“Una tercera dosis o un refuerzo de la vacuna son una buena idea”, afirma una bioquímica premio Nobel de Medicina

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Elizabeth Blackburn
Rolf Schultes/Lindau Nobel Laureate Meetings

“Oda a los calcetines”. Ese es el poema de Pablo Neruda que Elizabeth Blackburn repasó en inglés y español con su marido —que vivió en Centroamérica— durante las cuarentenas por el Covid y que, un poco, dijo, representa la era en la que el Zoom solo muestra una parte de los conferenciantes: todo serios para la cámara, pero en pijamas y en medias por debajo.

La australiana, ganadora del premio Nobel de Medicina en 2009 por el descubrimiento de la función de los telómeros (el fragmento de los cromosomas que se relaciona con el envejecimiento), habló con LA NACION sobre las consecuencias científicas y sociales de la pandemia, en medio de otro evento que debió ser mayormente virtual por segundo año consecutivo: el Encuentro de Premios Nobel de Lindau (Alemania), cuya edición número 70 terminó el viernes pasado.

“La pandemia nos dejó tiempo para pensar cosas como nunca lo habíamos hecho”, dijo Blackburn (que estuvo brevemente en Tierra del Fuego, “un lugar extraordinariamente bello y salvaje”, camino de la Antártida), en una entrevista que duró poco menos de una hora.

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—Como científica, ¿esperaba una pandemia así?

—Las personas en el campo de la biomedicina conocían la historia de las pandemias y por supuesto sabían que había una posibilidad de que sucediera, en teoría. No soy infectóloga ni especialista en enfermedades infecciosas, pero lo que me impresionó fue que en los Estados Unidos, con un organismo supuestamente tan competente como el CDC (Centro de Control de Enfermedades), por una variedad de razones, quedó muy lejos de lo que uno hubiera esperado. Ahora se está poniendo al día. Quizás eso fue lo más inesperado para mí. No hubo liderazgo a nivel federal. Y no hablo de la política, que es otro tema, sino del lado de los expertos en los Estados Unidos. Del lado bueno ubico que, después de mucha investigación básica acerca del ARN mensajero, los lípidos y demás, todo eso convergió en la vacuna.

—¿Cómo la afectó personal y laboralmente la pandemia?

—El trabajo con mi pequeño equipo que investiga en telómeros se redujo. Yo, personalmente, estuve en una posición muy afortunada debido a que estuve muy activa en zooms; además en San Francisco, donde vivo, se actuó muy rápido, se cerró lo que se tenía que cerrar y la incidencia de casos de Covid fue muy baja, pese a que se notaron muy rápidamente las diferencias sociales. Pero para la gente que está comenzando en sus carreras fue muy disruptivo y se vieron todas las debilidades del sistema social. Y estoy muy enterada de lo terrible que es la pandemia en América del Sur, algo tremendamente triste.

—Usted formó parte de un grupo de científicos que le escribió una carta el presidente Joseph Biden para que se levantaran las patentes de las vacunas. ¿Alcanzó?

—Es un paso. No resuelve todo el problema de la distribución global de vacunas, pero se debe hacer. De hecho, hay acuerdos dentro de la propia Organización Mundial del Comercio que marca excepciones cuando se trata de una emergencia. Por otro lado, no creo que esto detenga la invención, discúlpenme (sonríe). Oímos argumentos similares cuando se empezaron a vender los medicamentos genéricos. Lo lamento, pero no tengo simpatía por esos argumentos. El levantamiento de las patentes es para este momento particular, no para destruir todo el sistema, que por otra parte podría ser mejor.

—¿Ve a la pandemia como una amenaza existencial para la humanidad?

—Se está convirtiendo en eso, me parece. Si volvemos para atrás en el tiempo, digamos 15 meses, se esperaba que todo se abriera de nuevo en unos tres meses y se volviera a la normalidad. Y pasó un año y medio y seguimos. “Existencial” no significa que no sobrevivamos. Porque sí sobreviviremos, pero ha durado tanto que generará grandes cambios, espero que algunos buenos, pero las debilidades que tenemos son muchas.

—¿Qué errores se han cometido, sobre todo en el mundo occidental?

— (Piensa varios segundos) Creo que en Asia ya había una conciencia respecto de cuán dañinas podían ser las enfermedades infecciosas. Un ejemplo es la gente que en los aeropuertos usaba barbijos antes del Covid. Y la idea de los derechos individuales, algo en lo que creo firmemente, debe venir con la idea de responsabilidad para con la comunidad a la que uno pertenece. Ese eslabón se ha perdido para muchos individuos en la búsqueda de una libertad individual que, insisto, creo muy importante. Pero incluye reconocerse parte de la sociedad y esa interacción no te disminuye como individuo. En el mundo occidental eso ha sido un problema.

—Justo ahora hay un debate candente en la Argentina debido a las limitaciones a los viajeros que desean regresar al país.

—Es muy candente ese debate. Veo la complejidad y las dificultades. El balance, con la variante delta, cambió de nuevo. Por eso la insistencia con el vacunar, vacunar, por favor. No es solo un problema para la Argentina. Tengo un colega que quiere ver a su padre moribundo en Canadá y tuvo muchas dificultades para lograrlo; ahora pudo. No hay una respuesta fácil para eso, hay que pensar en la gente en esa situación. Creo que es parte de los cambios que se están generando.

—¿Cómo vio la forma en que se comunicaron los resultados científicos durante este período?

