Democracia a la mexicana III: perversa desde su gestación

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DE TIEMPO Y CIRCUNSTANCIAS

EL 1 DE DICIEMBRE de 1976, José López Portillo estaba eufórico. Su discurso de toma de posesión fue un momento mágico. En él se echó a la bolsa a todos los espectadores del Congreso, quienes le aplaudieron extasiados.

México venía de la crisis del echeverriato, y López Portillo prometía recomponer el desastre. En su primer discurso afirmó que “habría de establecer mecanismos de comunicación permanente, que posibilitasen la comunicación entre representantes y representados”. Esto significaba entrar en un dialogo democrático cuyas posibilidades eran, por el momento, insondables.

La ovación que recibió emulsionó al presidente. Viéndolo bien y despacio, lo de “candidato único” en la elección presidencial le decía al mundo, que las elecciones en México eran una farsa, y maldito lo que le gustaba al ego presidencial protagonizar farsas. Había que mostrarle al mundo que él no era farsante, sino un demócrata.

De inmediato le encargó a su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, la tarea de democratizar a México, conservando, por supuesto, el control del voto. Lo que las brillantes mentes nacionales, encabezadas por don Jesús, concibieron fue una más de las paradojas de nuestro sistema: “la democracia a la mexicana”.

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Lo primero fue dar “reconocimiento constitucional” a los partidos políticos, convirtiéndolos en entidades de interés público, con esto ingresaron en el presupuesto. Hacienda les daría dinero y supervisaría los gastos. Un partido político se conceptuaba como una organización privada con una ideología determinada, y sin fines de lucro cuyos miembros se candidateaban para, mediante elecciones, llegar al poder político; y se financiaban con fiestas, concursos, donaciones, etcétera. Incluirlos en el presupuesto de la nación les daba el incentivo de tener ingresos. Esto, naturalmente, los estimularía, rompiendo así la indolencia política en la que se encontraban.

Luego se discurrió un sistema en el que hubiera espacio para los partidos que no lograban ganar por el voto directo: las diputaciones plurinominales. Con esto se podrían escuchar las opiniones de las “pequeñas corrientes que, difiriendo en mucho de la (corriente) mayoritaria, forman parte de la nación”1.

El número de diputados creció de 300 a 400, de los cuales, 100 fueron plurinominales. Así, las iniciativas o ideas de la oposición que resultaran incómodas se anularían por votación cameral.

Las elecciones generales serían sancionadas por la Comisión Federal Electoral (CFE), un órgano político que dependía de la Secretaría de Gobernación y, por tanto, obedecía al presidente.

¿TODO LO CONTROLABA EL EJECUTIVO? ¡CLARO!

Es decir, la votación en la Cámara estaba controlada por el Ejecutivo, pero las elecciones… estaban controladas por la CFE, que estaba controlado por el Ejecutivo. El dinero de los partidos estaba controlado por Hacienda que, a diferencia de la votación en la cámara y la votación en las elecciones, era controlada por un secretario de Hacienda, que estaba controlado por el Ejecutivo. Y el Ejecutivo estaba de plácemes.

Reyes Heroles logró lo imposible al diseñar la “democracia a la mexicana”: una democracia sin democracia.

El ordenamiento se aprobó en 1977 bajo el rimbombante nombre de Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LFOPPE).

Los primeros cinco años del gobierno lopezportillista fueron de crecimiento constante, el presidente veía crecer su popularidad. Las elecciones de 1982 reflejaron los beneficios de la nueva ley electoral. Hubo siete candidatos compitiendo por la presidencia, aunque el único con posibilidad de ganar era Miguel de la Madrid quien, por supuesto, resultó electo.

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Al tiempo que caminaba el proceso electoral, el país naufragaba. Cinco años de un espectacular triunfo terminaban en espectacular fracaso. López Portillo, ciego de ira, decidió vengarse. ¿Quién mejor para descargar su furia que los banqueros? Al fin y al cabo, había una crisis financiera.

Con De la Madrid como presidente electo, en su último informe de gobierno Jolopo expropió la banca nacional, y con ello hizo trizas la confianza en lo que quedaba de su sexenio, y en el de su sucesor.

Miguel de la Madrid llegó al poder en condiciones de extrema dificultad. El PRI venía de dos sexenios desastrosos. El daño era enorme. La presión política se acumulaba. La sociedad no tenía opciones para fincar sus esperanzas, y el descontento crecía. El barco hacía agua por todos lados, y una de las medidas para contenerla fue liberar un poco más el control de la democracia. Esto le daría un respiro mientras recuperaba la confianza.

Después de la elección de 1985 inició las consultas para modificar la ley electoral. En 1986, las modificaciones al Código Federal Electoral (CFE) se habían hecho. Estas permitían las coaliciones de partidos, incrementaban el numero de diputados plurinominales de 100 a 200, y abría la puerta al PRI para acceder a este tipo de diputaciones, limitando las curules del partido a 350 como máximo, además, cambiaban las reglas del dinero para los partidos.

¿ASÍ SURGIERON LOS PARTIDOS-NEGOCIO?

Habría más dinerito y menos control. A partir de esta reforma surgieron los partidos-negocio, y un viejo lobo priista, Emilio Martínez Manautou, le sugirió a su yerno que formara un partido político y se hinchara de ganar poder y lana. El yerno era Jorge González Torres. Así, en 1986 nació el Partido Verde Ecologista de México; y hasta la fecha, Jorge González ha sido fiel a la misión que le encomendó su suegro: hincharse de ganar poder y lana. La reforma política de De la Madrid puso enorme cuidado en un detalle: controlar los comicios.

