Dolor y rabia: el éxodo fractura a las familias venezolanas

ARCHIVO – En esta foto de archivo del 17 de julio de 2016 un hombre se alza sobre la multitud esperando cruzar la frontera hacia Colombia a través del puente Simón Bolívar en San Antonio del Táchira, Venezuela. Colombia dijo el viernes 28 de julio de 2017 que entregará un permiso especial de permanencia a más de 150.000 venezolanos que se encuentran en el país y cuyo plazo de estadía había vencido. (AP Foto/Ariana Cubillos, Archivo)

Verónica Navarro tiene el corazón roto y la familia fracturada. “Siempre fuimos muy unidos, de reunirnos en casa de mis padres los fines de semana, siempre juntos en todo”, recuerda Navarro acodada en la nostalgia. Ahora ella reside en Colombia, una de sus hermanas se trasladó a Ecuador y el resto de sus parientes permanece en Venezuela, que experimenta el mayor éxodo de su historia a causa de una terrible crisis económica.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) calcula que hasta junio pasado unos 2,3 millones de venezolanos abandonaron el país huyendo de la hiperinflación, la escasez de alimentos y medicinas, el colapso de los servicios públicos y la violencia criminal. Al margen de las repercusiones políticas y diplomáticas que este fenómeno produce en la región, el desplazamiento forzado está sacudiendo el alma de una sociedad que a todos sus males ahora suma un penoso “duelo migratorio”.

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“Ha sido una experiencia muy dolorosa”, comenta Navarro, una diseñadora gráfica de 44 años. “Primero salí yo a Bogotá. Luego, mi hermana Érika se mudó con su hija menor a Ecuador y dejó a su esposo y su hijo de 10 años en Caracas. Y después se marchó mi hermana Mary también a Ecuador con su hijo de 20 años, dejando a la menor de 17 en Caracas porque no tenía la prórroga del pasaporte”, explica.

Mary Navarro, de 47 años, tenía otro motivo para emigrar: padecía cáncer.  “Ella buscaba vivir bien lo que pudiera”, cuenta Verónica. “En Ecuador le hicieron una quimio, pero su situación económica no era buena y decidió irse a Perú junto con mi otra hermana. Allá el tema de la salud y los papeles se le complicó y nunca recibió atención. Al final, regresó a Venezuela y falleció a los 20 días. Yo no pude volver a ver más a mi hermana”, se lamenta.

Venezuela había sido un tradicional receptor de emigrantes. La estabilidad política y el boom petrolero de los años 70 del siglo pasado, la convirtieron en un destino atractivo para cientos de miles de latinoamericanos, especialmente colombianos. Un estudio presentado en 2014 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) que comparó los datos censales de los años 2000 y 2010, concluyó que en ese periodo Venezuela acogió a 1,1 millones de extranjeros, el segundo contingente más numeroso detrás de Argentina (1,8 millones) y por encima de México (968 mil) y Brasil (592 mil).

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Esta historia ha dado un vuelco radical en los últimos meses. Reunidos en Quito los días 3 y 4 de septiembre, representantes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay acordaron medidas para atender el incremento del flujo de venezolanos y exigieron al presidente Nicolás Maduro que acepte la cooperación internacional y la “apertura de un mecanismo de asistencia humanitaria que permita descomprimir la crítica situación, brindando atención inmediata en origen a los ciudadanos afectados”.

Atendiendo a la preocupación que se extiende por el hemisferio, la Organización de Estados Americanos (OEA) acaba de crear un grupo de trabajo con el fin de determinar “la escala completa de la migración venezolana y la crisis de refugiados”, y “captar recursos financieros nuevos y adicionales para responder a las necesidades en el terreno”.

El régimen chavista niega que exista una crisis humanitaria en el país y afirma que el éxodo pretende ser utilizado por Estados Unidos para promover una invasión contra Venezuela. “Se está construyendo de forma artificial, de forma artificiosa, una matriz para justificar la intervención de Venezuela, y esa matriz se llama ‘crisis humanitaria’”, declaró la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien acusa a Washington de convertir “una inmigración normal en una crisis humanitaria”.

