Distanciamiento social es un imperativo urgente para evitar una catástrofe en EEUU

La pandemia de Covid-19 ha tenido rudos focos de contagio, enfermedad y muerte. Por ejemplo China, donde se dio el primer brote del nuevo coronavirus y se padeció una muy ruda epidemia que parece ser mitigada tras la aplicación de muy estrictas restricciones y el aislamiento de millones. O  Italia y España, en donde la cantidad de contagios ha sido enorme, los hospitales han quedado saturados y en riesgo de colapso y la cifra de muertes ha sobrepasado a China y donde el distanciamiento social ha sido extenso pero no de la magnitud impuesta en esa nación asiática.

El siguiente gran epicentro de la epidemia podría ser Estados Unidos, y ya lo es en lo específico de Nueva York, que tiene ya más infectados y más fallecidos que Corea y otros países.

Cada día se registran más casos, hospitalizaciones y fallecimientos en EEUU a causa del coronavirus. El país podría convertirse en epicentro de la epidemia sino se contiene su aceleración. (Reuters/Carlo Allegri)

Al no existir vacuna ni tratamiento específico contra el coronavirus –y no los habrá por varios meses– el arma más efectiva para mitigar la expansión de la epidemia, la cantidad de contagios y la saturación del sistema hospitalario con una oleada de enfermos que supere sus recursos son la realización amplia de pruebas para determinar el alcance de la infección y el distanciamiento social.

Estados Unidos ha sido muy lento en el proceso de pruebas de diagnóstico y eso ha desprovisto a los médicos de información invaluable, que en realidad se ha recabado de modo incompleto, parcial y a cuentagotas.

Muchos estados y ciudades ya han decretado órdenes de que la población se quede en casa salvo para realizar tareas esenciales, y eso ciertamente ha afectado sus economías. Pero hay muchas otras regiones que aún no toman medidas estrictas, o lo han hecho de modo ligero, por considerar que aún no es necesario (por la cantidad de casos registrados allí), por suponer que no les llegará, por renuencia a mermar la actividad económica y, en ciertos casos, por nociones ideológicas improcedentes.

Si la epidemia golpeará a todas las áreas de Estados Unidos y con qué intensidad es aún una incertidumbre. Pero ciertamente no hay zona que pueda suponerse a salvo. Y los escenarios más negativos, que es imperativo evitar, hablan de decenas o cientos de miles de fallecidos.

Y, en realidad, la epidemia de Covid-19 se está acelerando a nivel mundial y Estados Unidos es uno de los países en que esa aceleración es cada vez más grande y ominosa. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que Estados Unidos podría convertirse en el epicentro de la epidemia de Covid-19. De acuerdo a Reuters, en las últimas 24 horas el 85%  de los nuevos casos de infección por coronavirus se registraron en Europa y Estados Unidos, y el 40% de ellos en territorio estadounidense.

Médicos y otros expertos en salud pública consideran que lo más duro está aún por llegar. Si será de la magnitud de Italia o se logrará mitigar es aún una incógnita, pero actitudes displicentes de muchas personas y autoridades, que creen que no padecerán la enfermedad, desoyen los llamados al distanciamiento social y a la reducción drástica de actividades o, de plano, rechazan realizarlas por priorizar nociones políticas, ideológicas o económicas, podrían provocar un muy rudo despertar.

Por añadidura, el sistema de salud estadounidense, que carece de la cobertura universal pública y gratuita que existe en Europa, está poco preparado y con recursos insuficientes para encarar una epidemia mayor. Muchos estados ya luchan desesperadamente por hacerse de suministros básicos y para establecer al máximo posible camas y ventiladores clave para salvar vidas. Todo con la angustia de que corren contra reloj y que la avalancha podría superarlos.

Trabajadores y militares construyen una morgue provisional frente al Hospital Bellevue de Nueva York, una ominosa señal del rigor con que la epidemia de Covid-19 podría golpear a esa metrópoli. Un escenario que podría darse en otras regiones de EEUU. (Eduardo Munoz Alvarez/Getty Images)

La idea de que los jóvenes no enferman y que se trata de una enfermedad que solo afecta y mata a personas de avanzada edad ha resultada equívoca, aunque su difusión inicial ha causado confusión e irresponsabilidades.

