¿Un dique de seis metros de altura? Miami enfrenta decisiones difíciles respecto al cambio climático

·7  min de lectura
Miami evitó un embate directo del huracán Irma en 2017, pero de todos modos sufrió daños a causa de la tormenta en las partes de la ciudad que quedaron bajo el agua. (Jason Henry/The New York Times)
Miami evitó un embate directo del huracán Irma en 2017, pero de todos modos sufrió daños a causa de la tormenta en las partes de la ciudad que quedaron bajo el agua. (Jason Henry/The New York Times)

MIAMI — Hace tres años, poco después de que el huracán Irma dejara partes de Miami bajo el agua, el gobierno federal emprendió un estudio para encontrar una manera de proteger la vulnerable costa del sur de Florida de una marejada ciclónica letal y destructiva.

La respuesta es poco popular desde ahora.

El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos propuso construir un muro en su primer borrador del estudio, que ahora está en revisión. De hecho, quieren que este se extienda unos 9,6 kilómetros, principalmente tierra adentro, paralelo a la costa, a través de los vecindarios, excepto por un tramo de 1,6 kilómetros que pasaría justo por la bahía Vizcaína, junto a los rascacielos resplandecientes de Brickell, el distrito financiero de la ciudad.

La drástica propuesta de 6000 millones de dólares sigue siendo tentativa y no se realizaría sino hasta dentro de cinco años. Pero la alarmante sugerencia de construir un dique enorme de seis metros de altura en medio de la hermosa bahía Vizcaína fue suficiente para despertar la atención de algunos miamenses. Las decisiones difíciles que tendrá que enfrentar la ciudad debido a sus muchos retos ambientales ya están aquí, y pocas personas quieren encararlos.

“Debemos abrir un diálogo sobre cuáles son nuestras prioridades, a nivel cultural”, dijo Benjamin Kirtman, profesor de ciencias atmosféricas en la Universidad de Miami. “¿Dónde queremos invertir? ¿Dónde tiene sentido hacerlo?”.

“A eso me refiero cuando hablo de preguntas generacionales”, agregó. “Y hay una tremenda reticencia a sostener esa conversación”.

En Miami, quizá el área metropolitana estadounidense más expuesta al aumento del nivel del mar, el problema no es la negación del cambio climático. No cuando la temporada de huracanes, que comienza esta semana, regresa cada año con tormentas más intensas y frecuentes. No cuando se ha vuelto cada vez más difícil e inasequible obtener seguros contra inundaciones. No cuando las noches son tan calurosas que usar un suéter para abrigarse del aire fresco nocturno ha quedado en el pasado.

Un rascacielos departamental en el vecindario de Brickell en Miami, el 9 de mayo de 2021. (Zack Wittman/The New York Times)
Un rascacielos departamental en el vecindario de Brickell en Miami, el 9 de mayo de 2021. (Zack Wittman/The New York Times)

El problema es que la magnitud de los obstáculos interconectados que enfrenta la región puede parecer abrumadora y ninguna de las posibles soluciones es barata, fácil ni agradable.

Para su estudio, el Cuerpo de Ingenieros se concentró en la marejada ciclónica —la elevación de la marea que suele inundar la costa durante las tormentas— que últimamente ha empeorado debido a huracanes más intensos y al aumento del nivel del mar. Sin embargo, esa no es la única preocupación.

El sur de Florida, plano y de baja altitud, yace sobre piedra caliza porosa, lo cual permite que el océano se eleve y se filtre a través del suelo. Aunque no haya tormentas, la marea elevada provoca inundaciones más grandes, en las que las calles se llenan de agua incluso en días soleados. El flujo de agua salada amenaza con desgastar el acuífero subterráneo que abastece de agua potable la región, agrietar las antiguas tuberías de alcantarilla y las fosas sépticas avejentadas. Deja menos espacio para que la tierra absorba el líquido, por lo que el agua de las inundaciones se queda estancada por más tiempo, y su escorrentía contamina la bahía y mata a los peces.

Y eso solo es lo relacionado con el aumento del nivel del mar. Las temperaturas se han vuelto tan sofocantes en los últimos veranos que el condado de Miami-Dade ha nombrado a una nueva “directora interina del calor”.

“De lo que nos damos cuenta es que cada uno de estos problemas, que sin duda están interrelacionados, son gestionados por partes diferentes del gobierno”, comentó Amy Clement, profesora de ciencia atmosférica en la Universidad de Miami y presidenta del comité de resiliencia climática de la ciudad de Miami. “Está dividido de maneras que complican mucho el progreso. Y la verdad es que se requiere mucho más dinero del que tiene cualquier gobierno local”.