Además de los enormes obstáculos que dejó López Portillo, el temblor de 1985 vino a complicar más las cosas. Si esto fuera poco, en 1987 el candidato natural para suceder a De la Madrid era el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, y como es natural, había partidarios que impulsaban su candidatura, pero las simpatías del presidente estaban con Salinas. Del interior del PRI surgió un movimiento que pugnaba por suprimir el dedazo presidencial y hacer una elección democrática del candidato, que seguramente ganaría Manuel Bartlett, pero el presidente y las cabezas del partido se negaron a ello. Cárdenas y los partidarios de Bartlett se separaron del PRI. Bartlett, como secretario de Gobernación que era, vio marchar a sus amigos y se quedó fiel a su deber y al partido.

Desde su inicio, el PRI contenía tres sectores que englobaban a obreros, campesinos y a los ciudadanos de oficios diversos. Eran la CTM, la CNC y la CNOP. Estos conformaban el corporativismo priista. Gremios sindicales y asociaciones lo integraban. Para tenerlos controlados se crearon leyes, que permitían a los líderes enriquecerse con actos corruptos amparados por la ley. Así se aseguraba su cooperación a la hora del voto popular.

Con Cárdenas a la cabeza, los disidentes fundaron un partido cuyo candidato a la presidencia fue el mismísimo Cárdenas. Él conocía los senderos del poder. Negoció con el corporativismo e hizo alianzas. Así, el día de las elecciones, los conteos rápidos lo daban como triunfador sobre el candidato priista. Ante esto, el secretario de Gobernación informó que se había caído el sistema. Cuando lo levantaron, las votaciones favorecían a Salinas. El fraude se había consumado. Bartlett se había quedado sin la presidencia de México y con el oprobio de haber orquestado el fraude.

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El control de los comicios, del poder y del sistema se mantuvieron intactos.

Carlos Salinas llegó a la presidencia bajo la sombra del fraude, y con una mínima mayoría en el Congreso. Para poder gobernar era necesario negociar con los otros partidos.

Cárdenas y su partido no quisieron saber nada de Salinas. El PAN, en cambio, fue pragmático y entró en el juego de la interlocución, adelantando así, su agenda democrática. Lo fundamental era lograr elecciones limpias y transparentes en las que cualquier partido pudiese ganar. Salinas se vio obligado a ceder en el terreno democrático y el PAN se aprovechó de esto. En el proceso de reformas salinistas nació el Código Federal de Instituciones y Procesos Electorales (Cofipe).

Este estableció un organismo, con más alcances que el CFE, el Instituto Federal Electoral (IFE), al que se le encargó organizar las elecciones, un tribunal electoral y una fiscalía especializada en delitos electorales. El IFE tenía consejeros con independencia del gobierno federal que emanaban de los partidos, pero su presidente era el secretario de Gobernación. Si bien la consigna seguía siendo no perder el control de los comicios, en el estira y afloja Salinas tuvo que liberar las amarras que se le habían puesto a la democracia y mantuvo el control de los comicios, pero con menos firmeza. Cedió una gubernatura, además de espacios de poder menos relevantes.

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En su mandato se recuperó el crecimiento económico y el PRI recobró algo de la preferencia electoral. Al final de su periodo hubo dos magnicidios: el de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia, y el de José Francisco Ruiz Massieu, cuñado de Salinas y exgobernador de Guerrero. Los escándalos mermaron la preferencia del voto priista; no obstante lo cual, Carlos Salinas logró entregarle a un priista, el Dr. Ernesto Zedillo, la estafeta presidencial.

En esta entrega hemos visto como, palmo a palmo, se fue abriendo la posibilidad democrática en nuestro país. Una posibilidad que al final del sexenio echeverrista no existía, pues el control del país estaba en manos de un solo partido: el PRI.

La democracia no ha sido gratuita. En su conquista han influido desde las circunstancias, pues si Salinas no hubiera sido obligado a negociar en el Congreso no hubiese cedido un ápice de terreno democrático, hasta crímenes de Estado, los cuales sacaron a la luz episodios vergonzosos del quehacer nacional.

En la próxima y última entrega de esta serie, “Democracia a la mexicana”, veremos cómo México se liberó de la dictadura de partido, y el surgimiento de algunas de las peculiaridades de la democracia que hemos construido.

VAGÓN DE CABÚS

La voz de Homero Simpson será de nuevo la del primer actor Humberto Vélez en un corto de Disney. Vélez fue el primero en dar vida en español al personaje animado; y con la voz de Humberto, Homero conquistó el mercado latino. Un lío sindical separó al actor de su personaje, pero el público nunca se resignó al cambio. Esta vez los empresarios de Disney pusieron la calidad actoral por encima de la política sindical. Los seguidores deben estar de plácemes, pues nunca se conformaron con que Homero Simpson se quedara sin Humberto Vélez. Enhorabuena a todos. N

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1. Discurso del otrora secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles, el 1 de abril de 1977.

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Salvador Casanova es historiador y físico. Su vida profesional abarca la docencia, los medios de comunicación y la televisión cultural. Es autor del libro La maravillosa historia del tiempo y sus circunstancias. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.

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