La “derecha 3.0″: Trump, Bolsonaro… ¿y después Kast y Milei?

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El presidente saliente de Estados Unidos Donald Trump junto al presidente de Brasil Jair Bolsonaro
El presidente saliente de Estados Unidos Donald Trump junto al presidente de Brasil Jair Bolsonaro

No son lo mismo. Uno fue un heredero convertido en empresario; otro también lo fue, pero le sumó el cargo de legislador; un tercero fue militar y también le agregó el puesto de diputado; y el cuarto es economista. Unos llegaron al poder con la promesa de aplicar una inquebrantable mano dura y de quitarle influencia a la corrección política. Otros se concentran en la fórmula mágica de menos Estado y más éxito económico para acercarse al poder. Unos siempre estuvieron aferrados a la ideología; otros, más pragmáticos, solo se abrazaron a ella cuando vieron la oportunidad electoral.

Sin embargo, Donald Trump y Jair Bolsonaro compartieron no solo un lugar en el espectro político, sino también un manual para llegar a la presidencia. Ambos surgieron como candidatos extravagantes, como exotismos de la democracia; se hicieron eco de las persistentes insatisfacciones de una base electoral ruidosa e influyente y rápidamente se consolidaron. Su ascenso y llegada al poder fue tan sorprendente y disruptiva como grande fue el desconcierto del resto de la clase política sus países. ¿Podrán alcanzar el poder José Antonio Kast y Javier Milei si siguen esa receta?

Bolsonaro y Trump, en una reunión en 2009
DPA


Bolsonaro y Trump, en una reunión en la Casa Blanca (DPA/)

El empresario, exparlamentario y excandidato presidencial chileno podría pasar este fin de semana al ballotage. Hace apenas dos meses era una opción lejana en la campaña y hoy encabeza la intención de voto para la presidencia de Chile. Después de dar la sorpresa en las elecciones legislativas del domingo pasado, el economista argentino asegura que ni se le pasa por la cabeza ser presidente, pero, al mismo tiempo, proyecta su partido a nivel nacional.

Trump ya no está en el poder; sin embargo, ya planifica su campaña 2024. Bolsonaro cambia de raíz su política económica para lograr la reelección el año próximo frente a Luiz Inacio Lula da Silva. Kast ilusiona al neopinochetismo con la llegada a la Moneda y Milei espía el poder desde lejos. ¿Será que a la oleada de populismo de izquierda de la primera década del siglo le sigue una marejada de populismo de derecha?

El candidato Javier Milei en el Luna Park
Gerardo Viercovich


El candidato Javier Milei en el Luna Park (Gerardo Viercovich/)

El manual de la “derecha 3.0″

Al manual de la nueva derecha americana no le faltan rasgos populistas. Todos sus dirigentes se autoperciben y autoproclaman “outsiders” y “antisistemas”, pese a que ninguno dejó de beneficiarse con el sistema.

Trump, el heredero enamorado del establishment inmobiliario, se decía el enemigo de Washington. Bolsonaro llegó para “limpiar” la corrupción de Brasilia, luego de haber sido 28 años miembros de un Congreso habituado a las prebendas. Kast, el empresario y exdiputado, quiere deshacer el “statu quo de las elites” y del “consenso progresista”. Y Milei se presenta como un superhéroe anti “casta política”, como si la casta de economistas a la que pertenece no hubiese interactuado nunca con esa casta política.

Esa contradicción flagrante no espanta a sus seguidores que, con adoración y fervor religioso, confían en que las fórmulas mágicas que ofrecen sus dirigentes. Claro ¿a quién no le gustaría creer que una reducción de impuestos basta para crear una revolución del trabajo en Estados Unidos o para solucionar décadas de desventura económica y decadencia en la Argentina o que la mano dura y las balas son suficientes para arreglar el problema mapuche en Chile y la descomunal tasa de homicidios en Brasil? Las soluciones fáciles para problemas complejos son un ingrediente esencial en cualquier receta de populismo, sea de derecha o de izquierda, de arriba o de abajo.