En pedazos

“No tener esa historia de emigrar está rompiendo la dinámica de la familia, entonces tenemos personas mayores y niños que se están quedando solos, parejas que llegan a acuerdos donde uno se va a trabajar y el otro se queda con los niños. Tengo referencia de un señor que se lanzó por la ventana frente a los niños, porque en su caso ellos acordaron que la señora se iba a trabajar porque su carrera podía ser mejor pagada y aquí se quedaba él con los niños y el hombre no aguantó”, indica Yorelis Acosta, psicóloga clínico y social de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

La ONG Cecodap ofrece un servicio de atención psicológica para niños y adolescentes. A principios de 2018, el quinto motivo de consulta guardaba relación con lo que denominan “niñez dejada atrás”, hijos que padecen los efectos de la separación de sus padres que resolvieron emigrar por la crisis. Actualmente, “ese es el tercer motivo de consulta, entre abril y julio estos casos aumentaron en 50%”, afirma Abel Saraiba, coordinador de esta organización social.

Fe y Alegría, la red de escuelas privadas más importante del país que cubre las zonas populares, reveló que 4.444 de sus estudiantes han visto partir a sus padres a otros países en búsqueda de un mejor futuro. “El niño se siente abandonado, deprimido, teme no volver a ver a sus padres. Este un proceso que deja marcas, que duele”, advierte Saraiba, quien subraya que “el país no estaba preparado para esto”.

La psicóloga Elizabeth Cordido apunta que los venezolanos enfrentan un “duelo migratorio”. “Este duelo es complejo, se vive la nostalgia y la pérdida muchas veces y por muchos aspectos. Entre los cambios más difíciles de manejar están la desestructuración  familiar y la lejanía de los amigos; es decir, los vínculos afectivos más fuertes”, enfatiza la profesora de la Universidad Metropolitana de Caracas.

Cordido destaca que la primera oleada de emigrantes venezolanos fue protagonizada por sectores de clase media y alta, en su mayoría profesionales con solvencia económica. “Sin embargo, en este momento la salida del país está caracterizada por sectores de clase media y baja, tanto venezolanos como descendientes de colombianos, peruanos, ecuatorianos y demás inmigrantes de las décadas de los 70 y 80.  Aparentemente es una huida, un éxodo desesperado pautado por el hambre y la necesidad de ver las posibilidades de enviar remesas a los familiares que se quedan”, expone la académica.

Pena y esperanza

Nunca se nos pasó por la cabeza emigrar a otro país, pero hoy en día todo mi núcleo familiar está fuera de Venezuela. Mi hermana está en España y mi hermano menor está con mi padre en México. Además, seis sobrinos y mi cuñado están desperdigados entre España, República Dominicana, Chile y Perú”, describe Pedro Ricardo Contreras, afincado con su esposa y sus dos hijos de 13 y 8 años en Orlando, Florida.

Contreras pasó 20 de sus 49 años sirviendo como funcionario en el Parlamento venezolano, donde llegó a ocupar el cargo de director de secretaría de la Comisión Permanente de Familia. En Estados Unidos, donde arribó en 2016, ha laborado en hoteles y empresas de reparto. “Te confieso que yo no pintaba ni mi casa, pero aquí tuve que aprender a instalar gabinetes, puertas, ventanas, llaves de plomería y a pintar con máquina. Hasta me ha tocado montarme en andamios de 12 pisos”, relata el antiguo investigador parlamentario.

No obstante, lo más difícil no ha sido el trabajo físico. “Lo más duro fue el fallecimiento de mi madre el 23 de julio del año pasado. No pude viajar al país, esto es lo más duro que me ha tocado, esa experiencia no se la deseo a nadie”, admite Contreras.

La profesora Acosta recalca que los venezolanos están observando el éxodo con “los lentes del dolor, del sufrimiento, de la tragedia máxima, del sin salida, y eso está aumentado porque no teníamos historia de emigrar, como sí Europa y otros países de América”. A su juicio, “está magnificada la tragedia y esto hace que nosotros estemos enfermos psicosocialmente”.

“En estos dos años he tenido sentimientos negativos como tristeza, miedo, mucha ira y mucha desesperanza”, reconoce Contreras, quien está preparando las maletas para probar suerte en España. Mientras se dispone a emprender nuevos rumbos, deja claro dónde está su corazón. “Te confieso que sueño con poder volver a Venezuela”.