El monstruo y ella (II)

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Héctor de Mauleón | En Tercera Persona

Aquella tarde, Patricia “N” invitó a una vecina a que fuera a su casa a beber un refresco. Su esposo, Juan Carlos “N”, veía la televisión en la recámara. La vecina llegó acompañada de su hija, una niña de diez años. Ambas iban a ser las víctimas siguientes del asesino serial de Ecatepec y de su oscura esposa.

Todo en el mundo de ellos es sórdido y desaforado: Cuando Juan Carlos escuchó que había visitas, salió de la habitación, se sentó junto a la vecina y comenzó a acariciarle las piernas, “preguntándole que si no le molestaba”. La vecina dijo que no. Juan Carlos le ordenó entonces a Patricia que también ella la acariciara. “Le pregunté si quería experimentar, y me dijo que sí, que si en esta vida no se experimentaba no se era vida” (sic), relató Patricia “N” tras su detención.

Tuvieron relaciones “durante unos treinta minutos”. Cuando todo terminó, la vecina lucía molesta. Estaba a punto de irse, pero Juan Carlos le dijo: “Cómo ves que no te vas a ir, porque me vas a denunciar”. Comenzaron a forcejear. Él la tumbó en la cama y le pidió a su esposa que la amarrara de los pies. Luego, la llevó cargando al cuarto de baño, y ahí la degolló.


“A ella no nos la comimos porque no tenía gas”, narró Patricia, “y Juan Carlos no se la quiso comer”.

De cualquier forma, él “la cortó en cachos con sus tijeras de pollero”. Metieron los restos en bolsas negras y en costales, y aguardaron hasta la noche siguiente para ir a tirar una parte al baldío de la calle Lázaro Cárdenas, y otra “detrás de la tienda de doña Lupe” (según la mujer, habían llegado a conservar los despojos de algunas de sus víctimas hasta por dos semanas, pues a veces “había mucha vigilancia de los policías que andan bici”).

Al día siguiente, Patricia fue al mercado a comprar la comida. En su declaración no aparece qué ocurrió con la hija de la vecina durante todo ese tiempo. La mujer relató, sin embargo, que al volver del mercado encontró a la niña llorando, “porque Juan Carlos ya había abusado sexualmente de ella”. “No vi cómo la mató, porque yo estaba haciendo la comida”, dijo, “su carne nos la comimos asada”.


En noviembre de 2017, Patricia y Juan Carlos se mudaron a Playa Tijuana, en Jardines de Morelos. Ahí cobraron su siguiente víctima: una joven de 16 años, adicta a los solventes, hija de una de las primeras mujeres asesinadas por la pareja (la misma que fue a venderles una licuadora). La joven iba a verlos con frecuencia, porque “en la casa le dábamos comida y para su vicio”.


Una noche la muchacha se quedó a dormir, y tuvo relaciones con Juan Carlos. Despertó aún drogada, y siguió inhalando PVC. A Juan Carlos le molestó que la muchacha siguiera “ahí en la casa”. Así que la degolló, “la dejó desangrar y la cortó en pedazos… grasa, carne”.


La carne, dijo la mujer, “se la dio a los perritos de la calle” y guardó “los huesitos para venderse” (se sabe que se los entregaba a un individuo, se cree que un santero, con quien se reunía en una estación del Mexibús).


El resto lo depositaron en cubetas de plástico, a las que cubrieron con cemento. Estos objetos fueron llevados a un nuevo domicilio, en la calle Isla, al que estaban a punto de mudarse cuando fueron detenidos.


“Ya habíamos llevado el cuchillo que ocupaba él para cortar a las muchachas… se fue en una bolsa de los trastes”, relató Patricia.


La declaración de Patricia contiene los detalles de cuatro asesinatos más. De cómo la pareja guardó en el refrigerador de su domicilio los restos descuartizados de una las víctimas, y de cómo Juan Carlos violó a una de estas, después de haberla asesinado.


“Cuando intentó huir, la agarramos y yo le ayudé a amarrarla de los pies con un cincho que tenía Juan Carlos en el refri y con un lazo”.


Desde la cuenta @leogarciamx, un vecino de Ecatepec —el ingeniero en sistemas y desarrollador web independiente Felipe García—, informó que el lugar en donde todo esto ocurrió no era precisamente un sitio marginal: se halla a 160 metros de un mercado y de un salón de fiestas; está a solo 750 metros de una secundaria de gobierno, y a 710 de un colegio particular.


El baldío al que Juan Carlos y Patricia iban a tirar los restos se halla muy cerca de ahí, sobre “una calle concurrida, que es paso para llegar a una avenida principal, en medio de casas habitadas”.


La conclusión de García es aterradora: durante todo este tiempo, ellos caminaron entre nosotros. Ellos caminan entre nosotros.

@hdemauleon
demauleon@hotmail.com

LEE aquí la primera parte: El Monstruo y ella