—A veces las crisis hacen que la gente dé lo mejor de sí. Un pequeño ejemplo de la Universidad de California en San Francisco (UCSF), donde estoy. La gente fue muy colaborativa en la carrera para conseguir antivirales, que todavía pueden sumarse como tratamiento además de las vacunas. Y recordarás que el testeo fue en un momento muy inadecuado en los Estados Unidos y en otros lugares. Bueno, un colega puso a todo su equipo para generar testeos, equipos que estaban destinados a otros fines. Y la pusieron en práctica con científicos que estaban doctorándose, como voluntarios. Dejaron de hacer lo que hacían para empezar a testear, porque las autoridades sanitarias no tenían los recursos para hacerlo. En general, las personas reaccionan bien durante la crisis. La gran pregunta es cuánto de este comportamiento continuará. No lo sé, pero creo que nadie olvidará cuán poderoso fue. Creo que las instituciones deben premiar esto de manera sistemática, porque por ahora se privilegia lo individual en la academia.

—¿Qué opina del uso de las redes sociales por parte de los propios científicos que afirman cosas que no siempre están apropiadamente establecidas o no tiene consenso de la propia comunidad científica?

—Ahí aparece la habilidad para saber qué es cierto y qué no, que forma parte de todo lo que conforma el cerebro humano. Tengo un colega psiquiatra que dice que “somos apenas máquinas que creen” (ríe). Es verdad, las redes pueden ser una manera de dispersar un montón de cosas que no son ciertas. Pero hay cosas en todo este panorama, como los preprints, que me gustan.

—Hablando de creer, ¿qué estrategia establecería con quienes no creen en la ciencia, en las vacunas, e incluso en la forma de la Tierra?

—Hay varias estrategias interesantes. Es importante entender cuál es la historia que está detrás de cada una de las creencias equivocadas o cómo una persona llega a tener esas posturas. Y luego se puede trabajar con eso. ¿Por qué una persona puede llegar a creer que las vacunas no funcionan? A veces son razones totalmente válidas. Sabemos que en Estados Unidos la comunidad afroamericana tienen una bien fundamentada desconfianza respecto de las políticas que les llegan, incluida la política sanitaria. Esa comprensión es muy importante. Ahora sabemos que las creencias se basan en quién las personifica. En San Francisco, en las comunidades más pobres, que no hablan inglés, hacerse un test durante el covid podía significar no tener trabajo entonces la UCSF se reunió con los líderes de las comunidades para entender qué significaba y apoyarlos en ese momento. Y cuando apareció la vacuna esa misma comunidad la aceptó muchísimo más que en otros lugares, en parte por el sufrimiento anterior y en parte por el trabajo con la Academia y sus representantes. Los elementos que fueron claves en este éxito se publicaron en un trabajo en preprint (ríe).

—Se necesita mucho más que ciencia, por lo visto.

—Exacto, empatía. Es ciencia trasladada a la vida verdadera y a las cuestiones de salud.

—Hablemos de su terreno específico, ¿hay relación entre los telómeros y el Covid?

―Sí, hay algunos estudios. Pero antes digamos dos cosas. Sabemos que el sistema inmune es muy importante a la hora de saber cómo será la infección en cada individuo. Y que cuando medimos los telómeros, que lo hacemos en glóbulos blancos, en células del sistema inmune, es como una ventana al sistema inmunológico. En síntesis, cuando más corto es el telómero más severa es la enfermedad, lo cual no es muy sorprendente. Ya habíamos investigado desde hace dos décadas que las personas sometidas a un estrés crónico, no al estrés bueno, sino el que afecta a la salud socio psicológica, que la gente no puede controlar, mueren antes. Este estrés hace que los telómeros sean más cortos y las enfermedades ataquen más. Está muy relacionado con las experiencias de las personas. Ahora también estamos investigando cómo la gente podrá mantener la protección con la vacuna y cuánto durará. Con el tiempo, en algunos caerá la respuesta; no en todos, sino en algunos. Queremos entender por qué y qué hace que algunos sean resilientes y otros no. Hay una relación entre el estrés crónico y el sistema inmune disfuncional. En promedio poblacional las vacunas son muy buenas, pero hay que ver en quienes decae la respuesta inmune.

—¿Podría necesitarse una tercera dosis o un refuerzo anual entonces?

—No sabemos a quiénes les hará falta. Ese es el tema, la variabilidad con el tiempo. Quizás todos estén bien con el esquema inicial, pero no lo sabemos. Y es bueno saberlo para el próximo virus, en cinco años o así. En general, un refuerzo suena como una buena idea, pero habría que saber quiénes lo necesitarán primero.

—Dado que los telómeros son indicadores de una vida más larga, ¿cómo puedo cuidarlos mejor?

—Diré lo mismo que recomendaría una madre. Es decir, dormir bien, comer razonablemente bien, hacer actividad física todos los días, tener buenas interacciones sociales, todo lo que es gratis.

—¿No existirá una pastilla para alargar telómeros?

—El problema con la pastilla es que hay un intercambio. En un futuro si se pudiera hacer sería solo para las células que no generan por ejemplo melanomas o tumores cerebrales, así que debería ser selectivo y afinado para las células del sistema inmune. Por ahora no hay semejante tecnología. Hay gente en internet que lo intenta vender, pero está basado en ciencia incompleta, sin saber que puede estar en gran riesgo de cánceres de todo tipo.

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