran atrapadas en un proceso difícil sin perspectivas de aprobación.

El veto migratorio de Trump es problemático por tantos motivos que no se podrían resumir en este espacio, y no intentaré abordarlos todos; pero una alternativa con la que el gobierno de Estados Unidos podría reducir el impacto del dolor en las familias separadas sería implementar excepciones para los familiares cercanos de los niños en estado terminal. La reunificación de la familia antes de la muerte, aunque solo sea por un tiempo determinado y limitado, promueve la resiliencia y allana el camino para un mejor futuro.

Si queremos que nuestras comunidades sean una fuente de fortaleza para la nación, nuestras leyes y órganos gubernamentales deben honrar y respetar a las familias. La reforma de la ley de inmigración no puede avanzar éticamente sin el aporte de quienes estamos profundamente involucrados en los cuidados paliativos pediátricos y el proceso de duelo.

Lanise Shortell

HuffPost