¿Dos dosis = un voto? Cómo influyen las vacunas en las elecciones

Inés Capdevila
·11  min de lectura
El centro de vacunación Maccabi Health, en Tel Aviv, Israel
Jack Guez

La pandemia es, desde que trastocó al mundo hace un año, tan sanitaria como política. Unió sociedades antes polarizadas frente a un enemigo común que desconoce colores políticos o ideologías. Las dividió con (falsas) dicotomías como la de la salud o la economía. Desnudó, como pocos otros fenómenos en la historia, las desigualdades que gobiernan a los países y los relacionan entre sí. Permitió a los Estados, sobre todo los autocráticos, avanzar sobre los derechos individuales y libertades con el pretexto del cuidado del bienestar común. Condicionó elecciones en países pequeños y pobres o grandes y poderosísimos.

En el primer año de la pandemia, presidentes y primeros ministros debieron reaccionar a lo desconocido. Ningún Estado, ningún gobierno, ningún líder empezó 2020 preparado para la pandemia. Y la respuesta de cada uno de esos dirigentes fue determinante cuando tuvieron que enfrentar las urnas.

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Los neocelandeses reconocieron la determinación de Jacinda Arden de enfrentar el virus con una política integral que llegó a eliminarlo de la isla y la premiaron con una mayoría absoluta en el Parlamento y una rotunda reelección.

Donald Trump sobrevivió, el año pasado, a su primer impeachment, pero no a la irrupción del coronavirus. Primero lo ignoró, luego lo subestimó y, finalmente, pese a un saldo de contagio y muerte estremecedor, evitó restricciones muy estrictas por miedo a dañar su mayor argumento electoral, la economía. Una porción de norteamericanos lo votó en masa, en números mayores a los de 2016. No fue suficiente: una contundente mayoría de estadounidenses prefirió llevar a Joe Biden a la Casa Blanca.

Las elecciones generales se convirtieron en referéndums sobre la reacción de los líderes a lo desconocido y sobre su capacidad para proteger la salud sin descuidar la economía y viceversa. El segundo año de la pandemia incorpora una nueva protagonista electoral, una que tiene menos que ver con la reacción y más con la planificación y la organización: la vacuna.

A diferencia de lo que sucedió con el número de camas UTI, de los testeos o las cuarentenas automáticas, los gobernantes tuvieron tiempo de negociar contratos de vacunas y de preparar la logística de las campañas de inmunización. Este año, muchos deberán responder por el éxito o fracaso de esa planificación.

A juzgar por las proyecciones para las experiencias electorales que se avecinan, el éxito en la inmunización no necesariamente se transformará en un éxito en las urnas. La abundancia de vacunas no garantiza la victoria electoral, pero su ausencia sí puede conducir a una derrota.

Monjas, solicitantes de asilo y trabajadores extranjeros esperan en fila para recibir su primera dosis de la vacuna contra el coronavirus de Pfizer-BioNTech en un centro de vacunación en Tel Aviv, Israel
Ariel Schalit


Monjas, solicitantes de asilo y trabajadores extranjeros esperan en fila para recibir su primera dosis de la vacuna contra el coronavirus de Pfizer-BioNTech en un centro de vacunación en Tel Aviv, Israel (Ariel Schalit/)

Los apuros del “campeón”

El primer líder que deberá responder por su desempeño con las vacunas es precisamente el gobernante del país que más rápido y masivamente inoculó a su población. En tres meses, Israel aplicó 111 dosis cada 100 habitantes, un número rutilante al que ninguna otra nación se acerca; el 52% de los israelíes ya fue vacunado con el esquema completo.

Con contagios, hospitalizaciones y muertes que empiezan a caer en picada, la inmunidad de rebaño ya no es solo una ilusión: es una realidad casi palpable. Con semejante éxito sería natural pensar que Benjamin Netanyahu conseguirá el martes los votos para formar alianzas y acceder a la mayoría parlamentaria necesaria (61 asientos) para extender sus 12 años de gobierno. Nada de eso.

Netanyahu enfrenta su cuarta elección en dos años debilitado por la inestabilidad política y un año lleno de desavenencias con sus aliados de gobierno y de decisiones desacertadas ante la pandemia. Llega a los comicios con una intención de voto que le daría al Likud, su partido, 29 asientos en la Knesset, de acuerdo con el agregado de sondeos del diario Haaretz. En las elecciones de marzo del año pasado, obtuvo 36 escaños.

Consciente de su fragilidad, el premier hace una incesante campaña con la inmunización. Llama a Israel “campeón mundial de vacunación” y usa, una y otra vez, el slogan “Nación Vacuna”. Tal vez eso no sea suficiente.

