Entre la diversidad productiva y la búsqueda por ampliar el mercado

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Darío Ortiz, de Cocorokeen, en el establecimiento de cría de pollos, en Carlos Keen, Luján
Darío Ortiz, de Cocorokeen, en el establecimiento de cría de pollos, en Carlos Keen, Luján

La Argentina cuenta con 4,4 millones de hectáreas productivas orgánicas con seguimiento del Senasa, el 95% de ese total son de uso ganadero. Hay, además, tierras que no certifican con ese organismo del Estado sino que lo hacen bajo la norma de Estados Unidos (la de Senasa no tiene validez en ese destino), aunque su volumen es menor. Los números dejan al país en el segundo lugar del podio mundial, detrás de Australia (35,6 millones de hectáreas) según el último informe del Instituto de Investigación de Agricultura Orgánica FiBL e Ifoam - Organics International.

Diego Pinasco Guelvenzu, director del área de Productos Ecológicos- Dirección de Estrategia y Análisis de Riesgo del Senasa, explica a LA NACION que hay bajo “seguimiento orgánico” unas 230.000 hectáreas agrícolas, de las que 84.000 son cosechadas, el resto tiene otros destinos, como la rotación de cultivos.

En las tierras bajo este rótulo no está permitido el uso de productos de síntesis química, toda actividad debe estar registrada y tener trazabilidad, cualquier cambio que se vaya a realizar debe ser avisado previamente a las certificadoras. Es la ley 25.125, sancionada en 1999, la que establece los criterios para la producción “orgánica, biológica o ecológica”. La agroecológica queda afuera de ese esquema porque no debe cumplir esas exigencias y, además, certificarlas.

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La norma local es un “espejo” de la europea, por lo que los productos certificados por el Senasa ingresan sin problemas en la Unión Europea, en cambio no a los Estados Unidos ni a China (cuyas elaboraciones tampoco podrían entrar al país; el potencial es porque hay algunos a la venta aunque no podrían rotularlos legalmente).

“Debe existir un plan de manejo que contemple una forma de producir acorde a la norma y cualquier desvío que se haga debe ser notificado -agrega Pinasco Guelvenzu-. Hay mucho de registro, de respaldo documental. Todo tiene que estar trazado”. El año pasado el Senasa certificó 132.000 toneladas de producción orgánica; además creció la cantidad de establecimientos y la superficie dedicada a esta actividad y se cosechó un 20% más que en 2019.

Los 1343 establecimientos primarios orgánicos registran un alza sostenida desde el 2015.Volvieron a crecer las existencias de bovinos y de ovinos, destacándose el aumento del rodeo de vacas lecheras para una aún incipiente actividad de tambo.

El principal mercado de la producción orgánica argentina es el exterior, el 97% (128.600 toneladas) se vende afuera, básicamente son cereales y oleaginosas (trigo y soja), frutas (pera y manzana), hortalizas (ajo) y productos industrializados (azúcar y vino). Los últimos en sumarse fueron el jugo concentrado de manzana, el arándano y el arroz blanco y el integral.

Un plan

Ricardo Parra, presidente del Movimiento Argentino de Producción Orgánica (Mapo) -dueño de Las Quinas, miel y dulces orgánicos que llevan 18 años en el mercado- repasa que el sector viene trabajando con el Ministerio de Agricultura desde hace unos años y cuenta con un plan “de desarrollo estratégico 2030”.

Los principales objetivos son estimular la investigación, desarrollo, difusión, transferencia y adopción de innovaciones tecnológicas orientadas a la producción orgánica; promover instrumentos fiscales, comerciales, financieros y de competencia equitativos desde lo social y alentadores para la inversión privada; promover formas organizativas (primarias e industriales), como redes productivas por cadenas de valor e incrementar la cantidad de productores y elaboradores/procesadores.

Parra subraya que, más allá de las exportaciones, hay muchos productores orientados al consumo interno que, aunque sigue siendo bajo (3% del total), avanza hacia una mayor diversificación y presencia en locales y ferias. “Es una producción del interior del interior que aporta al arraigo y al desarrollo; hace 25 años que en Mapo trabajamos para la expansión y pedimos al Estado que sea un facilitador”.

