Así desciframos las bases celulares de los efectos de la marihuana

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El consumo de marihuana ha aumentado en los últimos años a nivel mundial. No solo a nivel recreativo. A nivel terapéutico, cada vez más países dan un paso al frente hacia el consumo de esta planta.

Sin embargo, sus importantes efectos secundarios, como deterioros cognitivos o disfunciones motoras, entre otros, han provocado un intenso debate en torno a la seguridad de su consumo orientado al ocio y a la explotación medicinal de esta droga. Esto representa un reto tanto a nivel sociológico como biológico.

Es indudable que algunos componentes de la marihuana tienen un potencial terapéutico enorme. Sin embargo, su consumo también puede desencadenar estados adversos, principalmente a nivel cognitivo y motor.

A pesar de que en los últimos años se han realizado avances significativos para entender cómo dicha planta afecta a nuestro organismo, la complejidad de sus mecanismos de acción no nos deja de sorprender.

¿Por qué afecta la marihuana al cerebro?

El principal componente psicoactivo de la marihuana es el THC (delta-9 tetrahidrocannabinol). Este actúa prácticamente en todo el cuerpo y activa receptores especializados llamados receptores cannabinoides.

El receptor con mayor expresión en el cerebro es el de tipo-1 (CB1), el cual es responsable de los efectos comportamentales más evidentes del consumo de la marihuana. En particular, a nivel sensorial y del control del movimiento, así como sus efectos amnésicos.

Por eso, resulta crucial descifrar biológicamente la interacción entre el THC y el CB1. Así podremos explotar, de una forma más segura, todas las ventajas de la planta.

Lo que sabemos hasta ahora de los efectos del cannabidiol

¿Qué sabemos hasta ahora sobre la interacción entre estos dos componentes? En animales de experimentación, se ha comprobado que la activación farmacológica del receptor CB1 afecta al control motor.

Por otra parte, en humanos, los efectos de tipo cataléptico (dificultad para comenzar un movimiento voluntario) se consideran la principal causa de accidentes de tráfico por consumo de cannabis.

Además, también conocemos que el consumo de cannabinoides puede inducir efectos analgésicos, lo cual representa un potencial enorme para su uso en distintas enfermedades.

En resumen, comprender los mecanismos de los efectos terapéuticos y adversos inducidos por cannabinoides es vital para el uso más seguro de estos compuestos. Sin embargo, a pesar de los muchos estudios que hay sobre esta sustancia, todavía son poco conocidos los procesos moleculares y celulares específicos subyacentes.

Diferentes efectos según la región celular que activen

Como se mencionó anteriormente, el receptor CB1 se encuentra ampliamente distribuido en todo el cerebro y en diferentes partes de las células. Por ejemplo, en la mitocondria, quien se encarga de suministrar las necesidades energéticas a las células, y en la membrana plasmática, donde también se encuentran muchos otros receptores.

En función de la región que activen los cannabinoides, pueden producir un efecto u otro. Por ejemplo, en estudios anteriores mostramos que el CB1 mitocondrial (mtCB1), expresado en una estructura cerebral llamada hipocampo, participaba en los procesos de aprendizaje y en la conducta social.

En el estudio más reciente (en el que participó la Universidad del País Vasco) revelamos que los cannabinoides también producen efectos adversos (catalepsia) y benéficos (analgesia) en función de la región celular que activen.

Así, este trabajo, realizado con animales de experimentación, desvela que si la activación de los receptores CB1 inducida por cannabinoides se produce en la mitocondria, se provocan efectos catalépticos. Mientras que si se estimulan los receptores CB1 de la membrana plasmática, se reduce la sensibilidad al dolor.

A nivel técnico, esto parece tener una complejidad máxima. Pero lo más importante es entender que el mismo receptor (CB1) localizado en una misma célula, pero en diferentes partes de la misma, se encarga de mediar efectos opuestos inducidos por los cannabinoides.

Un nuevo avance en neurociencia

Ambas reacciones comportamentales se producen a través de la regulación de vías moleculares celulares específicas en el circuito cerebral formado por el núcleo estriado y la sustancia nigra (circuito estriatonigral).

Recordemos que estas estructuras cerebrales forman parte de los llamados ganglios basales, los cuales se encuentran afectados en diversas patologías neurológicas como el párkinson o el huntington.

De hecho, existen diferentes estudios que muestran que los cannabinoides podrían utilizarse en dichas enfermedades para aliviar parte de la sintomatología.

Sin embargo es demasiado pronto para establecer protocolos terapéuticos seguros, ya que la mayoría de estos datos se han extraído usando animales de experimentación.

Quizás en un futuro cercano, y gracias a los nuevos descubrimientos en la patofisiología de la cannabis, podamos descifrar las bondades de dicha planta, dejando de un lado sus efectos adversos.

Nuevo marco conceptual para las neurociencias

Por otro lado, los resultados de nuestra investigación no solo desvelan nuevos mecanismos celulares responsables de la acción de los cannabinoides sino que representan un nuevo marco conceptual en neurociencias.

Antiguamente se creía que la forma del cráneo determinaba los rasgos de la personalidad. Después se estableció que diferentes estructuras cerebrales se encargaban de funciones especificas. Recientemente, el enfoque se ha volcado en el estudio de circuitos neuronales como los responsables del comportamiento.

En este estudio damos un paso más allá. Mostramos que una proteína (en este caso el receptor CB1) en distintos compartimentos celulares (mitocondria vs membrana plasmática), dentro de un mismo circuito cerebral, modula distintos comportamientos. Es decir, hemos descubierto una especificidad subcelular de control comportamental.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Edgar Soria-Gómez recibe fondos de Ikerbasque Basque Foundation for Science y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (PGC2018-093990-A-I00; MICIU/AEI/FEDER, UE). El trabajo original fue el resultado de una colaboración internacional de diferentes Instituciones y Universidades. Principalmente entre la Universidad de Burdeos y la Universidad del País Vasco.

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