Seguidores del partido Likud, con afiches con la cara del premier israelí, Benjamin Netanyahu, en un acto de campaña para las elecciones del martes
Jamal Awad


Seguidores del partido Likud, con afiches con la cara del premier israelí, Benjamin Netanyahu, en un acto de campaña para las elecciones del martes (Jamal Awad/)

“La vacunación es el tema principal de la campaña, pero no es el único en el que están concentrados los israelíes. La economía lo es también, mucha gente la sigue pasando muy mal. La salud y la economía pueden mejorar, pero los votantes no lo ven así en el corto plazo”, explica desde Israel a LA NACION la analista política Rachel Leghziel.

El año pasado fue el de mayor recesión para Israel desde su creación, en 1948; la economía se redujo 2,4%. El número es mucho mejor al esperado por el propio gobierno y los analistas y bastante inferior al de las contracciones sufridas por la mayoría de las naciones de ingresos altos. Sin embargo hay dos números que estremecen a los israelíes: la pobreza llegó al 25% en la pandemia y el desempleo ronda el 6%, pero subió al 15% durante los confinamientos.

El tercero de esos encierros entra ya en su última fase y recién ahora, con el fin de las restricciones y un 50% de israelíes vacunados con dos dosis, la vida toma color de normalidad. Pero no lo suficiente como para garantizarle un triunfo a Netanyahu. Por más “rey de la política” –como lo describe Leghziel– que sea, el premier tal vez se haya transformado en su propio enemigo y ni las vacunas llegarán a salvarlo. Según sus críticos, él mismo apuró las elecciones para conseguir inmunidad legal ante el juicio por corrupción que enfrentará próximamente.

En caso de que los sondeos se mantengan, el Likud deberá negociar con otros partidos para formar gobierno, un experimento que no funcionó en ninguna de las cuatro ocasiones en las que las hizo en los últimos dos años.

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La paradoja de Piñera

Antecedentes individuales, timing y contexto económico también parecen neutralizar el impacto de una exitosísima vacunación en el otro país que asombra al mundo con su ritmo y cantidad de inoculación. Chile empezó su vacunación masiva a comienzos de febrero. Hoy ya aplicó 44 dosis cada 100 habitantes, un acumulado que lo ubica en el tercer lugar entre los países que más vacunaron respecto de su población, detrás de Israel y Emiratos Árabes Unidos. Y ya un 15% de los chilenos recibió el esquema completo de la vacuna.

Sin embargo, al igual que a Netanyahu, a Sebastián Piñera la vacunación parece no garantizarle ni popularidad ni favoritismos electorales.

Chile elegirá el 10 y 11 de abril convencionales constituyentes y autoridades municipales y regionales. Cierto es que, en ese tipo de comicios, las variables que impactan en el voto son diferentes de las que influyen en elecciones generales.

Sin embargo, la alianza Chile Vamos podría haber esperado que el presidente y, por extensión, la coalición oficialista, capitalizara la exitosa vacunación –tomada como parámetro de eficiencia por el resto de las naciones de la región– y la convirtiera en popularidad y votos. Lejos está de suceder eso, por ahora.

Ni el gobierno ni el presidente capitalizan la buena política de vacunación. El rechazo al gobierno y al presidente es un hecho que no cambiará. La gestión del país por la crisis social y la pandemia que ha tenido Piñera son criticadas transversalmente por la ciudadanía, por razones diferentes pero teniendo en común que el presidente no ha manejado bien las crisis”, explica a LA NACION desde Santiago Mireya Dávila, profesora del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Pese a la sorprendente campaña de inmunización, Piñera es uno de los mandatarios peor evaluados de la región. La última encuesta de Cadem, una consultora que suele ser favorable al gobierno, le otorga al presidente una tasa de aprobación del 20%, cuatro puntos menos que en febrero, incluso cuando un 67% de los chilenos cree que, hacia mitad de año, habrá vacunas para todos.

Detrás de esa aprobación raquítica, hay dos factores decisivos. Por un lado, están los desaciertos de Piñera en el estallido social de 2019, aún frescos en la memoria y la vida diaria de los chilenos. Y por el otro, un factor común a Israel, la economía.

“La situación económica es compleja pues la economía aún atraviesa problemas. Desempleo, sectores económicos deprimidos, trabajo informal sin protección social, entre otros. La vacuna alivia y ayuda a pensar que estamos avanzando pero creo que todavía estamos en medio de la tormenta”, apunta Dávila.

Chile es el líder de la vacunación en América Latina
Chile es el líder de la vacunación en América Latina


Chile es el líder de la vacunación en América Latina

Las curvas peligrosas

Chile e Israel muestran que las tormentas no pasan fácilmente, ni siquiera si la vacunación va a una velocidad impensada. Las demoran el arrastre y profundidad de la recesión, la necesidad de restricciones y una paradoja que afectó a todos los países que más vacunaron: el alto ritmo de vacunación convivió con fuerte rebrotes que dieron forma a olas de contagio.

