Duelo de trinos: la batalla por el campeonato de pájaros cantores de Surinam

Anatoly Kurmanaev
·6  min de lectura
Jaulas para aves en una tienda de mascotas. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
Jaulas para aves en una tienda de mascotas. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
Dueños de aves se reúnen en un parque en Paramaribo, Surinam. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
Dueños de aves se reúnen en un parque en Paramaribo, Surinam. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)

Las competencias de aves cantoras, un pasatiempo más cercano a la meditación que a un deporte de alto rendimiento, son importantes en Surinam. Triunfar requiere de años de entrenamiento y un aprecio por la lentitud.

PARAMARIBO, Surinam— Todos los domingos apenas amanece, cuando gran parte de la ciudad todavía duerme, un grupo de hombres se reúnen en el pasto crecido de un parque público en un barrio calmado de la capital de Surinam, el país más pequeño de Suramérica. Se juntan y callan.

Llevan jaulas y dentro de cada una, un ave cantora: un picolete, un rowti, un semillero piquigrande, que en el país se conoce con el nombre mucho más musical de twa-twa. Durante las siguientes horas, los hombres se inclinan, silenciosos y concentrados y escuchan a los pájaros, mientras los jueces toman nota de la duración de las ráfagas de canto y califican la actuación de cada cantante en una pizarra.

La audiencia está absorta, sin embargo, los entrenadores acogen las victorias y las derrotas con la misma cortesía silenciosa que ha caracterizado la mañana.

Las competencias de canto de aves, una suerte de Batalla de las Bandas entre aves tropicales adiestradas, son una obsesión nacional en Surinam. Es un pasatiempo más parecido a la meditación que a los deportes adrenalínicos que encienden pasiones en otros países, pero detrás hay años de entrenamiento, miles de dólares en inversiones y una comunidad muy estrecha que, en silencio, se resiste al ritmo del mundo moderno.

“A algunas personas les gusta el futbol o el basquetbol”, dijo Derick Watson, un oficial de policía que en sus días libres fuma puros y ayuda a organizar las competencias. “Este es nuestro deporte. Es un modo de vida”.

Las aves son las mascotas más populares de Surinam, un país de medio millón de habitantes situado en la esquina atlántica de Suramérica, donde una inmaculada selva tropical alberga uno de los ecosistemas más diversos del planeta. No es inusual ver jaulas con loros y otras aves tropicales en las cafeterías y mercados del país e incluso en los buses del transporte público.

El campeonato anual de canto de aves, que culmina en las eliminatorias que se emiten en cadena nacional cada diciembre, atrae a un centenar de competidores que se enfrentan por los trofeos y un momento de gloria nacional.

Hace unos años, en 2016, el plácido deporte tuvo un fugaz encuentro con la fama internacional cuando el boxeador estadounidense Mike Tyson hizo una visita sorpresa a Surinam y llevó su propia ave.

Hizo boxeo de sombra con el público, pero fue derrotado por un cuidador de aves local.

En Surinam, los pájaros más exitosos, con vigor reconocido, se venden hasta por 15.000 dólares, una fortuna para un agricultor pobre en la excolonia holandesa que se independizó en 1975. Pero parte del atractivo del deporte es que, de entrada, es accesible a todo el mundo y cualquiera puede encontrar aves jóvenes sin entrenar por apenas unos dólares en las tiendas de mascotas.

“Es una tradición”, dijo Arun Jaimsi, un dueño surinamés de una tienda de animales y uno de los campeones de la competencia del año pasado. “Crecimos con ella”.

“Cuando mi padre me dio dinero para comprar una bicicleta, fui y me compré un pájaro”, dijo Jalimsi.

Contó que su familia tenía unas 200 aves cantoras en sus casas y que le relajaba escuchar los constantes píos, trinos y gorjeos. Su esposa, dijo, no está tan de acuerdo.

Entrenar a un pájaro cantor requiere experiencia así como mucha paciencia y perseverancia. Para aumentar la resistencia del canto de las aves, los aficionados pasan años estimulándolas con interacciones, regulando sus dietas y acercándolas a compañeros machos o hembras según intrincadas estrategias de entrenamiento diseñadas para incitar los comportamientos de cortejo o competencia de cada ejemplar.

“Los observas constantemente en casa, observas su comportamiento”, dijo Watson, el policía.

Es una labor meticulosa y repetitiva,pero también una inversión a largo plazo. Algunas aves llegan a vivir hasta 30 años, una carrera que supera con creces a la de la mayoría de los atletas profesionales.

Surinam es un país diverso, herencia del sistema colonial holandés que trajo a personas en condición de esclavitud y trabajadores forzados de todo el mundo para trabajar en las plantaciones azucareras, cafetaleras y bananeras. La competencia de pájaros cantores es un reflejo de esa diversidad.

Los dueños de aves de ascendencia africana, india, china e indonesia —los principales grupos étnicos de Surinam— se mezclan en los campos de competencia. Un concursante llegó con las jaulas atadas en una motoneta diminuta y destartalada. Otro llegó en una lustrosa Hummer. Los aficionados apoyan a distintos partidos políticos y a menudo viven en barrios separados y definidos por sus grupos étnicos.

Las décadas tras la independencia del país han sido turbulentas. El país ha pasado por una guerra civil, asesinatos políticos y crisis económicas. El presidente anterior fue condenado por asesinato cuando estaba en el cargo. El actual vicepresidente es un ladrón de bancos convicto que enfrenta acusaciones de narcotráfico en el extranjero.

Sin embargo, las diferencias políticas, raciales y de clase que han creado confrontaciones en otros escenarios no intervienen en la cortesía de la comunidad de dueños de pájaros cantores.

“Todos son amigos cuando vienen aquí”, dijo Marcel Oostburg, un aficionado a las aves y alto funcionario del Partido Nacional Democrático de Surinam, que dominó el país durante décadas antes de perder el poder en la tensa elección del año pasado. “Aquí nunca hablamos de política”.

En las estrechas calles de la capital, Paramaribo, la vida transcurre sin prisa entre las cabañitas en gentil decadencia que dejaron los holandeses y los canales cenagosos de paso lento. Aquí no se escucha el barullo, los bocinazos ni la música que invade a las grandes ciudades suramericanas. Las oficinas de Paramaribo se vacían a las tres de la tarde.

El idioma holandés que se habla en Surinam y su composición étnica han separado al país del resto del continente y su gente no se identifica por completo con sus vecinos suramericanos o caribeños. Para la mayoría, la gran conexión extranjera es con los Países Bajos, una antigua y alejada potencia colonial que ahora es donde viven casi tantos surinameses como en Surinam mismo.

Acudir a las competencias semanales de canto de pájaros, que empiezan a las 7 de la mañana, antes de que el calor tropical del día atenace a la ciudad, es desconectarse de las preocupaciones de la vida diaria.

Cada competencia dura de 10 a 15 minutos, según el tipo de ave. Durante este tiempo los participantes deben aislarse de las distracciones y escuchar muy de cerca para captar los matices del trinar. No hay dispositivos a la vista, no hay acción observable. Los pájaros apenas se mueven.

Durante horas, los cuidadores solo se enfocan en el canto, en su belleza y complejidad.

Cuando termina el concurso, no hay estallidos de júbilo resonante ni cuchicheos sobre la imparcialidad del juez. Pero las sonrisas de los dueños victoriosos proyectan un orgullo que cualquier campeón reconocería.

“Es la onda, por eso vengo cada fin de semana”, dijo Oostburg, el político.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company