En realidad, si bien los ancianos y personas con enfermedades preexistentes están en mayor riesgo y son los que más fallecen, personas de todas las edades han requerido hospitalización intensiva y han muerto. Incluidos jóvenes e incluso niños. Con el añadido de que aunque no presenten síntomas o éstos sean leves, toda persona infectada con coronavirus puede esparcirlo y contagiar a otros, amplificando los estragos del Covid-19.

Ciertamente, las medidas de cierre de una ciudad, estado  o país deben tomarse con cuidado, con base en los datos de salud pública y criterios científicos. El aspecto económico pesa en ello, pero al final el bienestar general y el salvar vidas es lo prioritario.

En ese sentido, cuando con base en la evidencia científica se ha decretado un cierre este ha de ser cumplido con la máxima extensión y responsabilidad, pues su incumplimiento resulta irresponsable, podría reducir la capacidad de mitigación de la epidemia, elevar el número de enfermos y muertos y deteriorar aún más la economía.

Es clave porque, según reporta CNN, en Estados Unidos la epidemia arrecia, con datos heterogéneos aún, pero al alza. En algunos días Estados Unidos podría tener más casos que Italia y China. Y aunque la proporción de muertes estadounidenses ha sido menor que en esos países, el escenario podría volverse ominoso.

El distanciamiento social y la reducción de actividades es por ello clave en Nueva York, Washington o California, donde se han dado la mayoría de los casos (Nueva York con mucho es el más afectado) pero también son cruciales en muchas otras áreas con menos enfermos, justo para evitar llegar a la situación crítica que se ve en otros lugares. Y para prevenir, ante una oleada de enfermos, el colapso de los hospitales y por ello el incremento de la letalidad de la epidemia.

El presidente Donald Trump, con todo, ha planteado levantar lo más rápido posible, tan pronto como Semana Santa, las restricciones a la actividad en el país, a fin de que la población vuelva al trabajo y la economía despierte del presente letargo, que ha ya producido enormes pérdidas a los negocios, a la bolsa y sobre todo a las familias, golpeadas por una explosión de desempleo y recorte sustancial de sus ingresos.

Pero esa fecha es, a lo mucho, aspiracional y algunos la ven como una mera ilusión, pues no se prevé que para entonces existan las condiciones para normalizar las actividades, sobre todo porque Estados Unidos está aún en los comienzos del ciclo de la epidemia e incluso en Nueva York, que ha sido ya muy afectada, los casos siguen subiendo.

Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, ha alertado sobre la posibilidad de que una oleada de casos de Covid.19 pueda colapsar el sistema hospitalario de su estado. (AP Photo/John Minchillo)

El llamado aplanamiento de la curva en Estados Unidos aún está en un doloroso futuro.

Que hoy haya estados o ciudades con muy pocos casos no significa que eso vaya a ser así de modo definitivo. Y hay altas y rudas probabilidades de que la epidemia afecte con fuerza a todos esos sitios.

Dado que en Estados Unidos las restricciones a la actividad, incluso las más severas, no han sido del grado de la clausura total que se dio en Wuhan, en China, o incluso de lo que se vive ahora en España o Italia, resulta casi imposible detener por completo la difusión del coronavirus en las presentes circunstancias.

Lo que sí es posible es reducir sustancialmente su expansión, mitigar la epidemia y evitar la saturación del sistema hospitalario. Es imperativo lograrlo para evitar un desastre aún mayor, tanto en lo humano como en lo económico.

No será agradable tener, a contrapelo de los datos científicos, actitudes y acciones contrarias a la necesaria contención de la propagación del coronavirus y al poco toparse con una epidemia aún más candente que requiera medidas aún más severas que las que inicialmente no se quisieron imponer o respetar. Y la pérdida de vidas que podrían haberse salvado será una carga inmensa.