Las trabas de obtener las vacunas contra el COVID-19 cuando se es demasiado pobre

Matt Apuzzo y Selam Gebrekidan
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Un participante en un ensayo para la vacuna de Johnson & Johnson en el Centro Juvenil para el VIH de la Fundación de Salud Desmond Tutu, cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 5 de diciembre de 2020. (Joao Silva/The New York Times)
Un participante en un ensayo para la vacuna de Johnson & Johnson en el Centro Juvenil para el VIH de la Fundación de Salud Desmond Tutu, cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 5 de diciembre de 2020. (Joao Silva/The New York Times)

CIUDAD DEL CABO, Sudáfrica — Dentro de unos pocos meses, se espera que una fábrica en Sudáfrica comience a producir un millón de dosis diarias de la vacuna contra el COVID-19 en el país africano más afectado por la pandemia.

Sin embargo, todas esas dosis probablemente serán enviadas a un centro de distribución en Europa y luego a los países occidentales que las han preordenado por cientos de millones. Ninguna ha sido reservada para Sudáfrica.

El país, que ayudará a fabricar la vacuna y cuyos ciudadanos se han inscrito en ensayos clínicos, no espera ver el primer flujo de dosis hasta mediados del próximo año. Para ese entonces, Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá, que ya han comenzado sus procesos, quizá ya hayan vacunado a más de 100 millones de personas.

El primer año de la pandemia de COVID-19 reveló que la riqueza de un país no lo salvaría del virus. El exceso de confianza, la mala planificación y las advertencias ignoradas pusieron de rodillas a algunas de las naciones más ricas del mundo. Pero en la actualidad, el dinero sí está obteniendo ventajas innegables.

En los últimos meses, países ricos como Estados Unidos y el Reino Unido han cerrado acuerdos con múltiples fabricantes de medicamentos y garantizado suficientes dosis como para vacunar a sus ciudadanos muchas veces. China y Rusia han realizado sus propios ensayos y han comenzado programas de vacunación masiva.

Sin embargo, países como Sudáfrica están en un aprieto particular porque no pueden esperar caridad. Aunque su gobierno es prácticamente insolvente y la mitad de sus ciudadanos viven en la pobreza, Sudáfrica es considerada una nación demasiado rica para calificar al acceso a vacunas más económicas de las organizaciones internacionales de asistencia.

“Cuando no eres lo suficientemente rico, pero tampoco lo suficientemente pobre, estás estancado”, dijo Salim Abdool Karim, investigador de salud pública que dirige el consejo asesor del coronavirus del país.

Las naciones de ingresos medios y bajos, por lo general incapaces de competir en el mercado, dependen de un complejo esquema de repartición de vacunas llamado Covax. Esta colaboración de organizaciones internacionales de salud fue diseñada para evitar las desigualdades de una “batalla campal del libre mercado”. Sin embargo, sus acuerdos vienen con condiciones y algunos activistas de la salud están cuestionando su transparencia y responsabilidad.

Para mediados del próximo año, las autoridades sudafricanas esperan asegurar sus primeras dosis de vacuna con Covax, incluso mientras negocian la compra de suministros adicionales a las farmacéuticas. Pero en un país donde las propiedades lujosas están amuralladas y separadas de las extensas aldeas de ocupantes ilegales, muchos esperan que las vacunas más nuevas sigan siendo un privilegio para los residentes que pueden pagar de su bolsillo o mediante un seguro complementario, un programa que beneficia de manera desproporcionada a las personas blancas.

“Podrás entrar a tu farmacia privada local, pagar un par de cientos de rands (cerca de 15 dólares) y decir: ‘Dame una’”, dijo Francois Venter, investigador de la Universidad del Witwatersrand en Johannesburgo.

‘Quizás recibamos la vacuna en 2025’

La mejor oportunidad que tienen muchos sudafricanos para vacunarse pronto es presentarse como voluntarios para un ensayo clínico y recibir vacunas no probadas en sus cuerpos. No obstante, ese arreglo ha planteado dudas éticas.

Participantes del ensayo de vacunas son convocados por un médico en el Centro Juvenil para el VIH de la Fundación de Salud Desmond Tutu, cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 5 de diciembre de 2020. (Joao Silva/The New York Times)
Participantes del ensayo de vacunas son convocados por un médico en el Centro Juvenil para el VIH de la Fundación de Salud Desmond Tutu, cerca de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 5 de diciembre de 2020. (Joao Silva/The New York Times)

La principal es si países como Sudáfrica, que está apoyando ensayos de cuatro farmacéuticas, deberían tener garantizadas las dosis si los ensayos tienen éxito. El gobierno no ha recibido tal garantía. De todos modos, un arreglo de este tipo sería éticamente turbio, ya que castigaría a los países que participaron en ensayos fallidos.

Este mes, mientras el Reino Unido se preparaba para comenzar su campaña de vacunación, docenas de personas caminaron desde sus ranchos en el municipio de Masiphumelele, al sur de Ciudad del Cabo, hasta las puertas de la Fundación de Salud Desmond Tutu.

Esperaron afuera durante horas, bajo la sombra de un árbol de caucho, para tener la oportunidad de inscribirse en un ensayo clínico de la vacuna de Johnson & Johnson.

“Las personas en las altas esferas, las que tienen poder, van a recibir la vacuna”, dijo Mtshaba Mzwamadoda, de 42 años, quien vive en una choza de metal corrugado de una habitación con su esposa y tres hijos. “Quizás recibamos la vacuna en 2025”.

