“Se está derritiendo desde abajo”: La alarma climática suena al sur de la Argentina

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Una nueva generación de sondas flotantes autónomas, capaces de recolectar datos de temperatura, densidad y otras mediciones, han permitido que la ciencia sepa más del Océano Antártico
Una nueva generación de sondas flotantes autónomas, capaces de recolectar datos de temperatura, densidad y otras mediciones, han permitido que la ciencia sepa más del Océano Antártico

NUEVA YORK (The New York Times).― El inmenso y amenazante océano Antártico es famoso por sus violentas tempestades y sus infernales marejadas, que ponen a prueba desde hace siglos a los más avezados hombres de mar. Pero su verdadera potencia yace debajo de ese oleaje embravecido.

La fuerza dominante de ese océano, que alcanza más de tres kilómetros de profundidad y casi 2000 kilómetros de lado a lado, es la corriente Circumpolar Antártica, por lejos la más grande del mundo. Esa corriente marina es el verdadero motor del clima mundial, la que ha impedido que el planeta se caliente aún más, extrayendo aguas profundas de los océanos Atlántico, Índico y Pacífico y empujándolas hacia la superficie. Allí, el agua intercambia temperatura y dióxido de carbono con la atmósfera, antes de volver a iniciar su ciclo eterno.

Sin ese fenómeno que los científicos llaman “surgencia” el mundo sería aún más tórrido de lo que se ha vuelto por las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que son producto de la actividad humana.

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“Por donde se lo mire, no hay lugar del mundo más importante que el océano Antártico”, dice Joellen L. Russell, oceanógrafa de la Universidad de Arizona. “Ningún lugar del planeta se le parece.”

El océano Antártico, también conocido como océano Austral, fue prácticamente desconocido durando siglos, ya que presenta condiciones tan extremas que solo un puñado de marineros se animaban a surcar esas aguas minadas con témpanos de hielo. El fragmentario conocimiento científico disponible provenía de mediciones tomadas por exploradores, barcos de guerra, ocasionales expediciones de investigación o barcos balleneros.

Pero en los últimos tiempos, una nueva generación de sondas flotantes autónomas, capaces de recolectar datos de temperatura, densidad y otras mediciones durante años —se sumergen profundamente bajo el agua y hasta exploran debajo del hielo marino antártico, y luego suben a la superficie y envían esos datos a la base— han permitido que la ciencia sepa más de ese océano misterioso.

Y los científicos han descubierto que el calentamiento global está afectando a la corriente antártica de una forma compleja, y que estos cambios pueden complicar la lucha contra el cambio climático en el futuro.

A medida que el mundo se calienta, dicen la doctora Russell y otros expertos, los incesantes vientos que provocan la “surgencia” son cada vez más fuertes. Eso podría causar más liberación de dióxido de carbono a la atmósfera, al traer a la superficie más cantidad aguas profundas que tienen carbono retenido desde hace siglos.

Además, el océano Austral se está calentando y eso tiene otro efecto climático relevante: una parte de esa surgencia, la que ya se ha calentado un poco, fluye por debajo de las plataformas de hielo de la costa antártica que funcionan como contención de las gruesas capas de hielo del continente y evitan que lleguen al mar rápidamente.

En efecto, “la Antártida se está derritiendo desde abajo”, dice Henri Drake, oceanógrafo del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Según los científicos, eso contribuye al aumento del nivel del mar, y con el tiempo podría dañar mucho más, inundando las costas en algún momento del próximo siglo.

Actividad humana

Si bien se desconoce la potencial magnitud de todos esos efectos, los oceanógrafos y científicos del clima dicen que es urgente comprender esta interacción de poderosas fuerzas y las alteraciones que les imprime la actividad humana. “Quedan muchas preguntas”, dice Lynne Talley, oceanógrafa del Instituto de Oceanografía Scripps en La Jolla, California.

Actualmente los oceanógrafos saben mucho más sobre el complejo ciclo de las corrientes oceánicas mundiales, del cual la “surgencia antártica” es solo una parte. Las aguas que rodean la Antártida completan una travesía épica que las lleva de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, fluyendo hacia el sur y ascendiendo lentamente como si subieran una escalera caracol del tamaño de un océano.

“Es el agua del océano profundo que no ha tenido contacto con la atmósfera durante siglos”, dice Veronica Tamsitt, que trabajó de construcción de modelos de simulación a partir de los nuevos datos recolectados en los océanos.

Los científicos entienden cada vez mejor lo estrechamente ligado que está el océano Austral, a pesar de su lejanía, con el resto del mundo. Ese flujo circular de agua alrededor de la Antártida es, en efecto, un motor climático a escala planetaria en pleno funcionamiento.

Y son precisamente esos nuevos conocimientos los que han profundizado la sensación de alarma entre los investigadores, por los potenciales cambios en las corrientes oceánicas si la Tierra se sigue recalentando.

Uno de los procesos más importantes que ocurren en el Océano Austral es el intercambio de dióxido de carbono entre el océano y la atmósfera. Y la alteración de ese proceso a medida que el mundo se calienta tiene enormes implicaciones para la lucha contra el cambio climático.

El calentamiento global es causado principalmente por el dióxido de carbono liberado a la atmósfera por el uso de combustibles fósiles. Los océanos absorben grandes cantidades de estas emisiones, y además absorben el calor de la atmósfera, actuando como un amortiguador crucial contra el cambio climático y evitando que el mundo se convierta de otra manera en un invernadero prácticamente inhabitable.

Según algunas estimaciones, desde el siglo XIX los océanos han absorbido alrededor del 25% del exceso de dióxido de carbono y más del 90% del exceso de calor, resultado del uso de combustibles fósiles y otras actividades humanas. Pero el agua del océano profundo que surge alrededor de la Antártida contiene aún más dióxido de carbono, no de las emisiones actuales, sino el que se fue disolviendo durante siglos a partir de materia orgánica, incluidos los organismos marinos en descomposición, grandes y minúsculos, que al morir decantan en el fondo.

“Es agua que acumula materia descompuesta desde hace eones”, dice la doctora Russell, la oceanógrafa de Arizona.

Cuando esas aguas pretéritas llegan a la superficie, parte de ese dióxido de carbono se libera o se “desgasifica”, como dicen los científicos.

Los investigadores piensan que el Océano Austral siempre ha absorbido más dióxido de carbono del que libera, un efecto beneficioso para el clima. Pero si la surgencia de agua aumenta, habrá más liberación de dióxido de carbono, alterando ese crítico equilibrio. Y eso complicaría la lucha contra el cambio climático: las naciones tendrían que reducir sus emisiones aún más para mantener el calentamiento bajo control.

(Traducción de Jaime Arrambide)

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