En otro capítulo común del manual de Trump, Bolsonaro y sus sucesores, esa base de seguidores tiene rasgos llamativos: en un comienzo, ellos son hombres jóvenes de diferentes escalas económicas –altas y bajas-, alejados de los partidos políticos tradicionales, hartos de las disfunciones del sistema y, a veces, nostálgicos de un pasado que, creen, era más benevolente con su grupo. Para ellos, la victoria de sus líderes no es una puja política solo; es, en todo caso, una batalla cultural.

“La derecha de hoy es una evolución de lo que fueron Menem, Fujimori [en Perú], Uribe [en Colombia] o Salinas de Gortari [en México]. Ahora hay una versión más trumpista´, más antiizquierda. Es una versión 3.0 de esos fenómenos. Antes se hablaba del tamaño del Estado pero no de una ideología de vida. Ahora es una batalla cultural, es una derecha más excluyente”, dice, en diálogo con LA NACION, Javier Corrales, un académico que, desde la Universidad de Amherst, en Estados Unidos, se dedica a estudiar el desgaste democrático en América latina y que advierte que Hugo Chávez fue uno de los grandes gestores de esas batallas culturales.

Del éxito y el fervor al desorden

Si Trump y Bolsonaro compartieron manual para proyectar su llegada al poder, también recorrieron un camino similar de gobierno. La vocación anti política tradicional se acabó una vez que ambos arribaron a la presidencia. Con astucia, uno se apoderó del Partido Republicano; el otro, sin mucho aval político propio, intercambió privilegios con cuanta agrupación política pudo para asegurarse mayorías en el Congreso brasileño.

Ambos tuvieron también que tragarse sus promesas de Estados pequeños y gastos eficientes para poder gobernar a sus anchas. Los Estados Unidos de Trump alcanzaron una de los mayores niveles de deuda y déficit de su historia mientras que Bolsonaro terminó boicoteando a su propio ministro de Economía, Paulo Guedes, para aumentar las transferencias directas iniciadas por Lula.

Trump y Bolsonaro se transformaron en los políticos que ellos mismos se habían dedicado a criticar cuando eran candidatos: se apegaron al sistema y lo usaron en su favor.

Sin embargo, en campaña permanente, retuvieron su base electoral y la aumentaron, incluso si también creció su nivel de rechazo a medida que la pandemia y la recesión los hundía en el caos.

Hoy el apoyo de Bolsonaro no están bajo como se piensa. Tiene un 25% de respaldo muy consolidado y no baja de allí. En un principio fue un fenómeno de jóvenes más ricos, pero después se transformó en un fenómeno transversal. Tiene una estructura digital muy profunda que llega a los rincones más alejados de Brasil. Bolsonaro es el campeón absoluto de WhatsApp”, dice, en diálogo con LA NACION, Pablo Ortellado, especialista en políticas públicas de la Universidad de San Pablo, que monitorea las campañas del presidente y de Lula en esa red social.

Ese 25% de apoyo total, blindado por el uso de las redes sociales, podría garantizarle a Bolsonaro el paso a la segunda vuelta electoral en 2021, aun cuando su nivel de desaprobación esté en uno de sus puntos más altos y el de su mayor rival, Lula, en una de sus franjas más bajas.

El desgobierno y la recesión tampoco desalentaron a los seguidores de Trump. El expresidente norteamericano perdió contra Joe Biden en 2020, pero obtuvo 11 millones más de votos de los que había recibido en 2016. Un logro insólito para un mandatario que se dedicó a boicotear sistemáticamente las reglas de juego democráticas y una base poco despreciable para apuntar a los comicios de 2024.

¿Chile y la Argentina, los próximos?

El modelo Trump-Bolsonaro no es ajeno ni a Kast ni a Milei. “Mi alineamiento con Trump y Bolsonaro es casi natural”, dijo, en septiembre pasado, el economista argentino.

Al candidato presidencial chileno le cuesta más admitirlo. “Yo no soy ni el Bolsonaro de Brasil ni el Trump de Estados Unidos. Soy el Kast de Chile”, dijo, hace unos años, la primera vez que se postuló a la jefatura de Estado.