La vacunación en Israel comenzó el 19 de diciembre, cuando ya se insinuaba la segunda ola. Un mes después, el país vivió el peor momento de la pandemia, pese a que ya habían sido aplicadas 35 dosis por habitantes. La ola –la segunda de Israel– empezó a ceder recién en la segunda semana de febrero, cuando ya habían sido dado 60 dosis cada 100 habitantes.

En Chile, el escenario no es muy diferente hoy. En el país conviven los peores días de contagio y hospitalizaciones desde el pico de junio con el mayor ritmo de vacunación del mundo. El pico de esta segunda ola comenzó a formarse a mitad de febrero, cuando ya se habían aplicado 15 dosis por 100 personas, un número ampliamente superior al que registra hoy la Argentina (6,5 dosis por 100 habitantes).

La advertencia para Alberto Fernández

En las paradojas electorales y las curvas de infección de Chile e Israel hay una advertencia para el presidente Alberto Fernández y el oficialismo, que también enfrentan elecciones este año. El éxito de la vacunación no es sinónimo, en principio, de victorias electorales. ¿Entonces su ausencia no se traduce en derrotas? No necesariamente.

La vacunación en la Argentina es espasmódica y de baja intensidad. Como si eso no fuera poco, el desorden y los favoritismos trastocaron el orden de prioridades: mientras docentes de 30 años fueron vacunados, personas más susceptibles, como mayores de 70 en varias provincias, aún no saben cuándo será su turno. El escenario no podría presentar más riesgos en momentos en que empieza el otoño y todos los países limítrofes viven de lleno su segunda ola.

El Gobierno confía en que podrá acelerar la vacunación en abril o mayo y ya anunció que descarta, por ahora, una cuarentena tajante como la de hace un año. Necesita de la economía y de la inmunización para llegar entero a las elecciones.

El presidente Alberto Fernández, durante un discurso en la exESMA
El presidente Alberto Fernández, durante un discurso en la exESMA


El presidente Alberto Fernández, durante un discurso en la exESMA

Dos variables van a influir en el voto. La economía, sueldos que le ganan a la inflación y cierta recuperación. Y si vacuna o no. En el proceso de vacunación, el Gobierno se juega mucho porque la gente va a hacer una evaluación. En líneas generales, los argentinos no evalúan mal el desempeño frente a la pandemia; dicen ‘estamos en el promedio’. Pero el problema es que la gente le echa en cara a Fernández que no le resuelve los problemas”, explica a LA NACION Alejandro Catterberg, director de Poliarquía.

Y hoy y en los meses que viene el problema del segundo año de pandemia es la vacuna. El primer desafío del Gobierno será acelerar la vacuna. Eso suena en este momento improbable. La producción global de la Sputnik V no alcanzó aún el nivel suficiente como para que Rusia pudiera cumplir con sus compromisos; por ahora el Kremlin entrega apenas de a puñados, no solo a la Argentina, sino al resto de los 50 países con los que firmó contratos.

Presiones, escepticismo y retrasos: AstraZeneca aún busca cómo salir del laberinto

Por su parte la producción de AstraZeneca no está mejor. Sufre trabas y suspensiones en sus plantas de México, Europa y la India, y la distribución a la Argentina se retrasa cada vez más. Las dosis de Sinopharm llegarán próximamente, según el Gobierno, pero no sirven para inmunizar a la franja más susceptible, la de mayores de 60 años.

Sin vacunas y señales de una curva que empieza a subir, ¿será posible evitar cierres y el consecuente daño económico? Puede serlo, pero el riesgo es el alto costo sanitario: la segunda ola deja hoy, en los países vecinos, un mayor saldo de contagio y muerte que la primera. Por los ritmos de la curva de infección argentina, ese escenario podría ser el contexto de las PASO, si se realizaran el 8 de agosto, según lo estipulado por la justicia electoral.

Ahora bien, si llegan todas las vacunas prometidas y la inmunización toma velocidad a partir de mayo, ¿entonces mejorará el escenario sanitario que rodee las elecciones? La experiencia de Israel y Chile indican que, tal vez, no mucho: allí convivieron durante al menos dos meses la vacunación acelerada y picos de infecciones y muertes.

Israel, que fue una especie de gran ensayo médico gracias a la digitalización de sus registros sanitarios, agrega otra advertencia: el contagio cae significativamente recién cuando una buena porción de la población recibió las dos dosis.

Ese parece hoy un escenario muy lejano para la Argentina no solo de los próximos meses, sino de las PASO o, incluso, de las elecciones legislativas, en octubre. Vacunar con mayor velocidad y consistencia puede colaborar en las chances electorales del Gobierno, aunque no se traducirá necesariamente en una victoria. No hacerlo puede destrozar esas chances.