Katherine Gill, una investigadora del sida que dirige el ensayo, suele moderar su entusiasmo por este tipo de pruebas. Pero los primeros resultados de otras farmacéuticas han sido prometedores. “Mi suposición es que a menos que ingreses a un estudio de vacunas, no vas a tener acceso a ninguna en el corto plazo”, dijo Gill. “Eso, obviamente, es bastante desolador”.

En la década de 1990, cuando se desarrollaron los medicamentos antirretrovirales para tratar el VIH, los sudafricanos se ofrecieron como voluntarios para los ensayos clínicos, sabiendo que de otra manera jamás podrían pagar el medicamento. “Si tenías dinero, podías comprarlo. Si no, morías”, dijo Venter. “Va a ser lo mismo otra vez”.

El Covax se estableció para evitar eso. Se organizó con dinero y apoyo de la Organización Mundial de la Salud, la Coalición para la Innovación en la Preparación para Epidemias y GAVI, la Alianza para la Vacunación. Los países, incluso aquellos que no tienen esperanza de competir en el mercado, pueden invertir en Covax y recibir vacunas. Los países pobres no pagan nada.

Acuerdos secretos

Los asesores médicos sudafricanos afirman que el sistema Covax es muy importante, pero también muy frustrante. Los gobiernos deben pagar por adelantado sin saber cuál vacuna recibirán y sin garantías sobre la fecha en que llegarán las dosis. Covax hace un estimado del precio por dosis, pero ofrece pocos recursos si el costo es mucho mayor, en última instancia. Los países deben asumir todo el riesgo si la vacuna fracasa o si algo sale mal.

Durante una llamada reciente con periodistas, las autoridades de Covax denominaron a su programa de repartición de vacunas como “la única solución global a esta pandemia”.

“Están acordando comprar algo con dinero público, pero no tendremos ninguna influencia en los precios”, dijo Fatima Hassan, abogada de derechos humanos. “Covax dice que el precio es justo, pero no sabemos si es así. ¿Dónde está la transparencia?”.

Esas concesiones podrían ser aceptables para los países que reciben el medicamento casi gratis. Pero Sudáfrica está pagando alrededor de 140 millones de dólares por sus dosis de Covax para vacunar aproximadamente al 10 por ciento de su población, incluyendo trabajadores de la salud y algunas personas de alto riesgo. El gobierno espera inocular a los 50 millones de habitantes restantes del país a través de acuerdos privados con compañías farmacéuticas.

A nivel mundial, el proceso es hermético. Los gobiernos no revelan los precios que están pagando por las vacunas. Cuando una ministra belga publicó hace poco la lista de precios de la Unión Europea, reveló que los precios varían dependiendo de quién esté haciendo la compra.

Muchos sudafricanos son profundamente escépticos de las compañías farmacéuticas y recelosos de la corrupción gubernamental desenfrenada. El ministro de salud Zweli Mkhize dijo en una llamada reciente con periodistas que era fundamental que los países ricos no acumularan vacunas, pero más allá de eso el gobierno no ha dicho mucho sobre sus planes.

Indignados, los defensores de la salud han amenazado con demandar al gobierno del país para que muestre públicamente los planes.

Sin garantías de las vacunas

Abdool Karim, el jefe del consejo de coronavirus de la nación, dijo que el país debía ser juicioso al elegir la vacuna que mejor se adapte a las necesidades de Sudáfrica. Por ejemplo, no tiene sentido apresurarse a comprar la vacuna de Pfizer, que requiere envío y almacenamiento a temperaturas muy bajas, cuando se vislumbran medicamentos más baratos, sencillos y manejables, dijo.

Pero debido a que Sudáfrica no preordenó dosis a empresas privadas, es posible que el país tenga que ver cómo su propia farmacéutica nacional, Aspen Pharmacare, produce vacunas para otros países antes de que estén disponibles en su territorio.

Bajo contrato con Johnson & Johnson, se espera que Aspen produzca millones de dosis de vacunas. Las autoridades sudafricanas tienen altas expectativas para la vacuna, que no necesita almacenamiento en frío y promete requerir solo una inyección en lugar de dos.

“Participaremos en sus ensayos, fabricaremos sus vacunas, pero no sabemos si tendremos acceso”, dijo Hassan.

En los municipios pobres y de clase trabajadora, el mayor miedo es a una nueva cuarentena. El anterior periodo de confinamiento severo del gobierno devastó la economía y confinó a muchas personas a chozas de hojalata construidas a un brazo de distancia, con una docena de familias compartiendo una letrina y muchas más compartiendo un grifo de agua.

“Es imposible practicar el distanciamiento social aquí”, dijo Mzwamadoda, quien fue seleccionado para el ensayo del medicamento.

Mzwamadoda está contando con la vacuna y espera recibir el medicamento real y no un placebo. “Quiero recuperar mi vida”, dijo.

Al día siguiente de recibir la inyección, Mzwamadoda se despertó sintiéndose bien. Lo conversó con su esposa y ambos decidieron que ella iría a la clínica de Gill para inscribirse ese fin de semana.

Pero unos pocos días después, Gill se enteró de que Johnson & Johnson ya no necesitaba nuevos participantes para el ensayo en su zona.

Los datos eran abundantes. Y aunque eso es un buen resultado, también significó que, a la mañana siguiente, cuando las personas comenzaron a hacer fila desde temprano, Gill tuvo que mandarlos de vuelta a sus casas.

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This article originally appeared in The New York Times.

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