El estado podría ayudar, hasta cierto punto. Los legisladores republicanos, que han controlado la Legislatura de Florida desde hace más de 20 años, reconocieron a finales de 2019 que habían ignorado el cambio climático durante tanto tiempo que el estado había “perdido una década”. Han comenzado a tomar medidas para financiar soluciones, pues han canalizado más de 200 millones de dólares de contribuyentes, recaudados por medio de transacciones inmobiliarias, a proyectos relacionados con el aumento del nivel del mar y el alcantarillado. Los legisladores también destinaron al fondo 500 millones de dólares del estímulo federal.

No obstante, el costo de todo lo que se tiene que hacer es de miles de millones de dólares. El estimado tan solo para que el condado de Miami-Dade elimine de manera gradual unas 120.000 fosas sépticas es de alrededor de 4000 millones de dólares, y eso no incluye los miles de dólares que cada propietario inmobiliario también tendría que pagar.

Ahí es donde entra el Cuerpo de Ingenieros, cuyos proyectos, de ser aprobados por el Congreso, cuentan con financiamiento del 65 por ciento por parte del gobierno federal y el 35 por ciento por parte de un gobierno local.

Nadie quiere rechazar ayuda financiera de Washington, pero la propuesta de un dique enorme a lo largo de uno de los tramos más espectaculares de Miami ha producido un momento inusual de acuerdo entre los ambientalistas y los promotores inmobiliarios, quienes temen que la delicada ecología de la bahía se vea afectada y que los valores de las propiedades disminuyan.

“Pensamos: ‘Oh, no’”, expresó Ken Russell, comisionado de la ciudad de Miami cuyo distrito incluye Brickell. “Los 40.000 millones de dólares en activos que están tratando de proteger sufrirán si se construye un muro alrededor del centro de la ciudad, ya que eso afectará los valores de mercado y la calidad de vida”.

Otras partes del borrador de plan del Cuerpo de Ingenieros, que incluye construir rompeolas en la desembocadura del río Miami y varias otras vías navegables, son más atractivas: fortalecer las plantas de tratamiento de aguas residuales, así como las estaciones de bomberos y policías, a fin de que resistan el golpe del agua marina. Elevar o acondicionar negocios y hogares con estructuras a prueba de inundaciones. Plantar manglares, que pueden ser una primera línea de defensa contra las inundaciones y la erosión. El condado de Miami-Dade quiere dar prioridad a todos esos aspectos; está programado que se entregue una versión final del plan este otoño.

Aún quedan puntos de fricción. Entre las casas que se propusieron para ser elevadas con el dinero de los contribuyentes hay mansiones multimillonarias de la zona costera, esto como resultado de la misión del Cuerpo de Ingenieros de proteger con eficacia la mayor cantidad posible de vida y propiedad, pero los críticos afirman que solo conducirá a una mayor protección de los ricos, cuyas propiedades valen más.

Luego están los muros. Los muros que estarían tierra adentro —algunos serían bastante pequeños, pero otros pueden llegar a ser de hasta 3,9 metros de altura— dividirían los vecindarios, lo cual dejaría menos protegidos los hogares orientados al mar. El dique en la bahía Vizcaína, que podría tener hasta 6 metros de altura y una estética tan formidable como las barreras de sonido a lo largo de la Interestatal 95, revertirían décadas de políticas pensadas para evitar el dragado y relleno de la bahía.

Cuando los gobiernos locales les han preguntado a los ciudadanos cómo les gustaría combatir el cambio climático, los residentes prefieren por mucho lo que se conoce como infraestructura verde: una protección costera de varias capas basada en una mezcla de dunas, praderas marinas, arrecifes de coral y manglares, explicó Zelalem Adefris, vicepresidenta de políticas y defensa en Catalyst Miami, que trabaja con comunidades de bajos ingresos en el condado.

“El plan del Cuerpo de Ingenieros del Ejército simplemente se ve muy diferente”, comentó. “Pareció muy incongruente con las conversaciones que se están teniendo a nivel local”.

Sin embargo, los funcionarios del Cuerpo de Ingenieros afirman —con amabilidad— que no ven otro modo de sortear lo que llaman elementos estructurales. La amenaza que supone la marejada ciclónica para el condado de Miami-Dade es demasiado grave.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company