El lado B de un conductor del Metro en Ciudad de México

Foto: Ronaldo Schemidt/AFP/Getty Images

Por Daniela Barranco

Todos los días, millones de personas viajan en el Metro de la Ciudad de México: unos para ir a sus oficinas, a la escuela o a pasear. Pero hay otras que lo usan porque ese es su trabajo: se trata de los conductores, quienes dan varias vueltas en las 12 líneas y nos llevan a nuestros destinos, y a quienes casi nunca vemos ni sabemos nada de ellos.

Solo en 2018, el Sistema de Transporte Colectivo Metro fue utilizado por 1,647 millones 475 mil 13 usuarios, la mayoría de ellos pasa por la estación Pantitlán, que es la de más afluencia. Cada día, sobre todo en horas pico, quienes lo usamos solemos molestarnos por la “marcha lenta del tren”, pero no sabemos qué hay detrás ni lo que pasan los conductores de los trenes.

Así es el día a día de un conductor

Foto: Ronaldo Schemidt/AFP/Getty Images)

Desde hace 30 años, Enrique Trejo se levanta de madrugada: su jornada laboral comienza a las 4:30. Se transporta desde Ixtapaluca hacia Constitución de 1917, terminal de la línea 8 del Metro, de la que es conductor y que tiene 27 trenes.

De lunes a viernes, Enrique recorre 20,078 kilómetros en una vuelta de 19 estaciones, que termina en Garibaldi. Tan solo en lo que va de 2019, por dicha línea han viajado más de 65 millones de personas, de acuerdo con datos del Metro. «El máximo de vueltas por conductor es de cinco», cuenta Enrique, conocido en esta línea por dar mensajes positivos por medio del micrófono del tren.

La jornada para los conductores del Metro se divide en tres turnos: el primero de 4:30 a 12:30, el segundo que va de 12:00 a 19:00 o 20:00, y el último que es de 18:00 a 1:00. Los del primer turno, deben revisar que su tren esté en buenas condiciones físicas y eléctricas.

Al llegar, se reportan con el inspector de terminal, quien les indica a qué garaje deben ir por el tren que manejarán. Y así comienza el recorrido por cada línea. De acuerdo con Enrique, no es difícil manejar un tren del Metro, pero sí requiere de mucha atención.

(AP Photo/Eduardo Verdugo)

Y es que se debe conducir con el piloto automático, solamente cuando hay una avería, cuando hay personal en vías o cuando está lloviendo, los conductores deben manejar con el modo manual.

«Lo más complicado son las averías, lo que hay que hacer para que el tren se mueva», cuenta el conductor.

Sin embargo, Enrique sabe cada detalle de la línea 8, donde ha manejado por 25 años, «la conozco como la palma de mi mano»; antes estuvo en la línea 1, que va de Observatorio a Pantitlán y de la cual salió por el calor.

Aunque suene sencillo ser conductor del Metro chilango, estos deben ir sumamente atentos a las señales y a los usuarios. Enrique sube al tren, saluda a las personas que viajan en él y comienza la marcha. En cada estación, debe abrir las puertas de su convoy, asomarse y verificar que las personas hayan entrado al tren. Una vez que suena o está la señal de que puede avanzar, enciende la señal de puertas y las cierra y avanza.

Enrique Trejo | Foto: Daniela Barranco

Enrique prefiere hacer los viajes de pie, pues el asiento designado al conductor brinca demasiado.

El semáforo del Metro es diferente: aunque sí hay una luz roja, los conductores deben estar atentos a las flechas o un triángulo, que se llama Despacho bajo orden y que les marca un alto para regular los tiempos y la distancia entre los trenes, y el cual está bajo el control del Puesto Central de Control (que está en Salto del Agua).

Una vez que Enrique llega a Garibaldi, la última estación de la línea 8, no baja del tren. Para hacer el cambio de dirección, ahí siempre hay otra persona que aborda la cabina y lleva el tren hacia el sentido contrario, para que Enrique pueda hacer su viaje de regreso.

Para empezar, Enrique da tres vueltas a la línea 8, luego desayuna y regresa a dar sus últimos dos viajes del día. Cada línea tiene sus conductores designados por turno y hay algunos que son conocidos por los usuarios en cada línea; por ejemplo, en la de Universidad a Indios Verdes está ‘Wolverine’, un conductor que se caracteriza como este personaje y se baja a saludar a los usuarios.

Foto: Ronaldo Schemidt/AFP/Getty Images

La vida al frente del tren

El Sistema de Transporte Colectivo Metro tiene doce líneas y cada una tiene sus detalles. Y para Enrique, es lo mismo con cada turno. En las mañanas, dice, sí hay varias peleas y discusiones debido a la gran afluencia de personas, pero para él el turno más difícil es el de la noche, sobre todo los viernes y fines de semana.

Cuando el tren se detiene y no es por algún desperfecto en vías o en el convoy, es por estas peleas y hasta porque, en ocasiones, a Enrique le ha pasado que a niños se les atoran los brazos entre los asientos.

La sonrisa de Enrique se borra por unos minutos y su voz suena un tanto triste, pues recuerda uno de sus peores momentos en estos 30 años como conductor. Fue cuando golpeó a una persona con el tren y quien murió. Cuando pasan este tipo de cosas, hay distintas áreas que apoyan a los conductores, por ejemplo, con atención médica o psicológica. Pero también cuenta, Enrique, si el conductor puede, debe sacar a la persona para agilizar la marcha del tren.

Foto: Ronaldo Schemidt/AFP/Getty Images

Un gesto para todos

Desde un inicio, los compañeros de Enrique se burlaron, todavía algunos le comentan que ya deje de hacerlo. Pero para él es una forma de que sus viajes sean más amenos no solo para él, sino también para las personas que utilizan la línea de Constitución a Garibaldi.

Las personas van escuchando música, leyendo o cada quien pensando, seguramente, en el mar de cosas que deben hacer, de repente suenan los altavoces del tren y más de uno pone cara de extrañeza. «Buenos días. Por favor sonrían. Hagamos la diferencia a donde sea que vayamos con una sonrisa. Que tengan todos ustedes un excelente día».

Hace ya tres años que Enrique da este tipo de mensajes a los usuarios. Todo empezó desde que empezó en el primer turno, pues dice que se di cuenta que las personas iban de mal humor desde las 5 de la mañana, así que pensó probar y ver qué pasaba si deseaba buenos días a la gente.

Luego una compañera le preguntó si había pensado en dar otro tipo de mensajes, lo que clavó una espinita en Enrique, quien dice que no tiene facilidad de palabra, pero aun así comenzó a buscar y frases positivas para vocear en cada uno de sus viajes.

En este tiempo, ha recibido buenos y malos comentarios, pero Enrique piensa que le hace bien dar estos mensajes. También sabe que puede hacer la diferencia por lo menos a alguien. «La gente viene a darme la mano, abrazarme o darme las gracias. Eso es lo máximo».