De manera discreta, los jóvenes en Japón están acabando con el tabú de los tatuajes

·6  min de lectura
La estación de trabajo de un tatuador en el salón Calico Circus en Tokio, en abril de 2022. (Haruka Sakaguchi/The New York Times)
La estación de trabajo de un tatuador en el salón Calico Circus en Tokio, en abril de 2022. (Haruka Sakaguchi/The New York Times)

TOKIO — Ayaka Kizu, una diseñadora web de Tokio, hace poco estaba junto al escritorio de su oficina, despegando los apósitos de una sección del tamaño de una manzana de su brazo derecho. Había terminado una reunión con clientes, por lo que ahora podía mostrar lo que había debajo: un tatuaje de un unicornio multicolor.

Kizu, de 28 años, forma parte de un creciente número de jóvenes que están desafiando los antiguos tabúes de Japón contra los tatuajes, los cuales se siguen identificando con el crimen organizado, incluso ahora que la mafia japonesa ha desaparecido y el arte corporal se ha vuelto muy popular en Occidente.

Inspirada por influentes japoneses y celebridades extranjeras, Kizu decidió a los 19 años hacerse un tatuaje de una luna creciente en su muslo derecho, en homenaje a su serie de manga favorita, “Sugar Sugar Rune”. Desde entonces se ha hecho cinco más.

A medida que ha tenido empleos desde la universidad, incluyendo las relaciones públicas en una gran empresa tradicional y el trabajo de ventas en grandes almacenes, ha tenido que ponerse creativa para ocultar sus tatuajes, cuya exhibición sigue estando básicamente prohibida en todos los lugares de trabajo, excepto los más liberales. Eso significa, por ejemplo, que debe dejarse el pelo suelto para cubrir la tinta detrás de las orejas.

“Es una molestia, pero mientras los oculte cuando haga negocios, no me importa”, comentó. “Quería estar a la moda. Simplemente decidí hacerlo”.

Con el contenido que ven en sus celulares, los jóvenes japoneses están más expuestos a los tatuajes que tienen los cantantes y modelos famosos, lo que está acabando con el estigma que pesa sobre el arte corporal y los anima a desafiar las arraigadas expectativas sociales sobre su aspecto.

Alrededor de 1,4 millones de japoneses adultos tienen tatuajes, casi el doble que en 2014, según Yoshimi Yamamoto, antropóloga cultural de la Universidad de Tsuru que estudia los tatuajes tradicionales “hajichi” que llevan las mujeres de Okinawa en las manos.

Takafumi Seto trabaja detrás de un bar con su manga de tatuajes visible en Tokio, en abril de 2022. (Haruka Sakaguchi/The New York Times)
Takafumi Seto trabaja detrás de un bar con su manga de tatuajes visible en Tokio, en abril de 2022. (Haruka Sakaguchi/The New York Times)

En 2020, el tatuaje dio un gran salto hacia una mayor aceptación cuando el Tribunal Supremo de Japón dictaminó que podía ser realizado por personas que no fueran profesionales médicos autorizados. El 60 por ciento de las personas de 20 años o menos creen que las normas generales sobre los tatuajes deberían relajarse, según una encuesta realizada el año pasado por una empresa de tecnología de la información.

En grandes ciudades como Tokio y Osaka, los tatuajes visibles son cada vez más comunes entre los trabajadores de los servicios de alimentación, los empleados de los comercios y los de la industria de la moda. En los callejones de Shinjuku, un animado barrio de Tokio, Takafumi Seto, de 34 años, lleva una camiseta que muestra su manga de tatuajes color rojo y negro mientras trabaja como mesero en una cafetería de moda.

Seto se hizo la mayoría de sus tatuajes tras mudarse a Tokio hace diez años desde los suburbios del oeste de Japón, donde todavía se le quedan viendo cuando visita a su familia. Su abuela no sabe que tiene tatuajes, así que solo la ve en invierno, cuando puede llevar mangas largas.

