El Partido Demócrata se quedó sin cabeza, y también necesita ajustar su corazón

El Partido Demócrata recibió un golpe contundente con la victoria de Donald Trump en la elección presidencial. La derrota de Hillary Clinton, inesperada en muchos sentidos, mostró que su candidatura, y la estrategia del partido en torno a ella, erró en su diagnóstico del malestar de amplias capas sociales del país y de la percepción que éstas tenían de la propia candidata y de la forma como ella respondía, o no, a sus necesidades y prioridades vitales. Algo que fue especialmente crítico en estados que resultaron decisivos en la contienda: Pennsylvania, Wisconsin, Michigan.

La conclusión directa al respecto es que el Partido Demócrata, sumido en una crisis, requiere de un nuevo liderazgo y de una reformulación de prioridades y mensajes. Y aún no es claro quién puede tomar las riendas de esa organización clave en el esquema político-democrático de Estados Unidos.

Tras la derrota de Hillary Clinton ante Donald Trump, la figura de Bernie Sanders cobra fuerza dentro del Partido Demócrata. (Getty Images)

¿Es el presidente Barack Obama, que culmina su periodo con notable popularidad y tendiendo puentes hacia su sucesor, quien puede conducir al Partido, o quizá el también popular vicepresidente saliente Joe Biden? ¿Pueden los líderes más progresistas como Bernie Sanders o Elizabeth Warren, que se opusieron al establishment clintoniano y son cercanos al sentir de la clase trabajadora, ser los que reconduzcan al partido y lo enfoquen más a la izquierda? 

¿O son figuras menos intensas como Martin O’Malley, que se colocó en una suerte de punto medio entre Clinton y Sanders, personalidades de larga trayectoria como el influyente senador Charles Schumer o el polémico Howard Dean o, incluso, nuevas figuras como el joven representante afroamericano Keith Ellison, el primer musulmán electo al Congreso u otras aún por surgir?

Y hay quien señala que, pese a su derrota, el propio grupo de Clinton no estaría liquidado y que la excandidata y su compañero de fórmula, el senador Tim Kaine, podrían tener voz en el futuro de su partido.

Es aún pronto para saberlo y el proceso de transformación, cabe decir, va más allá de los rostros y los curriculums. Tiene que ver con el alma del Partido y el sentido de su filiación hacia la ciudadanía que priorizará en el futuro.

Keith Ellinson, representante por Minnesota y el primer musulmán en ser electo al Congreso, es una opción progresista para liderar al Partido Demócrata. (ABC)

En principio, resulta equívoco suponer que la derrota de Clinton implica la debacle irremediable del Partido Demócrata o de las ideologías liberal o progresista. Ciertamente Clinton representaba el ala hegemónica, apoyada en poderosas e influyentes líneas que se remontan décadas atrás. 

Clinton era sin duda parte y cabeza del establishment y eso fue evidente desde el principio. Su muy amplia mayoría de superdelegados durante la contienda primaria (609 contra los 47 de su rival en esa etapa, Bernie Sanders), desproporcionadamente amplia en comparación a su ventaja en los delegados resultantes del voto popular, señalaba que ella contaba con el pleno apoyo del aparato partidario y de las élites cercanas a él. Pero también la avaló la mayoría de los votantes, en la primaria y en la elección presidencial.

Trump ganó por las reglas de la elección, que proclaman ganador a quien obtiene al menos 270 votos electorales, y de allí emana su legitimidad presidencial. Ganó porque en ese esquema fue capaz de convencer y volcar en su favor a la mayoría de un electorado clave en estados donde Clinton, por error, omisión o personalidad, no logró convencer a la mayoría, aunque el consenso o la ilusión era que allí (Wisconsin, Pennsylvania o Michigan) lo lograría.

Martin O’Malley, que compitió en la primaria demócrata, es visto como una opción de centro para liderar al partido. (AP)

Y, ha de decirse, ganó porque en esas y otras áreas su discurso de rechazo al sistema, de devolver oportunidades a las clases trabajadoras, fue efectivo, tanto que neutralizó (y para algunos, reforzó) ante esos votantes el peso de las posiciones más ofensivas y negativas de Trump durante su campaña. Muchos votantes que posiblemente fueron decisivos en esos estados deploraron las ofensas de Trump pero a la postre eso no fue tan importante como el mensaje antisistema del magnate y la desconfianza que generaba Clinton.

La crisis demócrata es, así, tanto de liderazgo como de identidad.

Pero no puede obviarse que la candidatura demócrata fue la más votada, algo que no le concede la presidencia (que le corresponde a Trump) pero sí muestra que el apoyo y la influencia de los preceptos demócratas, liberales y progresistas, cuentan con muy amplio respaldo popular. El hecho de que esos votantes se concentren en varios estados muy demócratas, y que en otros el mensaje de Clinton y sus propias limitaciones y escándalos no caló entre un electorado que resultó decisivo (la clase trabajadora de raza blanca en el Medio Oeste, por ejemplo), catalizó la derrota de la candidata demócrata. Es en esa vitalidad popular en la que se podría fundar la renovación del Partido Demócrata.

Y es un cambio urgente y muy importante (el propio Partido Republicano también requiere transformaciones, pero estar del lado victorioso con frecuencia cambia el ritmo, las prioridades y las influencias en esos cambios) pues el riesgo de fragmentación existe si se dividen irreconciliablemente las alas progresista y moderada del Partido, entre la izquierda y el establishment. Una situación similar sucede entre los republicanos, que viven una tensión (hasta ahora opacada por el bálsamo de la victoria) entre la extrema derecha y los moderados, entre los conservadores tradicionales y los pragmáticos populistas.

El presidente Barack Obama, que cierra su mandato con gran popularidad y con apertura hacia Trump, podría tener aún un papel clave en su partido. (AP)

El dato provisional (muchos votos enviados por correo aún no son contados, por ejemplo, en California y otros estados) de que, en comparación con la elección presidencial de 2012, en la de 2016 Trump recibió 1.5 millones de votos menos que Mitt Romney, y Clinton 6 millones menos que Obama revela que, en realidad, la crisis sociopolítica va más allá de ganadores y perdedores. Sería un fenómeno general.

Pero sea quien sea la figura que lo dirija en sus distintos niveles (a escala de la estructura partidaria, en el Congreso o, muy importante, en lo local, en la calle y ante la opinión pública), el Partido Demócrata debería priorizar las necesidades populares de todos las religiones y grupos, de blancos, latinos, afroamericanos, asiáticos, nativoamericanos, de las mujeres, los hombres, los niños y jóvenes, los inmigrantes, las personas LGBT, los discapacitados o los veteranos, desde una perspectiva de los trabajadores y las clases medias y con una firme defensa de la economía justa, el desarrollo económico incluyente, las libertades fundamentales, los derechos civiles, las garantías constitucionales y los valores democráticos.

Si lo hace podrá recuperar terreno y ser un fuerte contendiente en futuras elecciones federales y, además y mucho antes, podrá ser una fuerza de diálogo constructivo con el nuevo gobierno federal y de acción para mitigar o neutralizar las posibles tendencias autoritarias o reaccionarias que podrían surgir de la presidencia de Trump.

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