El verdadero secreto de la gente rica es... la suerte

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Cuando al profesor de economía Robert Frank le dio una primera punzada en el pecho mientras jugaba al tenis, pensó que hasta ahí llegaba su vida. Tenía 62 años y estaba siendo víctima de un paro cardiaco. Sin embargo, nueve años después este hombre todavía se refiere a aquella anécdota y saca siempre a colación la palabra “suerte”.

Sí, porque resulta que un rato antes se había producido un accidente no muy lejos de aquellas canchas de tenis y dos ambulancias se habían dirigido al lugar de los hechos. Pero los daños humanos no habían sido graves, por lo que una de las ambulancias quedó vacante y disponible cuando desde su puesto de mando le indicaron que corriera a socorrer a un hombre maduro que se había desvanecido.

Ahí estuvo la suerte: que se produjera el accidente, que vinieran dos servicios de emergencias y que uno de estos se encontrara suficientemente cerca como para auxiliar a Frank con prontitud. De lo contrario, estaría hace mucho rato bajo tierra. “Hoy estoy vivo por pura suerte”, asegura Frank, profesor de economía en la Universidad de Cornell. 

Esta escena de su propia vida ha dado pie a una teoría en la que este economista defiende la necesidad de un toque de suerte para triunfar verdaderamente en los negocios. No basta ya con trabajar, ser organizado, invertir en sectores con potencial, reunirse con buenos consejeros, disfrutar del apoyo familiar… Si no hay suerte, no habrá nada. Y por supuesto que la del profesor Frank es una teoría polémica.

Algo parecido ocurrió hace un tiempo, cuando la senadora por Massachusetts, Elizabeth Warren, y el mismísimo presidente Obama fueron criticados tras plantear que los norteamericanos ricos deberían estar agradecidos por, según el mandatario, “este increíble sistema que tenemos que les ha permitido progresar”.

Frank insiste en que a la gente de fortuna (de dinero) no le gusta que les llamen “afortunados”, es decir, marcados por la vara de la suerte. Todos creen que lo que tienen es únicamente producto de su inteligencia, de su perseverancia, o de su emprendimiento. “Hay quienes simplemente no quieren que les digan que no lo hicieron todo por sí mismos”, reconoce Frank.

A estos y a tantos otros, el economista les dedica su nuevo libro “Success and Luck: Good Fortune and the Myth of Meritocracy” (“Éxito y suerte: la buena fortuna y el mito de la meritocracia”), que es un estudio que insiste en que todos nosotros, pero sobre todo los ricos, deberíamos acabar de admitir que la suerte en algún momento se puso de nuestra parte.

Pero, ¡cuidado!, no quiere esto decir que Bill Gates o Warren Buffett hayan sido solamente personas con suerte. “Está claro que, en su mayoría, los grandes ganadores del mercado son muy talentosos como personas que trabajan duro”, recalca el autor.

Porque lo cierto es que en no pocos casos no creer en la suerte es de por sí ya un antecedente para el éxito: alguien que no cree en la suerte, pero que se empeña en lanzarse al ruedo. En estos casos, casi siempre funciona la divisa “genera tu propia suerte”, lo que significa que si estudias, trabajas, te empeñas aún más, pues “tu” suerte llegará.

Sin embargo, Robert Frank sí cree en la importancia de esta otra suerte, que no es la que depende de nosotros. De hecho, triunfadores como Bill Gates deberían de reconocer que en ciertos momentos definitorios de sus carreras, la suerte los acompañó.

Bastaría, por ejemplo, con ir a las estadísticas: en las ligas profesionales de hockey, los investigadores han notado que el 40% de los jugadores nacen en los primeros tres meses del año, mientras que sólo el 10% ha nacido en octubre, noviembre y diciembre. ¿Por qué? Porque el 1 de enero de cada año, a la hora de seleccionar un equipo de jugadores de un mismo año, digamos 1996, se tiende a escoger los más competentes, los mejor formados, los más maduros, y estos casi siempre son los más mayores en edad, esos que nacieron en el primer trimestre; mientras que para quienes nacieron en el último trimestre habría pocas posibilidades de resaltar. ¿Entonces? Quien haya tenido la mala suerte de nacer en diciembre, tendrá contendientes hasta 11 meses mayores; lo que no significa que las puertas del éxito se le cierren completamente.

También está el caso de Bill Gates: a pesar de crecer en la década de 1960, el co-fundador de Microsoft tuvo la suerte de asistir a una rara escuela que le ofrecía a los estudiantes acceso ilimitado a las computadoras. O la historia de Bryan Cranston, un actor respetado durante décadas en la televisión y el cine, pero que solo vino a convertirse en una estrella, con más de 60 años, con la serie Breaking Bad. ¿Y dónde está la suerte? Que Cranston no era el primero en la lista de los elegidos por los productores. Antes que él estaban John Cusack y Matthew Broderick, quienes rechazaron el papel, haciendo que los directivos tuvieran que llamar a un actor menos famoso.  "Usted puede tener el talento, la perseverancia, la paciencia, pero sin suerte no tendrá una carrera exitosa", ha recalcado el mismo intérprete.

Según Robert Frank, cada vez más la economía se está pareciendo a los deportes o a la música, donde millones de personas compiten y los ganadores ganan miles de veces más que los otros.

“Ganar una competencia en la que participen gran cantidad de contendientes –escribe Frank- exige que prácticamente todo salga bien. Eso, a su vez, significa que aunque la suerte cuente en solo una parte trivial del desempeño completo, rara vez hay un ganador que no haya tenido, además, mucha suerte”.

Y ya que es totalmente imposible controlar nuestra suerte, Frank asegura que la única solución está en invertir más en educación, en infraestructura y en todas las otras cosas que sabemos nos ayudarán a tener éxito.

A nivel de país, cuanto más destinemos a estos bienes públicos, muchas más personas tendrán la oportunidad de tener suerte.