Descubrí cómo cosechar fruta gratis de miles de árboles porteños

Cristina Mahne
·6  min de lectura

Buenos Aires tiene una calle que se llama Manzanares. Y otra, Membrillar. Los carteles en las esquinas parecen prometer sembradíos cercanos, pero no hay ni manzanas ni membrillos en las veredas. Sin embargo, la ciudad alberga, a la vista de todos y a la vez de manera casi secreta, decenas de plantas de uvas, quinotos, nísperos, caquis, moras, ciruelas, duraznos, damascos, higos, papayas, guayabas, mangos, nueces (pecan y común), pomelos, paltas, naranjas (dulces y amargas), limones y hasta aceitunas. Toda esa ensalada de frutas está al alcance de la mano, gratis y disponible para ser recorrida en un paseo que se hace a pie o en bicicleta. Con canasta, claro.

"El gobierno porteño no planta frutales así que los que hay los pusieron los frentistas. Pero todos son de hace muchos años ya que desde hace tiempo tampoco está permitido que los planten los vecinos. Y algunos dan cantidades industriales de frutos", se entusiasma Ludmila Medina, Técnica en Producción Vegetal Orgánica, egresada de la Facultad de Agronomía (UBA).

Ludmila no tenía idea de árboles en general, mucho menos de frutales. Pero en 2011, cuando ya cursaba la Tecnicatura, aceptó participar de una convocatoria lanzada por el gobierno porteño para estudiantes que quisieran involucrarse en un censo de arbolado urbano. Y empezó a aprender.

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"Al año siguiente, yendo a visitar a mi abuelo que vivía en el barrio de Monte Castro, vi en la calle un árbol de mandarinas. Y me di cuenta de que siempre lo había mirado, pero hasta entonces no lo había visto. Me acerqué a la planta y agarré una mandarina. Desde adentro de la vivienda escuché un ¡Chist!. La dueña de casa me dijo que no me llevara nada, que podía romper la planta. Pero me puse a charlar con ella y acordamos que si le daba una parte de los frutos me permitiría cosechar para mí el resto. Como las mandarinas estaban muy altas -recuerda con una sonrisa de satisfacción- me prestó una escalera".

Esa experiencia le hizo dimensionar la cantidad de frutos que se podían obtener. "Pensé que podía armar un listado y compartirlo en una página de Facebook para que otras personas también pudieran aprovechar los frutos de ese y otros árboles que iba detectando. Cuando lo publiqué se empezó a sumar gente que sabía la ubicación de más frutales". Llamó a su proyecto, y a su página, La ciudad nos regala sabores.

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Poco después empezó a trabajar en Arbolado Urbano, donde estuvo 6 años. En todo ese tiempo llevaba encima siempre un cuadernito en el que iba anotando los frutales con los que se iba encontrando. Con esa guía rudimentaria como eje, Ludmila empezó en 2012 a armar paseos abiertos y gratuitos para recorrer circuitos de frutales porteños. Lo hacía como hobby, mientras seguía aprendiendo.

Su movida se expandió, literalmente, de boca en boca: cada vez más vecinos comían lo que la ciudad les regalaba. En 2015 la contactó Martín Simonyan, docente de Planificación y diseño del paisaje de la Facultad de Agronomía, para sumar su aporte al proyecto amateur de la página. El profesor creó un mapa de arbolado urbano, y juntos trabajaron para armar un filtro de frutales y plantas medicinales disponibles en CABA. Este mapa es colaborativo (los vecinos pueden agregar información sobre árboles que detecten) pero la aceptación de esos datos demora ya que deben ser verificados tanto las especies como la localización y se trata de una tarea ad honorem. Se lo puede consultar acá: www.arboladourbano.com.ar

Recorridas

Las caminatas, de las que Ludmila ya concretó más de medio centenar, duran entre dos y tres horas. Se arman grupos de entre 30 y 50 personas que pueden pasear a pie o en bicicleta, llevando a sus hijos e incluso a sus mascotas. Se recorren en cada barrio unas 20 cuadras, pero se va parando para interactuar con los frentistas que tienen frutales en sus veredas. "Previamente -aclara la especialista- hago el circuito para ir avisando a los vecinos, pidiéndoles permiso para cosechar (casi siempre acceden) e invitándolos a sumarse al paseo".

Ludmila selecciona los barrios en función de la temporada ya que no en todos están presentes las mismas especies. En los ubicados al sur y al oeste de la ciudad es donde se concentra la mayoría, pero todo el tejido urbano los alberga en cada rincón. Por ejemplo, árboles de nuez pecán hay unos 40 en la ciudad. De naranjas amargas, 600. De limones, 1700.

En el caso de las moras, las plantas son 1600 en CABA, pero solo si se tienen en cuenta las de las veredas: no están contabilizadas las de los parques en los datos disponibles del censo. De níspero hay 1300; de papaya, 30; de mango, 26 y de olivo, 1180.

La restricción que imponen las autoridades sobre la autodeterminación frutal de los vecinos tiene un por qué: "La idea es evitar daños. Una palta que cae puede romper un parabrisas de un auto estacionado o lastimar a alguien que pasa caminando. Sin embargo, existen propuestas para modificar la Ley de arbolado urbano porque hay quienes pensamos que, con la adecuada planificación y acompañamiento, podrían autorizarse algunas plantaciones. Eso además ayudaría a cambiar el modo en el que nos relacionamos con la flora de la ciudad porque -explica Ludmila- la recolección de frutos podría estar a cargo también de vecinos y organizarse la distribución comunitaria de esos alimentos".

En los paseos se da un intercambio no solo social sino también cultural, porque se vive la historia barrial y personal con los árboles. "Algunos vecinos me cuentan que plantaron el árbol cuando su hijo iba al jardín de infantes y que ahora, décadas después, come toda la cuadra de sus frutos. En las recorridas -describe- la gente además comparte recetas: se intercambian datos acerca de cómo hacer licor de níspero, frutas en almíbar, mermeladas, tartas frutales, cascaritas de cítricos azucaradas y muchas cosas más".

Por otra parte, los circuitos incluyen plantas silvestres comestibles y medicinales que pueden verse en veredas, plazas, espacios junto a las vías, boulevares y demás recovecos porteños. La experta enseña a reproducirlas en minihuertas hogareñas, en macetas o balcones, a partir de gajos o semillas.

Tras 10 años de trabajo en huertas comunitarias y escolares, Ludmila está cursando ahora la Tecnicatura en Tiempo Libre y Recreación porque su próximo paso es armar recorridos de frutales urbanos para colegios. Precisamente desde hace meses trabaja junto con Micaela Escandarani (psicóloga que está cursando un posgrado en Gestión cultural) en los contenidos de los paseos para escuelas.

"Ganamos un pequeño subsidio del Fondo Metropolitano de las Artes para hacer este mes paseos con organizaciones sociales e instituciones barriales que están trabajando con niños, como por ejemplo comedores y lugares de apoyo escolar. Son gratuitos pero para este público específico y con todos los requisitos del protocolo por covid-19", anticipa.

Además, Ludmila organizó durante el aislamiento talleres arancelados online sobre plantas silvestres comestibles que sigue dictando, y ahora retomó la organización de los paseos presenciales abiertos al público. Para conocer próximas fechas, hay que consultar en Facebook o en Instagram la cuenta @laciudadnosregalasabores. E ir preparando tijerita y canasta.