El doble impacto del trastorno afectivo estacional durante la crisis de COVID

Jane E. Brody
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Este invierno, se espera que la pandemia de coronavirus intensifique la depresión que sufren muchas personas que sufren el síndrome conocido como trastorno afectivo estacional, o TAE. (Gracia Lam/The New York Times)
Este invierno, se espera que la pandemia de coronavirus intensifique la depresión que sufren muchas personas que sufren el síndrome conocido como trastorno afectivo estacional, o TAE. (Gracia Lam/The New York Times)

Aún no habíamos cambiado al horario estándar, que tiene menos horas de luz de día en la tarde, cuando comencé a darme cuenta de una falta de entusiasmo por actividades que generalmente disfruto durante los días más oscuros y fríos de otoño e invierno. Los proyectos para interiores como tejer con agujas o con ganchillo y preparar nuevas recetas apetecibles —o incluso leer libros y ver series y películas recomendadas por amigos— no me interesaban.

No me tomó mucho tiempo relacionar ese aburrimiento con las limitaciones y el aislamiento relacionados con la pandemia de COVID-19. La llegada del otoño a Nueva York anunció el fin de las reuniones socialmente distantes del verano en las terrazas y las comidas al aire libre con amigos y familiares. También desapareció una rutina satisfactoria de ejercicio diario, trabajo y comidas que me proporcionaba una sensación de control en mi vida.

Es un desafío mantener la alegría de vivir cuando hay oportunidades limitadas de socializar con personas que pueden levantarte el ánimo o de asistir a eventos culturales o deportivos que rompen la monotonía de los días y las noches de la pandemia.

Debido a sus innumerables trastornos económicos, vocacionales, educativos y sociales, la pandemia de por sí es un desafío considerable para las personas que normalmente no son propensas a la melancolía, y si a eso agregamos los días de luz diurna truncada de noviembre a marzo, la situación podría resultar mucho más sombría de lo habitual para millones de estadounidenses que sufren anualmente de depresión estacional.

Se espera que este invierno la pandemia intensifique la depresión que sufren muchas personas con el síndrome conocido como trastorno afectivo estacional, o TAE, que se desencadena cada otoño cuando hay menos horas de luz de día en el hemisferio norte y poco a poco va disminuyendo en la primavera.

Se estima que el cinco por ciento de la población —una de cada veinte personas— tiene el síndrome de TAE, comentó Norman E. Rosenthal, el psiquiatra que lo identificó en la década de 1980 y luego ideó un tratamiento eficaz para lidiar con él. En una entrevista, estimó que tres veces más personas tienen una versión más leve del TAE, comúnmente llamada “depresión de invierno”, la cual afecta su energía y entusiasmo por la vida.

Con la excepción de su patrón estacional, los síntomas del TAE son similares a los de la depresión clínica: tristeza generalizada, fatiga excesiva, dificultad para concentrarse, sueño excesivo, pérdida de interés en las actividades que normalmente se disfrutan, antojos de almidones y azúcares, así como el aumento de peso resultante.

“Creo que nos espera un invierno asaz difícil para las personas que sufren TAE, pues parecen ser especialmente susceptibles a los eventos estresantes de la vida”, me dijo Kelly Rohan, profesora de Ciencias Psicológicas de la Universidad de Vermont. “Vi evidencia de esto el mes de marzo entre las 26 personas con TAE que estábamos estudiando cuando la pandemia cerró todo. Los entrevistamos cada semana para conocer su estado de ánimo y el puntaje de todos se disparó de manera drástica”.

Aunque los síntomas del TAE normalmente desaparecen por completo cada verano, Rohan dijo: “Durante el verano de 2020 no vimos una remisión completa en nuestros pacientes. Debido al estrés tan grande al que están sometidos, el patrón estacional se está alargando”.

