El desorden les saca ventaja a las diferencias ideológicas

Carlos Pagni

Cuando se diseñó el actual oficialismo, comenzaron a presumirse tensiones entre la principal líder del grupo, la vicepresidenta, y su valido, el Presidente. O enfrentamientos más generales, entre un ala radical y otra más moderada del Frente de Todos. Los primeros 30 días de ejercicio del poder desmintieron esas profecías. No porque no surgieran conflictos, sino porque estos no parecen derivar de disputas por la jefatura o la ideología de la coalición gobernante. Las controversias tienen un origen más vulgar. Se deben al desorden y dejan entrever dificultades para planificar las decisiones.

Una exhibición de esta precariedad es el abordaje de los vencimientos financieros de la provincia de Buenos Aires. La administración central había adelantado la disposición a auxiliar a Axel Kicillof. Pero había un malentendido. Los que hacían gala de esa generosidad se referían a la deuda que tiene como acreedora a la Anses. O, para usar el fraseo de Sergio Massa, a los abuelos. No a los tenedores privados del bono BP21, que tiene un vencimiento el próximo 26. Así lo afirmó el Presidente en una entrevista con Gustavo Silvestre.

Kicillof todavía no entró en cesación de pagos. Anunció que ese día pagará sólo los 27 millones de dólares de intereses, y que los 250 millones de capital pasarían al 1º de mayo. Si Agustín Álvarez, el responsable directo de las finanzas bonaerenses, consiguiera que el 75% de los acreedores acepte, antes del 26, esa prórroga, no habría default. Las opciones que implican pagar fueron descartadas. Aun cuando el bono tiene un período de gracia hasta el 10 de febrero. Entre esas opciones está la de otra asistencia de la Nación a cambio de giros de coparticipación. O el Banco Provincia. Si no, le queda el recurso de conseguir los fondos emitiendo deuda de corto plazo en el mercado local, como ha venido haciendo. Si no lo logra, se expone, a que los tenedores de los demás bonos bajo ley extranjera consideren que su acreencia también ha sido defraudada, aun cuando no haya llegado la fecha de vencimiento. La provincia entraría así en un tembladeral judicial de costo incierto, como consecuencia de no encontrar una solución al 2,2% de su deuda.

En el mundo de las finanzas no se contemplaba que el bono BP21 quedara impago. Pero tampoco sorprendió demasiado que Kicillof adopte ese camino. El resto de los papeles bonaerenses cotiza con la misma tasa de riesgo de los de La Rioja o Chaco, por citar dos deudores de escasísima confiabilidad. Es lógico. Cualquiera que haya leído la introducción que el gobernador escribió para "Radiografía de la provincia de Buenos Aires. Crisis de un territorio en disputa", que fue su programa de campaña, conoce su enfoque general: Mauricio Macri encaró la economía privilegiando el endeudamiento y María Eugenia Vidal reprodujo, en escala, ese modelo.

De esta premisa se desprenden las inferencias habituales. Sobre todo, una: la política de Cambiemos es heredera de la que encarnó José Alfredo Martínez de Hoz bajo la dictadura militar, o Carlos Menem en los '90. La agresividad con los acreedores es una cláusula de este credo. En la coyuntura, permite al gobernador insistir con que heredó de Vidal las 10 plagas de Egipto. Una tesis que provocó ayer la irrupción de Hernán Lacunza, el exministro de Vidal, para defender que la deuda bonaerense es manejable, si no fuera porque el gobierno nacional ha contaminado a los mercados con una gran incertidumbre.

Por debajo de esta discusión se insinúan algunas paradojas. En Juntos por el Cambio militan expertos en finanzas que sostienen que Fernández debería seguir la senda de Kicillof. Estos especialistas suponen que sólo postergando desde el primer día el pago de la deuda el Presidente podría aspirar a reactivar la economía. De lo contrario, debe llevar adelante un ajuste fiscal que profundizará la recesión. Los que defienden esta salida son conscientes de que la cesación de pagos produce un daño altísimo. Pero arguyen que mayor es el daño de una parálisis prolongada. Mucho más si, en ausencia de un pacto social consistente, la inflación sigue elevada y el tipo de cambio comienza a retrasarse.

La decisión de Kicillof hizo pensar a algunos que Fernández había tomado el mismo camino. Pero, hasta ahora, es una ilusión óptica. Porque el gobierno nacional, con la música de fondo de la solidaridad con los que menos tienen, lleva ya pagados 2000 millones de dólares a los acreedores financieros. El probable default bonaerense, entonces, sería una decisión provisoria, hasta que Martín Guzmán ordene el frente financiero. En lo inmediato, el anuncio de Kicillof benefició a Guzmán, porque provocó una caída en el precio de los papeles de la Nación. El Ministro de Economía podría cerrar un acuerdo más ventajoso con bancos y fondos de inversión. Antes de hablar con el "Gato" Silvestre, el Presidente le confesó al "Perro" Horacio Verbitsky que ese entendimiento debe llegar antes del 31 de marzo, debido a que no puede enfrentar los compromisos de abril. Los acreedores están al tanto, por supuesto, de esa circunstancia. Pero igual agradecen el reconocimiento, que los deja en una mejor posición negociadora.

