Para los demócratas de Georgia: 'No hay marcha atrás'

Lisa Lerer and Richard Fausset
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De izquierda a derecha, los candidatos demócratas al Senado Jon Ossoff y el reverendo Raphael Warnock saludan a la gente al terminar un evento de campaña con el presidente electo Joe Biden en Atlanta, el lunes 4 de enero de 2020. (Doug Mills/The New York Times)
De izquierda a derecha, los candidatos demócratas al Senado Jon Ossoff y el reverendo Raphael Warnock saludan a la gente al terminar un evento de campaña con el presidente electo Joe Biden en Atlanta, el lunes 4 de enero de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

ATLANTA — Ahora lo sabemos con certeza: el hecho de que Georgia se volviera demócrata para el presidente electo Joe Biden, en noviembre, no fue producto de la casualidad. Hay fuerzas en juego que están volviendo azul al estado con rapidez, y con ello redibujan el mapa electoral de Estados Unidos.

Las victorias del miércoles del reverendo Raphael Warnock, que se convirtió en el primer demócrata negro elegido al Senado en el sur del país, y de Jon Ossoff, quien también llegó a su primer cargo electivo, confirmaron que la metamorfosis de Georgia de bastión conservador a estado pendular se había completado. Los cambios demográficos probablemente remodelarán la dinámica política de este estado del sur profundo durante una generación.

Hasta esta semana, los republicanos ocupaban todos los cargos electivos del estado y tenían la mayoría en ambas cámaras de la Legislatura. Sin embargo, las victorias de Warnock y Ossoff en la segunda vuelta, tras la estrecha victoria de Biden, demostraron que los demócratas podían forjar una coalición para ganar en Georgia, aun cuando se desviara la atención de la destitución del cargo del presidente Donald Trump.

Tal vez sea aún más significativo que los resultados del martes demostraron que los demócratas podían movilizar su base electoral diversa y en su mayoría metropolitana para impulsar a dos candidatos abiertamente liberales —uno judío y otro negro— al Senado de Georgia por primera vez en la historia.

“No hay marcha atrás”, dijo Jacquelyn Bettadapur, presidenta del Partido Demócrata en el condado de Cobb, un condado suburbano otrora conservador donde Biden ganó en noviembre por un margen de dos dígitos. “Un demócrata sería un tonto si no se postulara en Georgia en el futuro”.

Desde los primeros momentos de la era de Trump, Georgia emergió como un semillero de oposición demócrata, atrajo la atención nacional y un aluvión de gastos políticos después de que Ossoff anunciara su candidatura a un escaño en la Cámara de Representantes dos semanas antes de la toma de posesión de Trump. Desde entonces, el estado se ha visto atrapado en la agitación política provocada por un presidente polarizador.

En 2018, el gobernador Brian Kemp, con el respaldo de Trump, ganó por un margen estrecho contra Stacey Abrams. Esta semana, el nombre de Kemp fue motivo de abucheos de una audiencia republicana en un mitin de Trump después de que este rechazó los esfuerzos del presidente para anular millones de votos en el estado. Mientras tanto, los demócratas celebran a Abrams por considerarla una heroína liberal debido a que convenció a los electores de ir a votar e hizo que el estado cambiara de color.

Los dos candidatos demócratas al Senado fueron un cambio sorprendente con respecto a los candidatos anteriores, que tendían a ser blancos moderados, y se movieron con cautela y a veces con torpeza en torno a las cuestiones religiosas y de posesión de armas, ambos temas fundamentales para los votantes blancos desencantados con los demócratas.

Ossoff, con sus títulos de Georgetown y de la Escuela de Economía de Londres, habla sin un ápice de la jerga sureña; podría ser de Santa Mónica, California, o de Portland, Oregon. También es la primera persona judía elegida al Senado de Georgia.

Warnock es el tipo de predicador para quien el activismo es una parte fundamental de la misión de la Iglesia negra. Como pastor de la Iglesia Bautista Ebenezer, donde alguna vez predicó Martin Luther King Jr., ha adoptado la filosofía de este sobre la justicia económica como corolario de la justicia racial.

De hecho, los dos hombres contendieron como lo que son: abiertamente liberales en Georgia.

La adopción de una estrategia más progresista es el resultado de años de activismo organizado por afroestadounidenses, en particular Abrams, cuya campaña de 2018 estableció un plan para convertir a los jóvenes georgianos, pertenecientes a una minoría y anteriormente desatendidos, en personas que se inclinaban por el Partido Demócrata. La derrota de ella sobrecargó los esfuerzos de registro de votantes mediante el influjo de dinero, la atención nacional y los voluntarios locales.

Sin embargo, la mayor ayuda para los demócratas tal vez provino del propio Trump, quien alejó a los georgianos suburbanos y moderados, revitalizó a una nueva generación de electores y alarmó a muchos residentes de color, todo lo cual ayudó a los demócratas a formar una coalición. Sin Trump como principal antagonista en las futuras elecciones, no se sabe si los demócratas podrán mantener su energía política en el estado.

Trump también es responsable del resultado del martes por otro motivo. En repetidas ocasiones afirmó sin fundamentos que su propia derrota en Georgia fue resultado de un sistema electoral “amañado”, lo que provocó enfrentamientos públicos con Kemp y otros funcionarios republicanos del estado. Una grabación filtrada realizada el fin de semana anterior a las elecciones demostró que Trump había presionado al secretario de estado de Georgia, un republicano, para que “encontrara” votos que le ayudaran a revertir su derrota.

No obstante, los demócratas le restaron importancia al impacto de Trump, y en cambio le atribuyeron el crédito a su impulso para expandir y redirigir la infraestructura del partido, lo que les permitió capitalizar los cambios demográficos del estado.

La representante demócrata Nikema Williams, presidenta del Partido Demócrata estatal que tomó protesta en el Congreso esta semana, dijo que la victoria de Biden les daba a los demócratas, en particular a los votantes negros, confianza en que podían ganar contiendas electorales competitivas. La votación temprana demostró que la participación de los electores negros aumentó a partir de noviembre, un cambio notable con respecto a la menor participación que suele verse en las elecciones de segunda vuelta.

“Esta elección no se trató de Donald Trump. Se trató de que la gente de las bases se diera cuenta de que, si participa en masa, puede superar la supresión del electorado, y podemos ganar Georgia”, dijo la representante Williams.

Sin importar cuánta influencia siga teniendo Trump después de dejar el cargo, está claro que en Georgia la política ha cambiado de manera radical, lo cual obligará a ambos bandos a modificar sus estrategias.

Andra Gillespie, profesora asociada de Ciencias Políticas en Atlanta, dijo que el éxito de los demócratas de esta semana presagiaba un futuro de “resultados con márgenes estrechos y victorias divididas, en el que los republicanos ganen algunas contiendas a nivel estatal y los demócratas ganen otras”.

La catedrática agregó que los republicanos tendrán que adaptarse a la realidad de contender en un entorno competitivo y mencionó que de ahora en adelante será difícil, si no es que imposible, que los republicanos esperen victorias con un margen de dos dígitos en las contiendas estatales tal como le sucedió al senador Saxby Chambliss, en la segunda vuelta electoral de 2008 en contra del demócrata Jim Martin.

El cambio demográfico explica en gran medida la transformación de la política de Georgia. Según algunos cálculos, los residentes blancos podrían dejar de ser la mayoría en el estado para el año 2028. Gillespie señaló que el Partido Demócrata había construido una estrategia para aprovechar ese cambio y ampliar su electorado.

“El Partido Demócrata ha convertido a los votantes inactivos en votantes registrados y luego en votantes reales”, concluyó la profesora.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company