Otro diputado muere al hacer su trabajo ¿Cómo funciona una democracia si participar es temer por tu vida?

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 (PA)
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En una iglesia construida con ladrillos, en una calle aburrida, en una tarde soleada, le quitaron la vida al miembro del Parlamento Sir David Amess mientras hacía su trabajo.

Estaba allí, en la Iglesia Metodista Belfair en Eastwood Road en Leigh-on-Sea, justo porque era algo aburrido. Cuando se supo la noticia del espantoso incidente alrededor del mediodía, entre la avalancha de amigos de Sir David estaba un hombre llamado Stephen Aleyn, que alguna vez fue concejal local en el área, pero solo eso, que había trabajado con Sir David durante treinta años o más.

"Era un amigo para mí, era un amigo para todos", dijo Aleyn. “La única razón por la que estuvo aquí, en una reunión con su electorado y no en la oficina de su circunscripción, fue porque quería conocer gente de la comunidad. Así era él. Él era un caballero. Era un buen diputado".

Aleyn, como la mayoría de la gente de aquí, en una de las zonas menos atractivas de la hermosa y muy popular ciudad costera de Leigh-on-Sea, pensó al principio que se trataba de un pequeño accidente de tráfico. Hay muchos jubilados por aquí. Las carreteras se acordonan seguido. Luego llegó una ambulancia. Luego, mucho tiempo después, una ambulancia aérea. El hecho de que pareciera llevar tanto tiempo insinúa en gran medida lo que se entiende que es el caso. Que había, en este punto, una trágica falta de urgencia.

A las tres y media, los estudiantes que regresaban a casa en bicicleta encontraron un cordón de vehículos policiales que bloqueaba el paso. Ellos ya sabían lo que había sucedido.

"No podemos bajar allí porque ese hombre fue apuñalado".

Son palabras que uno esperaría que un niño de once años de camino a casa desde la escuela nunca tuviera que decir.

Sir David Amess fue sin duda un buen diputado. Fue uno, sin interrupción, durante treinta y ocho años. Nunca sirvió en el gabinete de nadie, ni como ministro. Aquellos diputados que nunca hacen tales cosas, pero que se vuelven muy conocidos y respetados, lo hacen porque realizan el trabajo aburrido y duro que se vuelve su vida cotidiana. Esa es una cosa que a menudo no les imposta a quienes pasan a su lado.

Lo mató, tenemos entendido, un hombre que no conocía, que estaba ejerciendo su derecho democrático a hablar con un político electo: a pedirle ayuda. Y, según la policía, aprovechó la oportunidad que le brindaba ese derecho para sacar un cuchillo y apuñalarlo varias veces.

Sir David Amess en verdad era un caballero. De los muchos homenajes que se le han rendido en las horas transcurridas desde que ocurrió el atroz incidente, ese es el que más se ha escuchado. Era un hombre de Essex y un Conservador de Essex. El hombre sinécdoquico de Essex, en cierto modo, en el sentido de que fue su victoria en el distrito electoral de Basildon en 1992 lo que primero dejó claro que Neil Kinnock no iba a ganar.

Logró un poco de notoriedad a fines de la década de 1990, cuando el satírico Chris Morris lo engañó para que planteara en la Cámara de los Comunes el flagelo de una nueva droga llamada "pastel", que Morris había inventado por completo. El personal que trabajó para él en los años posteriores mantiene que estaba de muy buen humor al respecto. Unos años más tarde, se inventó Wikipedia y luego se volvió muy popular. Después de un tiempo, se dio cuenta de que el incidente no se olvidaría.

Sin duda, Sir David Amess quería estar entre la gente, y esa es la cuestión crucial que tendrá que ser deliberada, una vez más, en los terribles días y semanas venideros. Era de esperarse, su asesinato ha dado lugar a llamados para sacar el lenguaje tóxico de la política, reducir la retórica, eliminar el calor y el odio, y eso, por supuesto, es algo que debería suceder.

Pero ese es solo el estado de ánimo del momento, y no se tiene en cuenta la miserable realidad de que los ataques violentos a los políticos en el desempeño de sus funciones ocurren de vez en cuando, con una certeza exacta e impactante, y no solo en este país sino en todo el mundo. Aunque debe tenerse en cuenta que hay muchos más países en el mundo con tasas de criminalidad mucho más altas, poblaciones mucho más grandes y donde mueren muchas más personas que no han tenido que presenciar la muerte de dos de sus diputados en las calles en apenas cinco años, y donde otros han sido objeto de terroríficos planes de asesinato que, por suerte, nunca llegaron a suceder.

Culpar a la retórica hirviente es ofrecer una pequeña pero no obstante real mitigación por las acciones alguien que, se presume, entró a una iglesia con un cuchillo y mató no solo a un hombre desconocido, sino al representante electo del gobierno del lugar en el que sucedió. Tales acciones no merecen tal mitigación.

La retórica tóxica existía cuando Jo Cox fue asesinado, pero no tanto cuando Stephen Timms fue apuñalado en su oficina en East Ham hace once años. Tampoco cuando un joven llamado Andy Pennington fue asesinado a puñaladas tratando de proteger a su jefe, el diputado Nigel Jones, en 2000.

Habrá gritos para el cambio, para reducir, para poner fin a lo que ahora es una noción muy aceptada de que los políticos son villanos que deben ser vilipendiados. Pero para comenzar ese proceso de rehabilitación, un número no insustancial de políticos también tendría que cambiar sus formas.

La pregunta es ¿qué se debe hacer? Pueden tener una mejor seguridad, pueden realizar sus negocios detrás de las pantallas, pero la cruda realidad es que, en su mayor parte, no quieren hacerlo. Salir y conocer gente es parte del trabajo. Por eso estuvo aquí Sir David Amess. Hay, con toda razón, votos en esto, y los votos son la moneda del negocio en el que se encuentran.

Los parlamentarios conocen los riesgos, saben lo que le ocurrió a sus amigos y colegas, pero aún así no quieren encerrarse en una burbuja por eso.

Una política en la que los políticos deben estar protegidos de las personas que los eligen es una política demasiado sombría para contemplar. La alternativa es seguir como estamos, lo que es apenas menos edificante.

Aunque es un sentimiento simplista que se repetirá muchas veces en los próximos días, no obstante es cierto. Es un ataque a nuestra democracia, a nuestra manera de vivir. También se dirá, muchas veces, que tales ataques no pueden tener éxito, lo que en última instancia no es posible.

Pero quienquiera que sea el asesino, sea cual sea la causa, no altera la realidad de que el arma del terrorismo es el terror. Ese es el punto. Los diputados no tendrían que ponerse en peligro. No tendrían que ser valientes para hacer el trabajo. Los amigos y familiares de los diputados no deberían pasar sus días y sus noches asustados por su seguridad, por sus vidas. Pero la verdad es que lo hacen.

¿Cómo puede ser funcional una democracia si la gente debe aceptar cualquier grado de miedo personal solo para participar en ella?

La respuesta es que no puede. No puede seguir así. Mientras tanto, el aspecto más impactante es que no será menos impactante la próxima vez.

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