EE.UU.: los militares temen que su tradición apolítica se vea trastocada por el caos

Lolita C. Baldor
·6  min de lectura

WASHINGTON.- Las palabras pronunciadas por el máximo oficial militar de Estados Unidos tenían el tono de siempre, pero en medio de una semana caótica para el Pentágono, resultaban especialmente pertinentes.

"Somos un caso único entre los militares", dijo el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Mark Milley. "No le prestamos juramento a ningún rey o reina, a ningún tirano o dictador. No le prestamos juramente a ningún individuo".

Milley dijo esas palabras el miércoles, durante la inauguración de un museo del Ejército, la misma semana en que el presidente Donald Trump despidió al secretario de Defensa, Mark Esper, y colocó a tres ultratrumpistas en altos cargos con poder de decisión del Pentágono. Esos cambios repentinos generaron temor por lo que Trump pueda llegar a hacer en los dos meses finales de su mandato, y por la posibilidad de que la histórica naturaleza apolítica de las fuerzas armadas norteamericanas se vea trastocada.

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Parado junto a Milley mientras pronunciaba esas palabras estaba el sucesor interino de Esper, Christopher Miller. Los comentarios del máximo oficial militar norteamericano reflejan una visión de la que es un apasionado defensor: que el deber inequívoco de las Fuerzas Armadas es proteger y defender la Constitución, y que ese es "el norte moral" de todos los uniformados.

Pero en tiempos tumultuosos -Trump se sigue negando a reconocer su derrota-, el mensaje de Milley no deja margen de duda: los militares existen para defender la democracia y no para ser usados como peones políticos. "Nosotros le prestamos juramente a la Constitución", continuó Miller, "y todos los miembros del servicio activo deberán proteger y defender ese documento, sin importarles el precio personal que deban pagar."

Las motivaciones detrás de los recambios en el Pentágono son inciertas, pero la molestia que generó en la sede de los militares es palpable. ¿Simplemente se deshizo de Esper porque no lo consideraba leal, o Trump tienen un plan más amplio para implementar cambios de rumbo en sus últimos días como comandante en jefe de los militares? Y en un escenario aún más extremo, ¿no será que Trump pretende ayuda de los militares para permanecer en el poder más allá del 20 de enero, fecha de asunción del nuevo presidente?

Milley descarta esa posibilidad y ya le ha manifestado al Congreso que "toda disputa relativa a algún aspecto de las elecciones debe dirimirse, por ley, ante los tribunales o el Congreso de los Estados Unidos, y no a través de las Fuerzas Armadas". También agregó que los militares en servicio no deben involucrarse en la transferencia de poder después de una elección.

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El fastidio de Trump con Esper venía en aumento, sobre todo después de que el funcionario se opusiera abiertamente al deseo del presidente de desplegar al personal en servicio activo durante los disturbios civiles de junio. Esper también había trabajado con los altos mandos militares para convencer a Trump de que no retirara por completo las tropas de Siria y Afganistán.

Si el motivo del recambio es facilitarle a Trump algunos cambios de política rápidos, poner a acólitos leales en puestos clave seguramente ayude, sobre todo si el objetivo es complicar la transición del poder al presidente electo Joe Biden. Otro de los objetivos posibles puede ser acelerar el retiro de tropas, pero no hay muchas otras razones posibles a la vista.

En un edificio como el Pentágono, que se enorgullece de planificar exhaustivamente cada paso, es muy poco probable que se produzcan cambios rápidos y drásticos en las últimas diez semanas de Trump en el poder. El Pentágono es una gigantesca maquina burocrática masiva que no sabe girar en U. Y si bien el Departamento de Defensa se asienta en el principio democrático de un ejército controlado por civiles, los miembros del Estado Mayor Conjunto son poderosos asesores presidenciales con décadas de experiencia, y tienen en sus manos documentos que detallan las posibles consecuencias de cualquier acción que se tome en materia de seguridad nacional.

Hasta el momento, los altos mandos militares no han recibido nuevas órdenes. Y los máximos comandantes, incluido Milley, hacen llamados a la calma y piden paciencia, para proyectar la imagen de un Estados Unidos que sigue siendo una superpotencia global confiable, donde reina la estabilidad.

Muchos siguen de cerca lo que pueda pasar con Afganistán y lo consideran un buen indicador. Trump agita desde hace tiempo la idea de "traer a los muchachos a casa para las Fiestas", mientras que los líderes militares insisten con un retiro de tropas más metódico, que dé tiempo para sacar el equipamiento bélico y para presionar a los talibanes durante las negociaciones de paz. El último golpe de Trump como comandante en jefe podría ser ese: cumplir con su objetivo de retirar a todas las tropas.

Durante los últimos cuatro años, Milley y su predecesor, el general de marina Joseph Dunford, se las arreglaron para frenar o dar forma a los impulsos bélicos de la Casa Blanca. Lograron evitar el retiro total de Siria y desaceleraron el retiro de Afganistán, para preservar la negociación de Estados Unidos con los talibanes y vigilar el resurgimiento de las milicias de Estado Islámico. Milley también hizo causa común con Esper para convencer a Trump de que no desplegara tropas del servicio activo para sofocar los disturbios civiles del mes de junio.

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Pero en otras cuestiones políticas, los líderes del Pentágono hicieron la venia y marcharon sin chistar. Encontraron la forma de usar dinero del Departamento de Defensa para colaborar con la construcción del muro prometido por Trump en la frontera sur, crearon la Fuerza Espacial que tanto ansiaba el presidente, eludieron la prohibición explícita de la bandera de la Confederación y se negaron a cambiarle el nombre a las bases militares dedicadas a generales confederados. Esper también se ocupó de transmitirles a los aliados de la OTAN el pedido de Trump sobre el aumento del gasto en defensa, aunque con éxito relativo. De hecho, el intento de que los países miembros aumenten su gasto en defensa fue la continuación de un esfuerzo iniciado durante la administración Obama.

Los abruptos cambios de personal esta semana, sin embargo, profundizaron la inquietud del personal civil y militar del edificio de cinco lados. Además de reemplazar a Esper por Miller -exdirector del Centro Nacional de Antiterrorismo-, Trump colocó a sus leales Anthony Tata como subsecretario de política laboral militar y a Esra Cohen-Watnick como subsecretaria interina de inteligencia. James Anderson y Joseph Kernan, respectivos ocupantes de esos cargos, habían renunciado el martes.

Miller trajo a su propio jefe de gabinete, Kash Patel, integrante del estrecho círculo de colaboradores que viajaron extensamente con Trump durante el tramo final de la campaña. Miller también trajo como asesor principal a Douglas MacGregor, un ferviente impulsor de un retiro total de Afganistán.

Miller ha dicho poco sobre sus planes al frente del organismo. Esta semana, durante sus primeras reuniones con los máximos funcionarios de defensa, se tomó tiempo para presentar su biografía, que incluye su servicio como Boina Verde del Ejército y un mandato como secretario adjunto de operaciones especiales del Pentágono.

La inauguración del miércoles del Museo Nacional del Ejército de los Estados Unidos en Fort Belvoir, Virginia, fue su primer evento público, y aprovechó para hablar sobre su época en el servicio activo y su orgullo de haber pertenecido al ejército. A su lado estaban Milley, el secretario del ejército Ryan McCarthy y el jefe de gabinete del ejército, el general James McConville. Todos ellos hicieron uso de la palabra, pero ni Trump ni las elecciones fueron mencionados una sola vez.

Agencia AP

(Traducción de Jaime Arrambide)