José Antonio Kast
Twitter


José Antonio Kast (Twitter/)

Sin embargo, mucho de su programa y campaña lo emparentan con el presidente brasileño –la nostalgia del gobierno militar, la promesa de mano dura contra la delincuencia común y la violencia mapuche- y con el ex mandatario norteamericano –la postura antiinmigratoria, las dudas sobre el calentamiento global, la política económica basada en la reducción de impuestos-.

“Kast tiene un discurso que captura bien ciertas emociones que tienen que ver con la necesidad de orden, el rechazo a la inmigración, la inseguridad. Ha captado a ese sector de la derecha crítico de Sebastián Piñera por no ser lo suficiente mano dura. Es similar otros fenómenos populistas de extrema derecha del mundo”, dice a LA NACION Mireya Dávila, académica del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Como Bolsonaro y Trump, Kast también aprovechó las fisuras en los partidos políticos tradicionales. Desde el regreso de la democracia, en 1990, dos coaliciones –una de centroizquierda y otra de centroderecha- se alternaron el poder en Chile. Tal fue su dominio sobre la vida política chilena que esas alianzas tampoco se preocuparon mucho por renovarse y se sostuvieron sobre dos dirigentes, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. Mientras tanto, los malestares sociales, desatendidos y potentes, aumentaban. El crecimiento económico, pujante y tenaz, los tapaba.

El estallido de 2019 acabó con esa ilusión de pujanza y, en el camino, también con el dominio de las dos coaliciones, incapaces de escuchar y resolver los pesares de los chilenos: “desigualdad, salud, educación, jubilaciones, seguridad pública”, según enumera Dávila.

Esos partidos “no lograron adaptarse exitosamente a los cambios de la sociedad”, advierte la académica.

La válvula de escape para el estallido y el desasosiego social fue la convención constituyente, hoy reunida para escribir una nueva carta magna. La válvula de escape para el sistema político fue la fragmentación. Las alianzas del centro se debilitaron y redujeron al tiempo que los extremos se afianzaron, en especial en los últimos meses.

Kast enfrenta, así, a Gabriel Boric, candidato de una coalición de izquierda que incluye al Partido Comunista. Los sondeos anuncian que, si esta última semana no deja sorpresas, ambos pasarán al ballottage.

Hace unos pocos años, semejante escenario parecía improbable en una política chilena anclada en el bipartidismo, la estabilidad institucional y el crecimiento económico.

¿Si eso se suponía imposible en Chile, qué impide entonces que la Argentina encuentre en Milei a su propio Trump o Bolsonaro?

Después de todo, el economista comparte con ellos no solo discurso, ideas, base electoral transversal y fervorosa, sino también un ascenso sorpresivo y meteórico.

Pero, tal vez por ahora, el economista tenga que esperar. Como mostraron las elecciones legislativas del domingo pasado, las dos grandes coaliciones políticas argentinas concentran el 75% de los votos, un caudal que deja poco espacio para la maniobra de un políticoanticasta” con ambición de disrupción.

“Milei captura un inconformismo de la época. Hay que ver si tiene chances porque el bipartidismo deja poco lugar para un outsider. Sí puede afectar la interna [de Juntos]”, dice, en diálogo con LA NACION, Pablo Stefanoni, periodista, doctor en historia y autor del libro ¿La rebeldía se volvió de derecha?

Milei festeja en el búnker del Luna Park
Getty


Milei festeja en el búnker del Luna Park (Getty/)

Stefanoni advierte que el “efecto Milei” puede ser similar al que tuvo Vox, el partido de ultraderecha, en la política española. “Genera mucha disrupción en el espacio político y tensiona a la centroderecha [del Partido Popular], que después gira a la derecha”, dice.

Además de las legislativas del domingo pasado, las elecciones legislativas y generales de los últimos años mostraron un bipartidismo consolidado y, por ahora, ambas alianzas insinúan capacidad de renovación. Pero Chile muestra que ningún sistema político puede desentenderse de su propia capacidad de autodestrucción.

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