El diario de la princesa Kristen Stewart

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La actriz Kristen Stewart en West Hollywood, California, el 27 de octubre de 2021. (Ryan Pfluger/The New York Times).
La actriz Kristen Stewart en West Hollywood, California, el 27 de octubre de 2021. (Ryan Pfluger/The New York Times).

A veces se ha acusado a Kristen Stewart de limitarse a interpretar variaciones de sí misma, como si eso no fuera la mitad de lo que nos atrae de las estrellas de cine. En “Crepúsculo” (2008), aportó un atractivo específico y huraño a una heroína concebida como una pizarra en blanco para las lectoras; más tarde, en “Personal Shopper” (2017), cuando Stewart cambió sus camisetas polo por el vestido brillante de una clienta rica, se podía ver tanto a la estrella como al personaje contemplando su nuevo aspecto en el espejo: ¿Soy yo? ¿Podría ser yo?

En un principio, su nuevo drama “Spencer” parecería ser un soplo de aire fresco para el tipo de cinéfilo que exigiría una transformación más rigurosa de la actriz de “Crepúsculo”: dirigida por Pablo Larraín (“Jackie”), la película es un retrato psicológico de la princesa Diana, que se desmorona y luego se recupera durante tres días de vacaciones navideñas. En lugar de contratar a una actriz británica, Larraín eligió a Stewart, una figura contemporánea de la moda californiana que me recibió el día de nuestra entrevista con un traje de rayas color rojo ladrillo, con las mangas del saco remangadas para dejar ver una pequeña constelación de tatuajes.

La actriz de 31 años que se sentó frente a mí en un balcón del Sunset Tower Hotel en West Hollywood quizá no parezca la elección evidente para interpretar a “la princesa del pueblo”, pero ocurre algo curioso al ver “Spencer”: la distancia que en un principio parecía tan grande entre las dos mujeres se acorta hasta el punto de parecer la elección más acertada de la historia. Stewart, después de todo, sabe un par de cosas sobre lo que es vivir ante la mirada pública, el escrutinio de un romance de alto perfil y los momentos privados arrebatados por los paparazzi.

Stewart se entregó por completo a la película, estudiando la postura, los gestos y el acento de Diana; la interpretación resultante, potente y provocativa, la ha colocado al frente de las candidatas al premio Oscar de este año. “Solía pensar que necesitaba la espontaneidad y la ansiedad para llegar a algo veraz y que, si tenía demasiado control sobre ello, de inmediato se iba a convertir en algo artificial”, comentó Stewart. “Simplemente no tenía la confianza de frenar eso y decir: ‘No, puedes diseñar algo’”.

Sin embargo, Larraín tuvo esa confianza en ella.

“Es como una actriz de la década de 1950 o 1960”, afirmó el director. “Lo que ella hace para la historia puede estar en un nivel de personaje muy aterrizado, pero se eleva a un nivel poético que crea una gran cantidad de misterio e intriga. Y quizá esa es la mejor fórmula que se puede encontrar para una actuación ante la cámara”.

A continuación, fragmentos editados de nuestra conversación.

P: ¿Cuál fue tu primera impresión cuando Pablo te propuso hacer “Spencer”?

R: Él estaba muy seguro de que yo debía hacerlo, y me pareció una audacia y una locura porque no parece la opción más instintiva ni inmediata.

P: ¿Te dijo por qué tenías que ser tú?

R: Me dijo: “Hay algo en Diana que nunca conoceremos. Tú me haces sentir así. He visto tu trabajo y nunca sé realmente lo que estás pensando”. Y yo también me siento así con Diana. Aunque siento esta abrumadora atracción hacia su espíritu y su energía, hay algo que me hace bajar la guardia. Quiero pasar el rato con ella. Quiero correr con ella por un largo pasillo. Quiero conocer a su hijo.

P: ¿Qué surgió de Diana mientras la investigabas?

R: Había tantas capas que leer. Había muchas formas en las que intentaba revelarse, que no eran necesariamente una frase directa. No se le permitía decir: “Me estoy muriendo y él no me quiere”. Creo que la forma en que se expresaba es muy interesante porque hay muchas lentes entre la persona y esa comunicación.

Es como si no reconociéramos que todas las personas en el mundo están sentadas aquí en este balcón con nosotros, y eso es una locura. Tenemos que fingir que no es así porque estamos siendo amables entre nosotros. ¡Lo cual es agradable! Pero también estamos hablando con todo el mundo en este momento.

P: Y te pido que seas vulnerable conmigo, como si lo que dices no fuera a ser editado, reblogueado y retuiteado por gente que no está aquí.

R: Definitivamente, te la juegas. Se podría escribir un artículo muy largo sobre el intercambio entre un periodista y un actor. Pero sabemos que ese no es el objetivo de esto.