Los costos de certificación no son los más importantes en este tipo de producción, son de $25000 la inscripción anual y $10.000 mensuales; sí pesa el uno por ciento de la facturación que cobran las consultoras cada año. Sí se requiere de personal capacitado en buenas prácticas y de inversión en los establecimientos; también el packaging de lo elaborado cuesta más porque cumple requisitos también. En la producción primaria, por ejemplo, se suele limitar el terreno para dejar un espacio (buffer) con los adyacentes, también se debe garantizar el bienestar animal y el rinde de las semillas es menor al convencional.

Alimentación de aves a campo abierto en Cocorokeen
Alimentación de aves a campo abierto en Cocorokeen


Alimentación de aves a campo abierto en Cocorokeen

Avicultura

Cocorokeen es la única granja de pollos orgánicos certificada del país; instalada en Carlos Keen, en el partido bonaerense de Luján “nació orgánica”, define su propietario Darío Ortiz. Debieron reacondicionar todos los espacios al comprarla: “Nos conectamos con el creador de la genética, estuvimos dos años estudiando, consultando. Los pollos deben estar 81 días antes de la faena, el doble que uno convencional”, explica. Tienen capacidad para hacer 80.000 al año y el actual esperan criar unos 12.500.

“El costo no está en la certificación, sino en el formato de producción, en cumplir el proceso natural. Por eso mismo, no admite muchos pases y el esquema es ?del productor a la mesa’”, agrega Ortiz. La primera partida de pollos la pusieron en el mercado en marzo del año pasado y la pandemia impactó fuerte en los planes trazados.

Desde la empresa Organic Latinamerica - produce, transforma, distribuye y exporta productos orgánicos- subraya que el sector orgánico es uno de los pocos que “externaliza los costos de una producción medioambientalmente sustentable”.

El CEO de Neofarm (productora de arroz orgánico), Matías Lavigne comenta que trabajan con productores principalmente del norte de Entre Ríos, el más chico de unas 100 hectáreas y algunos de 1000. De las 29.000 toneladas del año pasado, solo uno por ciento quedó en el mercado interno. “Prestamos asistencia permanente, estamos integrados con ellos; a muchos los reconvertimos porque eran tradicionales. Tienen que estar dispuestos al largo plazo”, dice y admite que la explotación es “más trabajo y más riesgo que la convencional”.

Campo Claro es una empresa familiar que lleva 25 años en el mercado orgánico; elabora harinas de distintos trigos, fideos y aceites prensados en frío girasol y lino y avena arrollada. En general. Su director, Arno Tomys apunta que en general los productores de las comodities insumen unos tres años para la transición. “A los más chicos les cuesta más y tratamos de diversificar porque no siempre las cosechas tienen éxito; hay años en que no tenemos determinados productos, es parte del proceso y la forma de garantizar que lo que hay cumple todas las normas”, añade.

Uvas certificadas

Desde 1993 Oscar Frezzi produce pasas de uva certificadas en la localidad de Chilecito, en la provincia de La Rioja. Respecto de la producción convencional explica que la orgánica “cuesta más porque todo debe ser más prolijo; hay una interrelación de diferentes factores que se deben respetar e incluso comunicar y estar atentos a los vecinos para, de ser necesario, usar barreras ambientales.

Todo el tiempo se está bajo supervisión, dando cuenta de cada paso que se da”, explica a LA NACION. De los 500.000 al millón de kilos anuales que produce, la casi totalidad va a Europa, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Canadá. Los precios internacionales, afirma, son más altos porque “se valora” la producción orgánica. “Son mercados cada vez más exigentes, quieren trazabilidad total; el mundo avanza hacia comer más sano”, agrega.

Frezzi estima que la producción de materia prima prima orgánica cuesta entre 15% y 30% más que la convencional y sostiene que ese diferencial no se explica por las certificaciones. Por otra parte, el embalaje también es más costoso (no debe tener migración de oxígeno), hasta un 20 por ciento más.

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