“Creo que los obstáculos para hacerse un tatuaje han disminuido”, dijo. “En Instagram, la gente muestra su tinta. Los tatuajes ahora son bien vistos. Es ese tipo de generación”.

Hiroki Kakehashi, de 44 años, un artista del tatuaje que se ha ganado un estatus de culto entre las mujeres de 20 años por sus tatuajes de líneas finas del tamaño de una moneda, dijo que sus clientes procedían ahora de una gama más amplia de profesiones: trabajadores del gobierno, profesores de instituto, enfermeras.
“Suelen estar en lugares que se pueden ocultar, pero hay más gente con tatuajes de lo que nos imaginamos”, aseguró Kakehashi.

Los tatuajes tienen una larga historia en Japón y eran importantes para las mujeres de las comunidades indígenas de Okinawa y Ainu. Su asociación con el crimen organizado se remonta a casi 400 años atrás. Se utilizaban para marcar a los delincuentes en los brazos o la frente con marcas que variaban según la región y el delito: por ejemplo, un círculo, una gran X o el carácter chino de perro.

Después de que Japón pusiera fin a más de dos siglos de aislamiento en 1868, el país empezó a promover políticas de modernización al estilo occidental. Entre ellas: una ley que prohibía los tatuajes, que se consideraban “bárbaros”.

Aunque esa prohibición se levantó en 1948, el estigma permaneció. Los yakuza, o gánsteres japoneses, suelen llevar un “wabori” del cuello al tobillo, un tatuaje tradicional de estilo japonés hecho a mano con agujas. Debido a esta asociación con los gánsteres, muchos balnearios, playas y gimnasios prohíben el acceso a personas con tatuajes. Los puestos de trabajo de oficina que permiten los tatuajes todavía son escasos o inexistentes y muchas empresas prohíben expresamente a los solicitantes que los tengan.

El caso que condujo a la trascendental decisión del Tribunal Supremo sobre los tatuajes comenzó en 2015, cuando Taiki Masuda, de 34 años, un artista del tatuaje en Osaka, sufrió una redada en su estudio casero y fue sancionado con una multa. En lugar de pagarla —como le aconsejaron muchos tatuadores veteranos que tenían acuerdos con la policía— acudió a los tribunales.

El juicio, dijo Masuda, “cambió la imagen de la industria del tatuaje en Japón”.

Durante el juicio, un grupo de veteranos tatuadores, proveedores y abogados se unieron para crear la Organización de Tatuadores de Japón. Con el asesoramiento de dos médicos, crearon un curso en línea sobre higiene y seguridad. Los artistas del tatuaje ahora pueden recibir una certificación para exhibirla en sus estudios, siguiendo el modelo de las prácticas en el extranjero. La organización está en conversaciones con el Ministerio de Sanidad, con la esperanza de que el gobierno acabe recomendando a todos los artistas del tatuaje que tomen el curso.

El año pasado, cerca de cien artistas tomaron el curso. En la actualidad, al menos 3000 trabajan en Japón y, con una mayor legitimidad, se espera que haya una mayor aceptación por parte de la sociedad.

Entre los nuevos iniciados en el mundo de los tatuajes se encuentra Rion Sanada, de 19 años, que una tarde reciente estaba tumbada nerviosa en la cama de un estudio del barrio de Setagaya, en Tokio, ansiosa por hacerse su primer tatuaje.

Aunque estaba a punto de empezar a buscar trabajo a tiempo completo, dijo que no le preocupaban sus perspectivas laborales.

“Simplemente, conseguiré un trabajo en el que pueda cubrir mis brazos y piernas con ropa holgada”, afirmó. “Hoy en día, los tatuajes son mucho más comunes”.

Tres cuartos de hora más tarde, Sanada se miró el antebrazo, donde ahora descansaba la silueta de un ratón, tumbado boca abajo con pequeñas alas en forma de corazón.

“Trabajaré donde pueda hasta que la sociedad se ponga al corriente y pueda ser libre”, concluyó.

© 2022 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.