P: Sin embargo, en cierto modo, sí lo es. Diana tenía que ser increíblemente inteligente en cuanto a su imagen y la forma en que se mostraba, sin dejar de irradiar una autenticidad absoluta. Los actores tienen que hacer lo mismo.

R: Todas las maneras en que interactuamos con los demás tienen que estar diseñadas desde un lugar interior. Por lo tanto, es una forma de manipulación. Quieres que alguien te entienda; quieres hacer que alguien sienta lo que tú sientes. Es triste pensar en ella en general porque simplemente es la persona más codiciada, amada y también rechazada, que se odia a sí misma. Esas cosas no deberían combinarse.

P: A menos que parte sea causa y parte sea efecto. ¿Acaso nuestra manera de reaccionar ante ella causa un poco de eso? Cuando la llamamos “la princesa del pueblo”, ¿implica eso una forma de propiedad?

R: Por supuesto, lo cual creo que ella tal vez trató de cultivar. Creo que tuvo que tender la mano para conseguir algún tipo de aceptación cálida, cuando obviamente en casa se sentía invisible, no escuchada, sofocada y fría. Ella estaba buscando ese tipo de amor en todas partes. Fue la primera miembro de la realeza en toda su historia que se acercó a la gente y la tocó físicamente, en la cara, sin guantes. Eso sacudió a la gente hasta la médula.

P: ¿Cómo resolviste algunas de sus contradicciones?

R: Había gente que decía: “Ella nunca decía groserías”. Y luego otros recuerdos decían: “Ay, Dios, llegaba diciendo unas palabrotas”. Así que no puedes conocerla. Con la gente famosa, escuchas a alguien decir: “Lo conocí una vez y no es muy amable”, pero hay que pensar: “¿Le preguntaste cómo estaba cuando iba saliendo del baño? Quizá no fue amable contigo en ese momento”. A la gente le encanta que una experiencia resuma toda la personalidad de un ser humano. Solo tienes que tomar las perspectivas de todos, juntarlas y descubrir la tuya.

P: Está claro que hablas desde tu experiencia personal. Pero en otras entrevistas que he leído, das un paso atrás cuando se te pide que traces una línea directa entre tu tiempo ante la mirada pública y el de Diana.

R: La razón por la que soy un poco reacia a reconocer la comparación es porque nunca me han dicho que me siente y me quede quieta de la manera tan perjudicial y deshonesta como le ocurrió a ella. Yo en realidad he vivido desde un lugar de impulso y descubrimiento, de verdadera honestidad y espontaneidad.

P: Pero, aun así, sabes lo que puede ser un alto nivel de escrutinio público. Sabes cómo es que los fotógrafos te roben momentos personales.

R: ¿Que si siento que las mujeres son tratadas injustamente y criticadas en exceso en comparación con los hombres en la prensa? Por supuesto. Es una conversación en la que quiero ahondar. Pero yo me hice muy famosa gracias al cine, y eso resulta diferente. Diana creía en un ideal que al final quedó claro que era una farsa. Es decir, si ella hubiera sabido que iba a estar en un matrimonio sin amor... Por lo tanto, cuando la gente decía: “Bueno, ella sabía en lo que se estaba metiendo”, no tenían razón para nada.

P: ¿Pero no es esa una crítica que a menudo también se hace a las estrellas de cine? ¿Que no deberían quejarse de los paparazzi, porque sabían a lo que se atenían?

R: Sí. Digo, si soy muy franca, yo no quería ser famosa. Quería ser actriz. Y reconozco totalmente que se puede decir: “¿De qué estás hablando? No se consigue una cosa sin la otra”. Pero sí se siente como un castigo cruel e inusual por hacer algo que amas, y luego de repente piensas: “Espera un momento. ¿Me empujaron y me jalaron la camisa por encima de la cabeza y luego me fotografiaron?”. Porque yo no elegí eso.

P: ¿Por qué elegiste ser actriz?

R: Siempre he dicho que es porque es el único trabajo que puedes tener de pequeña en un plató. Mi madre es supervisora de continuidad y mi padre es asistente de dirección, así que pasé un poco de tiempo en rodajes, y había una especie de mentalidad de circo que es muy divertida.

P: ¿Se sorprendieron tus padres de que eligieras ese camino? Empezaste a actuar profesionalmente a los 8 años.

R: Sí. Uno piensa en los actores infantiles y se imagina coletas, sonrisas para la cámara y vaselina en los dientes, pero yo estaba muy lejos de eso. Me parecía a mi hermano. Era la estrella infantil menos carismática, entre comillas, que podrías haber imaginado. Pero creo que la razón por la que sigo siendo actriz, lo que realmente obtengo de hacerlo, es que hay muchas versiones de ti mismo que son posibles, en términos hipotéticos, en el país de los sueños. Puedo vivir más experiencias. Puedo fantasear. Y la fantasía no significa que no sea real.

© 2021 The New York Times Company

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