Rohan teme que la ansiedad y el estrés provocados por la pandemia aumenten el riesgo y la gravedad de la depresión invernal para todos. “Es posible que quienes tienen TAE subclínico se vuelvan clínicos”, señaló. “La gente enfrentará limitaciones en cuanto a lo que puede hacer para mantenerse en buen estado, aunque normalmente tengan buenos recursos para hacer frente a la situación”.

Sin embargo, Rosenthal dijo: “Tan solo entender los problemas puede dar a la gente un plan para manejarlos de manera más eficaz”. Lo más útil para las personas con TAE, dijo, es la exposición a la luz del sol o su equivalente artificial durante veinte a treinta minutos cada mañana. La cantidad estándar de luz necesaria es de 10.000 lux. Con sentarse bajo una caja de luz comercial de al menos 929 centímetros cuadrados será suficiente. También es útil usar un simulador de amanecer en la habitación o una luz programada con un temporizador para que se encienda diez o veinte minutos antes de levantarse.

A mi difunto marido lo ayudaba pasear al perro durante media hora más o menos cada mañana después del amanecer.

“Un paseo matutino de veinte minutos bajo el sol es tan bueno como la terapia de luz comercial pero, aunque la mañana es mejor, todas las ocasiones para dar un paseo son útiles”, dijo Rosenthal. “La combinación de ejercicio y la luz exterior es muy importante. Eso te conecta con tu entorno —no solo la luz, sino también los pájaros, los árboles, la vida animal, el vecindario— todos pueden servir como antídoto para el aislamiento”.

Nuestra conversación me recordó las tácticas para levantar el ánimo que había adoptado durante los primeros meses devastadores de la pandemia, cuando mi ciudad fue el epicentro de las infecciones, hospitalizaciones y muertes por COVID-19. Me esforzaba todos los días por encontrar algo que me causara alegría: ver cuánto habían crecido los árboles del vecindario, las flores de los patios de la gente, ver a mi perro jugar con sus amigos caninos, saludar a los niños pequeños en la calle, echarles porras a nuestros trabajadores esenciales que arriesgaban sus vidas por el resto de nosotros.

“No elimines la alegría de tu vida”, dijo Rosenthal enfáticamente. “Tiene que haber alegría todos los días. Es una inversión inicial que rinde muchísimos frutos”. Sugirió tomar clases en línea, tal vez aprender a hacer joyería, pintar o tocar un instrumento. También es muy importante mantenerse conectado con la gente, tal vez programar citas para almorzar en las que se practique el distanciamiento social o reunirse con un amigo para tomar café o té.

Rohan dijo: “Es más importante que nunca obligarnos a mantenernos involucrados en actividades que disfrutemos y estar en contacto con la gente de la mejor manera que se pueda. Hacer lo opuesto es una receta perfecta para el desastre”.

Si las conexiones en persona no funcionan, usa el teléfono para mantenerte en contacto con la gente que te importa. Yo he adoptado el hábito de llamar cada semana a un familiar o amigo que está lejos.

El aislamiento y la tranquilidad de la pandemia permitieron a Rosenthal abordar un proyecto bibliográfico postergado desde hace mucho: analizar poesía. “La poesía tiene el poder de curar”, comentó, y ha elegido 50 poemas para comentar cómo pueden cambiar nuestra vida.

Otro consejo valioso es establecer y mantener la estructura haciendo las cosas en un patrón más o menos establecido cada día. Hace poco me di cuenta de que fue la pérdida de las rutinas satisfactorias del verano lo que ayudó a detonar mi depresión otoñal.

En un artículo de opinión de The New York Times en marzo, Scott Kelly, un astronauta retirado de la NASA que pasó casi un año en la Estación Espacial Internacional, describió el tremendo valor psicológico de seguir un horario y llevar una vida estructurada con una hora habitual para ir a dormir.

“Volver uniforme la estructura del día es importante para mantener los ritmos circadianos”, dijo Rosenthal. “El sueño se consolida más y es bueno para el bienestar psicológico”.

This article originally appeared in The New York Times.

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