El dolor y los escombros del derrumbe en la zona de Miami nos recuerdan el 11S

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Miembros del equipo de rescate de bomberos de Miami-Dade y equipos de excavación trabajan para retirar los escombros y continuar las labores de búsqueda en las Torres Champlain South en Surfside, Florida, el sábado 26 de junio de 2021. (Scott McIntyre/The New York Times).
Miembros del equipo de rescate de bomberos de Miami-Dade y equipos de excavación trabajan para retirar los escombros y continuar las labores de búsqueda en las Torres Champlain South en Surfside, Florida, el sábado 26 de junio de 2021. (Scott McIntyre/The New York Times).

Los equipos de rescate se abren camino por el polvoriento paisaje lunar de los escombros. Las conferencias de prensa dan pocos ánimos. Hay fotografías de los seres queridos desaparecidos reunidas en un repentino santuario conmemorativo. Rabia. Dolor. Una esperanza vaga que cede ante la triste aceptación.

El derrumbe a mitad de la noche del edificio de apartamentos Champlain Towers South, en el sur de Florida, la semana pasada, fue una tragedia distinta a cualquier otra, con sus propias circunstancias, su propia comunidad afectada. No se trataba de un ataque terrorista en el b ajo Manhattan, sino de un aparente fallo estructural en Surfside, Florida.

No obstante, para cualquiera que recuerde los días inmediatos que siguieron a la catástrofe del World Trade Center (de la que se cumplen 20 años en septiembre) los informes y las imágenes de Surfside resultan casi demasiado familiares, sin importar que el edificio Champlain tuviera aproximadamente una décima parte de la altura de las torres gemelas de 110 pisos. Los dos acontecimientos están unidos por las acciones humanas y técnicas del desastre.

“Permítanme expresarlo de esta manera: pasamos por un proceso”, señaló Joseph Pfeifer, jefe adjunto jubilado del Departamento de Bomberos de Nueva York y director fundador del Center for Terrorism and Disaster Preparedness (Centro de preparación para el terrorismo y las catástrofes). Fue el primer jefe de bomberos en llegar al lugar de los hechos cuando cayeron las torres y ayudó a supervisar los inmensos trabajos de rescate.

Por ejemplo, narró, inmediatamente después de ambas tragedias, las personas sintieron la necesidad de reunirse, de expresar su dolor y empatía mediante la colocación de fotografías, flores y velas en espacios públicos.

“Hay un deseo de estar conectados”, dijo Pfeifer. “Porque no queremos estar solos. El acontecimiento es abrumador”.

En ambos casos, se invitó a las familias a visitar el lugar de los hechos desde una distancia segura, ya sea para presentar sus condolencias, para sentirse cerca de sus seres queridos, o para mostrar su apoyo a los trabajadores de emergencias médicas que están haciendo todo lo que pueden.

Trabajadores en la Zona Cero del centro de Manhattan el 21 de septiembre de 2011, el undécimo día posterior a los atentados del 11 de septiembre. (Edward Keating/The New York Times).
Trabajadores en la Zona Cero del centro de Manhattan el 21 de septiembre de 2011, el undécimo día posterior a los atentados del 11 de septiembre. (Edward Keating/The New York Times).

Al mismo tiempo, es necesario explicar con delicadeza, pero con claridad, que las labores de rescate tras el derrumbe total de un edificio son más rápidas de lo que parece, y que se tiene cuidado de minimizar el peligro para los rescatistas y los posibles sobrevivientes.

Mike Corr, detective jubilado y especialista en rescates de la Unidad de Servicios de Emergencia del Departamento de Policía de Nueva York , también respondió al desastre del 11S. Corr recuerda de manera vívida los trozos de acero, el concreto inestable, las barras de refuerzo que sobresalían, los incendios, el humo y los gases nocivos, y el miedo a que, al retirar una viga, por ejemplo, provocaran la caída de los escombros hacia un vacío donde estuviera alguien que seguía vivo.

“Cada acción tiene una reacción”, afirmó Corr. “Se retira una capa, después la siguiente y luego la posterior”.

Pfeifer coincidió. “No quieres que nadie más fallezca en el lugar”, dijo.

Al igual que con el desastre posterior al 11 de septiembre, señaló Pfeifer, habrá investigaciones, una manera de reflexionar y preguntarse qué sucedió y por qué. “Después hay que prever el futuro”, dijo. “¿Cómo podemos mejorar? Y eso se convierte en cierta esperanza”.

No obstante, primero llega el momento difícil en que la esperanza se encuentra con la realidad, cuando los líderes del incidente deciden cambiar el plan de la misión de rescate a recuperación.

Las probabilidades de sobrevivir a la fuerza de una pila de pisos de concreto que se derrumban son casi nulas, pero los milagros existen. Es posible que se creen vacíos.

En el caso del derrumbe del World Trade Center, John McLoughlin, agente de policía de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, fue rescatado después de permanecer 22 horas atrapado bajo los escombros. Fue el último sobreviviente de la catástrofe, aunque algunos mantuvieron la esperanza mucho después de que se silenciaran las vibraciones de los teléfonos móviles enterrados entre los escombros.

“No significa que no haya esperanza”, comentó Corr. “Hay casos en los que la gente ha sobrevivido, porque sí hay vacíos…”.

El “pero” no se pronunció, pero estuvo implícito en el tono de voz de Corr. Hasta ahora se ha confirmado la muerte de dieciocho personas en Surfside, y otras 145 siguen desaparecidas.

Seis días después del derrumbe, las labores de búsqueda y rescate continúan, pero Pfeifer, cuyo libro, “Ordinary Heroes: A Memoir of 9/11” (Héroes comunes: un recuento del 11S), se publicará en septiembre, dijo que los familiares estaban entrando en la etapa en la que la esperanza disminuye con cada tictac del reloj y aparece un asomo de aceptación.

Pronto, muchos familiares se centrarán en la recuperación e identificación de los restos de sus seres queridos, un proceso que, en los 20 años posteriores al 11S en Nueva York, no se ha detenido. De acuerdo con la Oficina del Médico Forense en Jefe de la ciudad, los restos de 1108 de las 2753 víctimas de aquel día (alrededor del 40 por ciento) siguen sin ser identificados.

“Tendrán la esperanza de recuperar una parte de un ser querido y, al mismo tiempo, temerán tenerla, debido al dolor”, afirmó Pfeifer, quien ha visto cómo se desarrolla la tragedia de Surfside desde una perspectiva doble: la de experto en preparación para desastres y la de miembro de una familia.

Su hermano menor, un bombero llamado Kevin Pfeifer, falleció en la torre norte poco después de que los hermanos, uno jefe y otro teniente, intercambiaron unas palabras y una última mirada.

“Yo le di la orden de que subiera”, dijo Pfeifer, cuyo propio proceso continúa.

© 2021 The New York Times Company

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