Las afirmaciones y los pagos de Fernández indicarían, entonces, que el Gobierno se prepara para un acuerdo con los acreedores. Sin embargo, muchos agentes del mercado que suelen contar con excelente información, no tienen indicios de que haya una propuesta elaborada. Sólo palpitan que hay conversaciones con argentinos que trabajan en grandes fondos de inversión. El Presidente, mientras tanto, confía en la pericia de Guzmán, autor de varios trabajos académicos sobre reestructuraciones de deudas soberanas. Nadie sabe, sin embargo, si en Wall Street valoran esos papers. La novedad de esta semana es que, si la dinámica es la que sugiere el gobierno nacional, también Kicillof dependerá ahora de las artes de Guzmán. Ambos han tenido tan poco contacto que no se puede hablar de mala relación. Aunque el desinteresado asesoramiento que años atrás Guzmán prestó a Miguel Pichetto y Diego Bossio, no debe ser un buen antecedente para el gobernador. Querellas keynesianas.

No es el único desafío que enfrenta Kicillof. En un plano más doméstico, tiene que resistir una endiablada pretensión de algunos intendentes del conurbano: tomar la administración de la Lotería, una de las cajas más opacas de la provincia. El que está detrás de este objetivo es Martín Insaurralde, líder de Lomas de Zamora que negoció con Máximo Kirchner los grandes trazos del poder provincial. Insaurralde aspira a que el "control" del juego quede en manos de Omar Galurralde, funcionario durante la gestión municipal de Jorge Rossi, el hombre de Duhalde en las loterías nacional y provincial. Allí, a la sombra de Rossi, se formó Insaurralde. El segundo de Galurralde sería, para esas fantasías suburbanas, Carlos Gallo, un ahijado de Cristóbal López y de Federico Achával, el padre del intendente de Pilar.

Insaurralde sueña con la aprobación del megabingo de Puente La Noria, una iniciativa de Daniel Mautone. Este empresario de las apuestas prosperó durante las gestiones de Rossi, es íntimo de Insaurralde y también del Presidente, además de ser socio de Daniel Angelici, el hombre de Macri en esa "industria". La aprobación del bingo La Noria provocó un escándalo en la provincia a raíz de las denuncias del obispo Jorge Lugones, uno de los predilectos de Jorge Bergoglio. Daniel Scioli no se animó a convalidarlo. Y Vidal congeló el proyecto. Kicillof, en una sabia decisión, dejó la conducción de Lotería bajo el mando provisorio de su mano derecha, Carlos Bianco. En las próximas semanas detectará quiénes son más ambiciosos: si los traders de los fondos de inversión o los intendentes peronistas.

Otra disonancia notoria del nuevo oficialismo apareció en el campo de la Seguridad. Sergio Berni, el ministro bonaerense, viene impugnando el enfoque de Sabina Frederic, su colega a nivel nacional. El Presidente dijo que Frederic piensa igual que él. Berni, igual, machacó: "Frederic no entiende lo que piensan los bonaerenses". Traducido: el que no entiende es Fernández. El entredicho plantea curiosidades. Una es que, contra lo que indican los prejuicios, en este campo el moderado es Kicillof, jefe de Berni, y el radicalizado, Fernández. Otra rareza es que Fernández se aferre tanto a las doctrinas de Frederic, cuando estuvo a punto de designar a Diego Gorgal, frente a quien Berni es Michel Foucault. No pudo hacerlo por las suspicacias que generaba la proximidad de Gorgal con el proveedor policial Mario Montoto. A Montoto lo compensarían, al parecer, con otra designación: Patricio Gorosito, hijo de su lugarteniente Carlos Gorosito, y ahijado del poderoso Juan Manuel Olmos representaría al Estado en el directorio de Aeropuertos Argentina 2000.

Son minucias. Lo más relevante, lo que estaría provocando la inquietud de Berni, todavía no se ha vuelto evidente. Se trata de cierta torpeza de Frederic para manejar dos casos delicadísimos e hiperpolitizados: las muertes de Alberto Nisman y Santiago Maldonado. El primer motivo de preocupación es que la ministra haya hablado de la revisión de la pericia de Gendarmería sobre Nisman. Cualquier funcionario con experiencia sabe que, para alcanzar ese objetivo, debe inducir a que lo reclamen los abogados de las partes. Por otra parte, es muy probable que ese informe de los gendarmes, realizado sobre una réplica del departamento de Nisman sin que se hubiera exhumado su cadáver, sea motivo de una gran controversia durante el juicio oral. Sobre todo, por la indignación de algunos legistas que intervinieron en la autopsia. Al querer adelantar ese proceso, Frederic se expuso a una posible crisis dentro de la Gendarmería. Un desenlace similar al que se verificaría si se pretenden revertir, esta vez con muchísimos menos argumentos, los veredictos del caso Maldonado. El malestar de Berni puede estar inspirado en esa presunción. La Gendarmería es crucial para él en el conurbano bonaerense.

Por suerte, para disimular los desajustes de un oficialismo invertebrado, siempre existe diatriba contra el gobierno antecesor. No sólo Kicillof apela a ese recurso. También Berni, aunque con más humor. Cuando aparecieron fotos de Vidal paseando con su novio, y -para sorpresa de muchos-- con Diego Pirota, por Pinamar, desde el entorno del ministro se filtró este sarcasmo: "Es increíble cómo mejoró la seguridad con nosotros. Hasta el 10 de diciembre, la gobernadora tenía que vivir en un cuartel para que no la maten las mafias. Ahora camina tranquila por la playa".