El cinematógrafo sobrevive en La Paz

LA PAZ, Bolivia (AP) — Una caja de fierro y hojalata parecida al cinematógrafo que inventaron los hermanos Lumiere en la Francia de 1895 todavía proyecta películas sin sonido en un parque de La Paz y aunque parezca raro le permite sobrevivir a su dueño.

Es como escuchar a Carlos Gardel en un fonógrafo en tiempos en que los jóvenes ven vídeos en sus celulares o películas tridimensionales en el cine.

El cliente asoma los ojos por un tubo que al taparlo con el rostro crea una cámara oscura. El celuloide cobra movimiento cuando Angel Hinojoza hace girar una manivela y los cuadros de la película, ampliados por un lente grueso, pasan por un visor que ilumina una bombilla eléctrica.

La cartelera incluye a los superhéroes de antaño: Kalimán, el Santo, Blu Demon y clásicos de Walt Disney como Peter Pan y Blanca Nieves.

La exhibición dura cinco minutos y cuesta un dólar para dos personas. Los ocasionales clientes no son sólo niños también cincuentones nostálgicos que añoran regresar a la infancia cuando descubrieron la magia del cine.

Hinojosa tiene 77 años y su caja construida por un hojalatero con partes de viejos proyectores hace más tres décadas le permite ganar unas monedas al día. "Aquí hice mi vida", dice.

Unas cuadras arriba en una plaza donde se fundó La Paz en 1548 Juan Quispe toma fotos color sepia con una cámara de cajón con tres patas largas de madera, otra rareza muy popular en el siglo XIX. Sin embargo, sus clientes prefieren fotos a color con la polaroid que Quispe tiene escondida bajo su asiento.

Su cliente prefiere una foto antigua, se peina en un pequeño espejo, mira al hueco de la cámara, Quispe retira la tapa del lente y la imagen en negativo queda plasmada en el papel y va tomando forma después de pasar por un líquido fijador.

"Ya es muy raro que quieran tomarse fotos antiguas", dice.

No son los únicos oficios que sobreviven en esta ciudad andina de contrastes. En el caso viejo casi desaparecido y cerca de un mercado de toldos al aire libre todavía se puede comprar fruta en antiguos tambos que funcionan en patios enormes de casas coloniales que a la vez hacen de posada para agricultores que traen su mercadería en camiones.

En medio de ese laberinto sobrevive el aparapita o cargador. Es un hombre menudo de rostro cobrizo y el cuerpo sólido como si lo hubieran compactado. Lleva un lazo al hombre y es capaz de cargar enormes costales de papa y cebollas de los camiones a cambio de unas monedas.

Este personaje de ropas raídas y una bola de coca en la boca que chupa topo el tiempo para disipar el hombre y el cansancio ha inspirado a escritores y poetas. Sobrevive en el pequeño microcosmos del barrio El Rosario en pleno centro de La Paz, de calles estrechas invadidas por multitudes de vendedores donde sólo es posible abrirse paso a pie.

En medio de esa colorida toldería se pueden encontrar desde restaurantes de comida árabe, caldos de pescado servidos en la calle, hoteles para turistas mochileros, tiendas con las últimas novedades de celulares y casonas de teja junto a edificios modernos.

En uno de esos callejones Dionisio Limachi se gana la vida como afilador de cuchillos de carnicería.

Vestido con un overol gastado, Limachi hace girar con el pie derecho una rueda metálica forrada de goma que a la vez hace dar vueltas el esmeril. El cuchillo de destazar carne arroja chispas mientras va tomando filo.

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